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Jueves 12 de agosto
-¿Conoce
la tradición guaraní sobre el origen de las cataratas?
-Pues
la verdad es que no.
-Se
cuenta que un guerrero llamado Caroba provocó la ira de un dios de los bosques,
y escapó en una canoa río abajo con una muchacha de la que estaba enamorado el
dios.
-¿Sí?
-La joven
se llamaba Naipur, y para vengarse el dios hizo que se desplomara el río ante
los fugados, de donde surgieron las cataratas. Por ellas cayó Naipur, que se
transformó en roca. Caroba se metamorfoseó en árbol
El
día siguiente toca ver las cataratas desde el lado brasileño. Saliendo del
Parque Nacional, tras un breve trecho por carretera se llega al casino de
Puerto Iguazú y, a continuación, a la frontera que cruzan a menudo los ludópatas
cariocas cambiando reales por pesos, pues en su país el juego es ilegal. Al
hacer los trámites y mostrar el pasaporte para que se lo sellen, se aturulla
con las lenguas romances, como si fuera un gringo de vacaciones en una Europa
apresuradamente recorrida, y debido a que sólo hace tres meses ha estado en
Venecia cuando saluda a los agentes de la aduana no se dirige a ellos en
portugués, sino en irrisorio italiano. Buon
giorno, insulta; debe de lucir tal cara de idiota que la joven uniformada
no ordena prenderlo por desacato.
Muchas
veinteañeras por todas partes, a las que convendría volver a visitar en
Carnaval, lo mismo ocupándose de los trámites aduaneros que, luego, despachando
en las tiendas de piedras preciosas y semipreciosas. Muchas de ellas también lo
son, lo primero. Sin ir más lejos, en una de las dependientas contrastan dos
aguamarinas donde habrían de estar los ojos con la melena de alisados
filamentos de ónice. Lo sigue por todo el comercio, alabando las cualidades de
esta gema o de aquélla. Pero la que a él pudiera interesarle no está en venta.
En
este caso no es un trenecito el que conduce al interior del parque en el sector
brasileño (en el estado de Paraná, que toma el nombre del río), sino un autobús
especial, también diseñado con el mismo propósito de evitar el tráfico privado
por entre la jungla. Al apearse frente a la construcción rosada del Hotel Tropical das Cataratas, le espera
una experiencia bien distinta a la que ha vivido del lado argentino: allí, se
pasa sobre el agua, se sortean las cataratas, se recorren pasarelas que van a
dar sobre precipicios en los que vertiginosamente el flujo pasa del elemento
líquido al gaseoso; aquí, sin embargo, salvo en un mirador del final del
recorrido, con una cascada que es telón de fondo de todas las fotografías
–tomadas rápidamente, para que la lluvia no haga acuarelas con las cámaras-, lo
que se alcanzan son vistas mil veces magníficas desde otra perspectiva, más
panorámica. En Argentina, las cataratas se viven –se beben, casi-; aquí,
desprendidas de una sílaba, simplemente se ven. ¿Simplemente? En el Salto Floriano
se siente pez.
La
comida la realiza en un local inmenso de Foz de Iguazú, el más gigantesco
buffet que haya visto en su vida. No parece el comedor un galpón o un hangar,
sino varios de ellos unidos, con hechuras monstruosas para el almuerzo de un cíclope;
y aún los propietarios continúan levantando anexos. ¿Intuyen que él ha
publicado una traducción de los Viajes de
Gulliver? Al fin y al cabo, Brobdingnag
y Brasil aliteran (vuelve a acordarse de Hopkins). Las mesas son como podrían
serlo las de la cantina de un portaviones (dispuestas a lo largo, no a lo ancho
del buque), y en los asientos de enfrente, tras un plato de copiosa feijoada,
tiene de comensales a una joven pareja bonaerense que está haciendo un viaje
por esas tierras del norte, con esta incursión en Brasil y otra que, ya con el
estómago lleno, harán por la tarde a Ciudad del Este, en la vecina Paraguay,
lugar muy visitado por sus tiendas libres de impuestos y vendedores libres de
escrúpulos, donde hay que comprobar que la radio comprada no sea un envuelto
ladrillo, consumado el cambiazo.
Intercambian
pareceres sobre sus respectivos países; el muchacho argentino, que no parece
tener oficio aunque sí el beneficio de alguna renta familiar, pues parece
acomodado, interpone a la devoción que él siente por el tango el calificativo
de llorón. En realidad, ha dicho: “Es cosa de cornudos llorones”. X no está al
corriente de los tratados de extradición y decide, por si acaso, no tomarse la
justicia por su mano; escoge entonces el apasionante tema de los teléfonos
móviles, y luego la cosa deriva a la prohibición de la fiesta de los toros en
Cataluña, noticia que la pareja ha visto en el canal internacional de TVE.
Tras
el almuerzo, emprende camino de vuelta a Puerto Iguazú, para tomar el avión que
lo ha de llevar a Salta, también en el norte pero en el otro extremo argentino
de esa latitud: en el oeste, no lejos de la Atacama de Chile y del sur de
Bolivia. Desde no hace mucho hay vuelos directos de Iguazú a Córdoba con escala
en Salta, y ése es el que lo interna ahora por otras nubes, no ya las de agua
en suspensión de las cataratas, hasta que a media tarde aterriza en la ciudad
conocida como Salta la linda (en aimara, una de las lenguas indígenas habladas
en la región, Sagta significa
hermosa).
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