En el sótano del Tortoni hay espectáculo de tango esa, como
todas las noches, pero aún falta tiempo para que empiece; decide, pues, visitar
la aledaña Academia Nacional del Tango, con su museo. Es el llamado Palacio
Carlos Gardel, como señala una losa de mármol blanco entre azulejadas losetas,
en el 833 de la Avenida de Mayo. La Academia cuenta con una sala en la que se
celebran actuaciones y se dan clases de tango. Se demora ante los carteles y
los objetos expuestos para asistir casi clandestinamente a los pasos de baile
de la instructora y sus dos alumnos.
De nuevo en la calle, no estará en ella más de unos
segundos, pues enseguida se interna en el Gran Café Tortoni, que con su nombre
de circo italiano ha cumplido no hace mucho los ciento cincuenta años, uno por
cada peso del ejemplar borgeano que le hace compañía mientras comienza el
espectáculo. Para un escritor perezoso puede ser ventajoso citar la lista de
colegas de mayor laboriosidad y valía que han pasado por el local, eximiéndole
de este modo de tener que componer unos párrafos. Prácticamente, todo autor de
fuste que ha visitado Buenos Aires ha entrado en el Tortoni, de García Lorca a
Pirandello, por no mencionar, claro está, a los argentinos, que incluyen a
Roberto Arlt o Alfonsina Storni. Lorca, su duende, se sentaba a menudo aquí: en
el Teatro Avenida representó varias de sus obras, y él mismo vivió a muy pocos
portales entre los años 1933 y 1934. Un dibujo suyo adorna la pared de la
derecha, más o menos entre la sexta y la séptima mesa, ahora ocupadas
respectivamente por un agente de seguros de Tokio y su esposa y por un auditor
de cuentas de Chicago, con su mujer y sus dos hijas.
El espectáculo de tango incluye, cómo, no, un repertorio
pensado para los turistas, como la pareja francesa que han acomodado a su lado
en una mesita al fondo de la sala. Durante la actuación da cuenta de una
generosa copa de malbec, un vino tinto del país. Luego, enamoriscado de la
violinista, una joven morena en la que se ha fijado más que en las voluptuosas y
obvias bailarinas, cena arriba una picada –fiambres, quesos, aceitunas-.
Alrededor, mesas redondas con tapa de mármol blanco, butacas de roble y cuero
rojo, columnas lisas, rojas, con capitel corintio, grandes vidrieras en el
techo. Es el descanso, y la violinista pasa a su lado, saludando a los meseros.
Él hace por prolongar la consumición para verla evolucionar de nuevo cuando, Perséfone,
baje por la angosta escalera a la bodega. Lo hace al rato, pálida, oscurísima.
Rauda. Arrancándole una música melancólica.
Para hacer la digestión, y siempre acompañado del libro de
Borges y sus tigres, inmejorable escolta, toma la Avenida 9 de Julio y pasa por
cines, hoteles, teatros, hasta el comienzo de Juncal, y de ahí nuevamente a Guido,
al hotel.
En el noticiero de la noche, otro hecho sangriento: un
comisario retirado de la Federal ha sido asesinado en Villa Lugano en un
tiroteo con ladrones que pretendían robarle el auto. Detenidos poco después,
los agresores resultaron ser menores de edad. Así confortado, se mete en la
cama cuando ya es por la mañana temprano en España. A pesar de los sucesos del
día, no tiene pesadillas con revólveres y repetidoras; plácidamente sueña con
milongas en las que ejecutan su heroísmo puñales y cuchillos. Y con una
violinista morocha que templa el arco del deseo.
(...)
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