Ya se dieron aquí algunas páginas del diario que llevé durante un viaje a la Argentina, hace un par de años. Lo retomo aquí donde lo dejé, en Buenos Aires. Si me animo y el público me jalea (cosas más raras se han visto), iré publicando las anotaciones del resto del cuaderno:
(...)
Con
los ojos muy abiertos, va tratando de fijar en la memoria lugares por los que
pasará más tarde o en los días siguientes, a fin de orientarse. El vehículo
rebasa el Obelisco y sigue enfilando la anchurosa Avenida 9 de Julio, que busca
el Río de la Plata sin encontrarlo (ahí está la estación de Retiro para
impedirlo, con la zancadilla de sus vías férreas y sus chabolas). Luego tuerce
a la izquierda y se interna por el barrio de Recoleta, hasta la calle Guido,
donde queda el hotel, colindante, casi, con el cementerio.
No
entrará hoy en ella, pero ya sabe que en la necrópolis, una ciudad dentro de
otra, con sus pequeñas cúpulas y abigarradas vías, descansan muchos personajes
ilustres a los que la falta de espacio obliga a una notable promiscuidad entre
calles estrechas y más sombrías, aún, en el invierno austral. Aquí, el mausoleo
blanco de José Hernández, el autor de Martín
Fierro, la epopeya nacional que se regala a los escolares en las escuelas.
Allí, el del general Lavalle. “Volveré y seré millones”, proclama en una lápida
Eva Perón, Evita, junto a la ofrenda de flores que no suele faltarle. Ha leído
el protagonista de este diario que el nombre de la necrópolis procede de los
Recoletos Descalzos que en el siglo XVIII levantaron una iglesia a la Virgen del
Pilar, y que al disolverse la orden a los terrenos del huerto se dio el uso de
cementerio. Ya desde fuera, y más aún cuando entre en la iglesia, ésta le
recordará a su propia tierra, con los muros encalados, con el barroco retablo
de plata repujada. Y cuando esa tarde visite el centro y se coloque ante el
Cabildo, el viejo ayuntamiento le evocará lo mismo: la arquitectura andaluza,
que aquí ha recibido carta de naturaleza gracias al jesuita Andrés Bianchi.
Sabe
que no es así, porque ello supondría una aberración de la cronología, pero se
pregunta si los elevados panteones del XIX y principios del XX no serán, como
plantas que compiten por la luz, émulos de las altas torres de departamentos
(otra palabra de aquí, por pisos) que bordean el camposanto, calles de Vicente
López, Junín o Azcuénaga o limítrofes, allende los altos tapiales de ladrillo
que recuerdan, aunque con menos cipreses tras de ellos, a los de la también
fúnebre isla de San Michele en Venecia.
Del
Barrio de la Recoleta se le fija en la retina la imagen de los paseadores de
perros, que pueden llegar a llevar -disciplinados y felices, dándole lametones
al rostro lavado de la mañana- hasta una veintena en la traílla. También,
buenos portales con mucho mármol, y colegiales uniformados, y tiendas elegantes,
y comercios de ultramarinos con fiambres y quesos como sólo es posible ver en
España e Italia.
La
tarde la dedica a recorrer en colectivo diferentes barrios, y pasa por San
Telmo, el Parque Lezama, cerca de donde divisa una parrilla sugerentemente
bautizada “Hasta el huesito” a la que se promete volver cuando apriete el
hambre, y llega, por calles muy depauperadas, a la Boca. No es aficionado al
fútbol, pero no puede sustraerse a su influjo, y aquí lo tenemos en los
aledaños de la Bombonera, el estadio del Boca Juniors, pintado de amarillo y
azul, los colores del club, se cuenta que por el azar de que un buque sueco
pasó por delante de los fundadores del –estibadores, gente del puerto- que no
sabiendo qué colores escoger como propios decidieron adoptar los del primer
barco que pasara.
Por
Don Pedro de Mendoza, avenida que recibe su nombre de quien fundara la ciudad
en el 1536, llega, con sus paradas de variopintos colectivos y taxis negros y
amarillos, a la Vuelta de Rocha, la pequeña bahía a la que se asoma Caminito.
Estas calles las patea, se impregna del humo con carbonilla de los asadores,
sorteando a los pregonadores de sus excelencias, y arrastra su sombra por
paredes pintadas con el rostro engrandecido, como de dios que para muchos es,
de Diego Armando Maradona. También camina entre carteles con los
idiosincráticos fileteados, ese abigarramiento porteño con colores chillones,
flores, líneas enrevesadas y cornucopias del que uno de sus artífices afirmó
que “si Discépolo dijo que el
tango es un sentimiento triste que se baila, el filete es un pensamiento alegre
que se pinta”. Muchas veces llevan leyendas, frases, que recuerdan a las de los
botijos o los platos de alfarería festiva, ingenios gnómicos, sapienciales,
paremiológicos. Algunos, por lo general breves, perviven en ciertas líneas de
colectivos, como memoria de los carros de tracción animal que recorrían los
suburbios. Jorge Luis Borges se ocupó de esto en “Las inscripciones de carro”,
páginas recogidas en su Evaristo Carriego,
donde ya en 1930 se confesaba “cazador de esas escrituras”. Él recopiló
algunas: No tengo apuro, El lecherito del porvenir, Hasta Mañana, Qué habrán hecho tus ojos o Qué
le importa a la vieja que la hija me quiera. Siempre los glosa
oportunamente: “Qué mira, envidioso
tiene algo de mujerengo y de presumido”, dice.
