La foto, cuyo autor no he podido identificar, procede de una entrada
sobre arte callejero en un blog griego
Este año os pediría algunas cosas, Reyes Magos. Una ciudad sin
bolsas de basura que la pereza abandona en una papelera con sus cintillos de
plástico asomando, naranjas o amarillos, como fallidos testimonios de que lo
que en realidad debían estos apretar, con fuerza, es los pescuezos de quienes, no
menos desechos ellos mismos, allí las dejaron desamparadas; sin patinadores que
apuran hasta el último centímetro y esquivan al peatón como un torpedo errado,
un fallo de la balística que hace emitir un suspiro de alivio por parte de
quien no se fue –uf, menos mal– a pique; sin energúmenos que pregonan su
incultura con coches que sin embargo pagan letra a letra, como una plana de
encefalograma idéntico, para hacerlos letrinas rodantes de las que brota una
supuesta música, marrón y hedionda, siempre la misma como ellos son siempre mastuerzos.
Una ciudad sin tipos que aún no
han quedado tetrapléjicos (todo se andará) y entre tanto aparcan sus coches en
las plazas reservadas a los discapacitados físicos en calles o centros
comerciales; sin esas analfabetas para todo lo que no sea leer las manos de los
turistas incautos que, devenidos actores amateurs del vodevil que tiene por
escenario los alrededores de la catedral asienten educadamente a lo que no
entienden.
Una ciudad sin proselitistas de
sus gustos musicales (infaliblemente pésimos) en teléfonos móviles que escuchan
por la calle sin auriculares, al paso o plantados bajo un balcón en no pedida
serenata que está exigiendo a gritos un cubo de agua; sin tienduchas chinas que
incurren en la uniforme fealdad de sus mercancías hacinadas (achinadas, diría Marco Polo) y a veces
sacando a la calle su deprimente catálogo de cachivaches; sin lanzadores de
cohetes de hermandades o sindicatos; sin ciclistas por las aceras, cambiadas
las tornas de la ley del más fuerte; sin vehículos interrumpiendo los carriles
bici o los pasos de cebra; sin adolescentes incapaces de aplaudir a nada o nadie
pero siempre dispuestos a dar palmadas como simios, sin ton ni son.
Una ciudad sin vendedores
ilegales ocupando la vía pública mientras el comercio legal languidece o
cierra; sin bares que imitan lo argentino no en las empanadas y el asado, sino
en el corralito y en el vapor de agua en verano, como en Iguazú; sin bizarras
pizarras; sin gin-tonics en las aceras, sin orines; sin que sea su arquetipo lo
cani y lo cañí. Limpia, cívica, ¿es imposible?
Una ciudad con ciudadanos sin complejos, capaces de reprender a quienes
la afean y hacen menos habitable.(El Mundo, edición de Sevilla, 4-12-13)

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