Detalle de los jardines del Cristina, en Sevilla
Antes, cuando uno quería ver El Cairo, no tenía más remedio
que hacer las maletas y trasladarse al original, la capital de Egipto. Esa y
muchas otras desventajas tenía la época atrasada en que vivíamos.
Afortunadamente, hoy los tiempos adelantan que es una barbaridad y haciendo
bueno esto último, lo bárbaro, lo extranjero, ya tenemos el Festival de las Naciones
en plena Puerta de Jerez, en Sevilla. Ya contamos con una réplica de la cairota
Plaza Tahrir a la entrada del centro de Sevilla, con sus jaimas, sus acampados,
y sus moros, sin que le falte un perejil. La primavera árabe trasladada al
otoño decadente europeo. ¿Cómo no vamos a felicitarnos por ello? ¡Lo que
ahorramos en billetes de avión y en hoteles! Se puede llegar en metro y volver
a dormir a casa. Esto sí que es progreso.
Y sin embargo, uno se pregunta si
era necesario levantar esa maqueta a escala 1:1 del caos de allí justo donde
aquí se ha hecho. A fin de cuentas, ¿no acaba de terminar hace unos días el
mismo festival en ese otro emplazamiento más idóneo del Prado? ¿O es que ahora
un festival es algo que dura el año entero, como la semana fantástica de esos
grandes almacenes que se alarga, chicle con sabor a fresa, hasta llegar a un
mes?
Ha sido muy bonito ver los días
de montaje del tinglado una hilera de coches y furgonetas estacionados en el
paseo principal de los jardines del Cristina, un apéndice natural de la feria
de marras, con sus vehículos de marcas francesas, alemanas, italianas, checas,
como si hubiera también un salón al aire libre de vehículos de ocasión. Lo
insólito, sin embargo, no era verlos sobre el albero de los restaurados
jardines, sino que no adornara sus parabrisas multa alguna de la Policía Local.
¿O es que por eso de las naciones y las banderas extranjeras los competentes
son la Guardia Civil o el mismísimo CNI? Todo esto sucedía en la avenida
rotulada con el nombre de Luis Cernuda, donde desde hace un par de años existe
un hito de piedra con el poema “Donde habite el olvido”. Es decir, Sevilla.
En
muchos países hay por estas fechas mercados navideños. Una ciudad monumental
como la nuestra debería, con todo, cuidar más la estética. Ni el emplazamiento
ni las casetas y tiendas de campaña aportan nada; al contrario, quitan: espacio
a las jardines, visibilidad al entorno, clientes a los establecimientos de
hostelería que sobreabundan en los alrededores y que, por si fuera poco la
crisis, ahora tienen que competir con los chiringuitos no de playa. De plaza.
De la Plaza, o Puerta, de Tahrir.
(El Mundo, edición de Sevilla, 7-12-2012)
(El Mundo, edición de Sevilla, 7-12-2012)
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