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Después
de la ducha, da un vistazo al ejemplar de Clarín,
y se entera del malestar que en el Poder Judicial han provocado las declaraciones de algunos políticos
que culpan a aquél de la ola de inseguridad. "El delincuente antes de ser aprendido quiere
zafar de esa situación y trata de evadirse. Hay una violencia desmedida desde
jóvenes, creo que están tirando por tirar", aseguró Néstor Valleca, jefe
de la Policía Federal tras el entierro en el Panteón Policial de La Chacarita
del agente Cristian Aoun, el asesinado el sábado en Florida. Valleca declara
estar preocupado por las excarcelaciones. Luego la presidenta Cristina Fernández
de Kirchner echa más leña al fuego, acusando a los jueces; en la Argentina el
fútbol es más que una religión, y se le debe de haber pegado algo de esos
futbolistas que echan balones fuera.
Abrigado y caminando, alcanza el viajero la calle Anchorena.
No está lejos de su hotel junto la Recoleta. Poco más allá de la esquina con Puyrredón
se halla el número 1660, que alberga la Fundación Internacional Jorge Luis
Borges y un pequeño museo dedicado a su memoria. Un amigo común había escrito a
María Kodama (a quien él ya conocía, por otra parte) anunciándole su visita,
pero la viuda no está ahora en Buenos Aires. Abona, pues, el simbólico precio
de la entrada y se deja seducir por la voz y el encanto de las dos muy jóvenes
estudiantes o quizá ya licenciadas, egresadas, que se ocupan de la atención al
visitante. No son muchas las vitrinas, y en ellas hay condecoraciones, libros,
cartas, bastones, imágenes del aleph, la reproducción de algún dibujo infantil
del niño Georgie.
La
Fundación ocupa el inmueble colindante a aquél en el que vivió el autor de Inquisiciones entre 1938 y 1943. El
viajero compra algunos libros y un buen número de postales en las que aparece
el escritor con un gato. Y se emociona. Procura que a las chicas (no sería
injusto llamarlas sirenas) que se han turnado en la guía por el breve museo les
pasen inadvertidas esas lágrimas que vidrian ya su mirada, como el cristal de
una vitrina más, ésta empañada. Le explican que se celebran conciertos y
conferencias en el pequeño salón de actos. Le cuentan cuanto saben, pero no tienen
inconveniente reconocer lo que se les escapa y sobre lo que él tiene también la
delicadeza de no ilustrarlas). En el tiempo que está allí no se ve a nadie más,
con excepción de unos operarios que realizaban tareas de mantenimiento y que
salían al ingresar él. De la casa de Anchorena se sale, y aún es media mañana
tan sólo, con la sensación de que ya todo huelga, de que la suma de horas hasta
que acabe el día es un cúmulo ocioso, innecesario.
Dejaré ahora que almuerce en un asador de Recoleta –bifé,
vino y, ya que está traduciendo a Gerard Manley Hopkins, bicarbonato, por la
aliteración- y le concederé un par de horas sin que tenga que comparecer en
estas páginas. Por la tarde, puntualmente a la hora que le he dicho que regrese,
tras hacer un recorrido por el centro de la ciudad (enorme, pero que aquí se
llama microcentro) y ver frente a la Casa Rosada a unos veteranos de la guerra de
las Malvinas (de esto hablaré más tarde), enfila la Avenida de Mayo por la
acera derecha, y visita una de sus librerías, quizá El Túnel. En ella
encontrará una primera edición de El oro
de los tigres, de Borges, algo dañada por la humedad; un ejemplar con la
firma, azul, menuda, ascendente, del autor, y guardas y una lámina que
reproducen ilustraciones de Raúl Russo. Son ciento cincuenta pesos, y si no se
trata de una falsificación, es barato. Sale pletórico del establecimiento y
para celebrarlo se dirige al cercano Café Tortoni, el más famoso de una ciudad
abundosa en confiterías y elegantes salones de té. Por ejemplo, y sin salir de
la misma Avenida de Mayo al 599, el Café London City, donde Julio Cortázar
escribió su novela Los Premios.
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