Lunes 9 de agosto
Antes
de tomar en la habitación el café y las medias lunas, curioso nombre de
refrigerio para empezar no la noche sino el día, se desayuna con la noticia de
un derrumbe de un gimnasio en Villa Urquiza, en el que se ha rescatado a once
personas, aunque todavía prosigue la búsqueda de víctimas. La televisión cubre
el suceso con todo el despliegue de que es capaz. Es hermoso escuchar el acento
porteño, aunque sea en tan trágicas circunstancias. Al parecer, el local se
hallaba junto a un edificio en construcción, y las excavadoras, con sus
vibraciones, han desencadenado la catástrofe.
En
los intermedios, dos venerables y distinguidos actores (él con un aire a Bioy Casares),
en los que adivina el acento de la alta sociedad porteña, anuncian casas de
compra de oro y alhajas y relojes de lujo en la calle Alvear, en el cogollo
elegante del barrio de Recoleta y aun de todo el conurbano. En otros anuncios, los
actores Ricardo Darín y Susana Giménez interpretan, con cuidada ambientación
muy kitsch (es lo que toca) a
diferentes dependientes y clientas (o a sus diversos avatares) a lo largo del
tiempo de un comercio de electrodomésticos, Fávrega, que cumple cien años. A
veces, con su galantería añeja, Darín recuerda al José Luis López Vázquez más
servil con las damas. Cuando ella solicita una “radio transmisora”, urgida
porque su “radio teatro” comienza poco después, el apremiado dependiente, con
manguitos, responde:
Su pedido es una orden,
su deseo mi capricho;
si mi suerte es su destino,
a oír la radio se ha dicho.
Ve
a continuación la comparecencia ante la prensa de alguien a quien el taxista
puso de vuelta y media la noche anterior: Mauricio Macri, el presidente de la
Ciudad de Buenos Aires, un tipo rico, de buena facha, hijo de uno de los
principales magnates del país, que tiene intereses comerciales que a un europeo
han de parecerle incompatibles con el ejercicio de un cargo político. Pero
escribo “europeo” y al pensar en Silvio Berlusconi el gentilicio se desarma por
la importancia de la excepción italiana. En esto, la Argentina (al viajero le
gusta anteponerle el artículo, como hacen los nacionales) no dista mucho de uno
de los países cuyos inmigrantes más la han conformado.
Por
cierto, que Macri fue presidente del Boca Juniors, de cuyo bastión regresaba,
como digo, cuando el taxista ilustró al viajero sobre las peculiaridades
argentinas, incluida la corrupción generalizada. Por ejemplo, le explicó la
curiosa figura de los “ñoquis” (contratados que cobran pero no van a trabajar),
reducto del sindicalismo peronista. Y no escapó de sus invectivas, que no
cabría tildar de insidiosas, porque parecen fundadas, el anterior presidente Carlos
Menem, sobre el que arrojó graves acusaciones en asuntos más que turbios que
atañen a un ramillete de episodios como el sangriento atentado contra una
asociación israelí, la deflagración de un depósito de armas o la caída del
helicóptero en que viajaba su hijo, suceso que el taxista no duda en calificar
de un “recado” que al padre enviaban malquistados compinches mafiosos de países
de camellos y arenales.
(...)
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