No, no es una errata. Este artículo trata sobre los locales
de comida rápida, sí, pero también sobre lo que allí se expende, que por sus
características habría que denominar grasas, fats: comida grasienta y no solo por su contenido demostrable en
laboratorio, sino por su exterior demostrado en las calles; la pringue, la
mugre que de los restaurantes de este tipo sale a nuestras ciudades como si
estas fueran un amplio e indiscriminado cubo de basura.
En
muchos países ya se gravan las bebidas carbónicas y ciertos tipos de alimentos
perniciosos con una tasa, si no del todo disuasoria, sí que pueda contribuir a
paliar los gastos que ocasionan al sistema de salud la atención a obesos y
otros enfermos.
Tal
vez en poblaciones más civilizadas las hamburgueserías y similares, los locales
de fats food como vengo en llamarlos,
no sean nocivos más que para los que se infligen el castigo de someterse a esa
dieta. En Sevilla, sin embargo, la cochambre de esas grasas se extiende de
manera tal que no sería ocioso arbitrar medidas que impidan que los alrededores
de tales centros patógenos sigan siendo también una patología para la vista,
con su suciedad, con su pocilga ambulante.
Basta
pasear cerca de esos lugares para comprender a qué me refiero: a esos vasos de
sospechosos materiales, a esa bolsas aceitosas, a esas servilletas de celulosa
hechas gurruños, a esos desechos. Sevilla, a tenor de parte de su paisanaje,
debería cobrar un impuesto especial a estos negocios de forma que, al revés de
lo que suele ser costumbre en otros lares, aquí cueste más el take-away que el menú para tomar sentado
a la mesa del establecimiento. Una cifra que debería ser lo bastante alta como
para que el niñato y la niñata, o el niñat@ con su arroba porcina, se lleven la
basura puesta solo en su anatomía y no como inminentes restos arrojadizos al
suelo o para dejar sobre un banco que, a sus ojos, suele ser sinónimo de
estercolero.
Pero
para que este sobreprecio no lo burlasen los espabilados tal vez habría que obligar
a los hosteleros del ramo a no serlo, por una vez, de comida fats sino fast… fastuosa en el servicio: poniendo vasos de cristal de Bohemia
y vajillas de Sèvres. Esto impediría que los sacaran a la calle. Un vigilante
del establecimiento lo impediría, sin duda.
Nuestra
ciudad estaría así mucho más limpia y vendrían turistas de todo el ancho mundo
a conocer los más lujosos burgers de
aquí (que por cierto, burger en
puridad significa ciudadano, algo que debiera ser inseparable del civismo).
(El Mundo, edición de Sevilla, 14-12-12)
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