No se adentra sin embargo el viajero por las zonas
consideradas inseguras de la Dársena Sur y el maloliente canal del Riachuelo,
al pie de los pilares de la autopista La Plata-Buenos Aires que luego, de anochecida,
recorrerá en taxi, el último que quedaba en la parada y a cuyo chófer casi
abraza con alivio. Le han prevenido que no se aleje demasiado del cogollo
turístico, e intenta en lo posible no obedecer la orden sin por ello poner en
demasiado peligro su integridad. Sabe que, aunque una balsa de aceite en
comparación con otras ciudades sudamericanas, Buenos Aires tiene un creciente
problema de seguridad, que salta de continuo a los periódicos y a los
noticiarios de la televisión, donde existen canales especializados en el
seguimiento de sucesos durante las veinticuatro horas del día. Él mismo podrá
dar fe de ello las semana venideras, y ya esa misma jornada.
La
víspera han matado a otro policía, y van tres en cinco días. Ha sido en la
Villa 31, un lugar que como un cáncer le ha crecido a Retiro, en el que nadie
quiere meterse a no ser que sea (y rara vez lo es) estrictamente necesario. Al
agente de la Federal, que participaba en un operativo, le dispararon en la
cabeza cuando perseguía a dos sospechosos. Fue evacuado al hospital en
helicóptero, donde fue atendido, pero no se pudo hacer nada por su vida. Pocas
horas antes, en Florida, un agente intentó detener a unos ladrones que habían
entrado a robar el taller mecánico al que había llevado a reparar su auto. Éste
recibió los disparos mortales en el cuello y en el pecho.
En el tiempo que esté en Argentina se acostumbrará a esas
muertes de policías, muchas veces cuando estaban en un café o en una tienda que
eran asaltados. El país está conmovido también estos días por el caso de
Carolina Píparo, una mujer de 34 años herida en una salidera bancaria a finales
de julio (se llama salideras a los atracos de los que son víctimas las personas
que acaban de retirar dinero de los bancos, y para ello el procedimiento de los
atracadores es el de “marcar” a los clientes). Aún no sabe que su bebé, Isidro,
recién nacido mediante una cesárea de urgencia cuando ella a duras penas
convalecía, ha muerto hace tres días.
Pero la Boca, durante el tiempo que él la pise, está tranquila.
Hay vigilancia, bares vistosos y repartidores de propaganda de casas de comidas
y espectáculos de tango, no en vano se dice que aquí se originó este género que
alcanzó la perfección con Gardel. Borges, que dedicó páginas ensayísticas al
esclarecimiento del nacer del tango, pudo fijar que independientemente del
lugar exacto (hay quien aboga por Montevideo, y quien lo hace por el Rosario)
la fecha hay que buscarla alrededor de 1880, y el ambiente en el prostíbulo.
Con música de Juan de Dios Filiberto y letra de Gabino Coria
Peñaloza, “Caminito” es uno de los más conocidos tangos, y el nombre del más
emblemático callejón de La Boca: paredes y tejados de cinc pintados de azul,
amarillo, verde, con los colores chillones de los que se sirve el pobre para dar
una mano de alegría a su vida gris, a su tristeza. Los emigrantes genoveses
concedían a las fachadas el sobrante de la pintura empleada en las barcazas, y
aunque ya no se oyen las tarantelas como antaño ni se mal descifra el dialecto
que trajeron, y han desaparecido, como de Cádiz, hay una calle que evoca la
huella itálica: Garibaldi. Y en los balcones, vieja ropa tendida que casi,
casi, podría ser del siglo XIX. Y, ya puestos, de la isla de Burano, donde
tampoco faltan prendas asidas a cordeles, ni casas multicolores como las de
aquí.
Pondré que avista numerosos carteles pintorescos: como el
trazado con brocha gorda que señala el emplazamiento de la Agrupación Peronista
Descamisados de Evita (en todo el barrio, y quizá en el conjunto de Buenos
Aires, hay muchos clubs sociales y deportivos), o el que remata la fachada de
cinc del “Centro Cultural de los Artistas. República de la Boca, Caminito”, y
sobre el cual, en un balcón que se adivina frágil y de atrezzo, se asoma una
imagen de Carlos Gardel como un monigote de Fallas, en Valencia, tocado con
sombrero y su inconfundible y vasta sonrisa. Al pie, conventillos donde laboran
y venden pintores y artesanos. Algún rótulo ostenta la rúbrica del artista que
lo pintó, como el A. Genovese que firma el del Café Havanna. Bajo este rótulo,
a duras penas se libra del estrangulamiento entre los cables que cuelgan en
duradera provisionalidad con alcayatas de las paredes otro más pequeño,
adhesivo y ya algo despegado, y sin fileteado alguno, de Prosegur: “Conectada
con Central de Alarmas”. También hay aquí y allá algún luminoso de la cerveza
Quilmes, con los colores de la bandera nacional, albiceleste.
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