Un extraterrestre que llegara a Sevilla estos días se
llevaría una rara idea de lo que significa la palabra "basurero". De
regreso a su planeta, al que quizá también pronto llegue mezclado con el polvo
estelar el hedor de nuestras calles, ese alienígena diría a los suyos que en
esta ciudad del hemisferio norte del tercer planeta del sistema solar "basurero",
contra lo que pueda significar en lugares en que la palabra se emplea con otra
acepción, es, "aquel que produce basura".
Porque
la huelga de Lipasam que ya avanza como una marea de cochambre hacia su primera
semana no solo ha traído, lo que sería natural, la interrupción del trabajo de los
huelguistas. Al contrario: trabajar sí que lo han hecho estos, como habría
podido constatar nuestro amigo extraterrestre y hemos sufrido los terrícolas, y
hasta se han esmerado, por ejemplo, en demostrar a toda la galaxia la teoría de
la gravedad volcando papeleras cuyo contenido ha ido a esparcirse como manzanas
de Newton sobre el suelo. También, arrojando miles de trocitos de papel en la
Plaza Nueva ante el Ayuntamiento y la pasividad de policías locales,
regionales, nacionales y universales o cosmonáuticos, si los hubiera. No con
telescopio, sino a escasos metros, quien esto escribe ha podido ver a esos
esforzados trabajadores montando el numerito al arrojar cifras y más cifras al
suelo aprovechando que estos días se reparten las guías telefónicas. Uno, qué
quieren que les diga, hubiera preferido que, si no iban a fichar, continuaran
su paro.
En
todo conflicto cada parte tiene sus argumentos, sus razones. Suponía ilusamente
que también las tendrían en esta huelga empresa y sindicatos, aunque no fueran por
todos compartidas. Pero se ve que no. Nadie puede tener razones cuando se
dedica a actuar de manera absolutamente contraria a lo que es su trabajo. ¿Se
imaginan una huelga de sanitarios en los que estos inyecten aire o matarratas,
en vez de medicinas? ¿De bomberos que prendan fuego a las viviendas? ¿De
maestros que aseguren a sus alumnos que la capital de Francia es Tokio, el agua
fatal para la vida o que el número pi es ocho cuarenta y cuatro noventa y
seis... como uno de esos números de las guías cortados y desparramados ante la
casa consistorial?
No
se trata ya de que los servicios mínimos sean insuficientes o se incumplan. Lo
peor es que aquí la crueldad de los huelguistas, el maltrato a la ciudad, la
sevicia (como palabra recortada de un diccionario y mil veces también esparcida)
ha llegado a ser máxima.
(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, 1-2-13)
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