No voy a componer el catálogo de aciertos y errores de la
gestión de quien fuera delegado de Cultura del Ayuntamiento de Sevilla hace
unos años, Juan Carlos Marset, aunque desde luego su sucesora, con el mismo
alcalde, Monteseirín, lo hizo no ya bueno sino, usando el superlativo, óptimo.
Pero
sin duda una de sus grandes ideas, comenzada a poner en práctica bajo su
mandato y luego descafeinada, aguada y con sacarina (o puede que ni eso) fue la
creación de la Casa de los Poetas, que prometía para Santa Clara un paraíso de
la literatura en la que, se dijo, tendrían acomodo bibliotecas míticas como la
de Abelardo Linares, quizá la mejor que en el mundo existe sobre nuestra Edad
de Plata. Contó también la Casa de los Poetas con un gran director, el discreto
Francisco José Cruz, que con la bendición de Marset creó un consejo asesor de
auténtico lujo, del que formaron parte hasta su dimisión algunos de los más
prestigiosos poetas en nuestra lengua. La actual Casa de los Poetas y las
Letras, con ser algo (probablemente lo poco que es posible en las actuales
circunstancias), es un eco lejano y desvaído de la original a pesar del buen
hacer del también poeta Serrallé, hoy su coordinador.
Marset,
que era poeta él mismo y nada menos que premio Adonais, ahora ha venido a
reivindicar esa condición, una de las más elevadas y hondas a las que se puede
aspirar, con la publicación de su tercer libro en el género, en realidad un
único poema de un millar largo de versos. Laberinto
está publicado en la colección que dirige (Sibila, que recuerda al nombre de
Sevilla y es también título de la estupenda revista que saca
cuatrimestralmente), donde lo han precedido, desde la calle Jamerdana a todo el
mundo, libros de grandes poetas hispanoamericanos como Carlos Germán Belli, Eugenio
Montejo, Antonio Deltoro o María Mercedes Carranza.
Es
obra insólita, Laberinto, una
trabazón de tiempos y escenarios en los que adquiere protagonismo Londres. También
hay unos versos hispalenses "con Blanco White inglés y sevillano". Se
extiende por meandros y corteja la paradoja, pero sobre todo -como poeta, no como
político- manipula
el lenguaje y las palabras ("Tuérceles el gaznate, cocinero", clamaba
Octavio Paz), explotando las aliteraciones y paronomasias.
Si
hay ilustres poetas que han sido banqueros o trabajado en aseguradoras, ¿por
qué no iba a serlo un exdelegado de Cultura? Además, Marset ya lo era antes de
acceder al cargo. Aquí demuestra que sigue siéndolo, alto y exigente, tras
abandonarlo.
(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 22-2-13)

Comentarios