Tan rastrera es la situación aquí sobre la tierra que dan
ganas de embelesarse con el firmamento y beber su escanciada pócima de olvido,
esos polvitos astrales que nos echan los dioses en el cielo. En los años
sesenta del pasado siglo y en películas de serie B, como ciertas
contabilidades, se estilaron novelas y películas en que la ciencia ficción
recurría al espacio como una posibilidad de salvación para los humanos, que
transmigraban hacia otros planetas con la promesa de un comienzo limpio tras
alguna catástrofe. Hoy vivimos asentados en la catástrofe, si no directamente sumidos
en un cráter moral y económico que no esconde bases de astronaves, pero la
carrera espacial ya se ha desinflado (salvo para Irán, la Persia de la época a
la que me refería, que la ha retomado para torturar a un primate). Los hombres
ya no gastamos escafandra en el imaginario colectivo, ahora solo vestimos de
trapillo en la cola del paro, ese cometa caído sobre nuestras calles.
Las constelaciones están muy
lejos, el sol ciega, como una verdad inmisericorde, pero mirar la luna como la
otra noche sobre el Archivo de Indias apacigua los sentimientos y ofrece una
calma melancólica de la que saben mucho los poetas.
La próxima luna llena será la de
Parasceve, que cantara Cernuda en su sensual “Luna llena en Semana Santa”, tan
citada naturalmente en Sevilla, pero esta de ahora también es lírica, que se lo
digan si no a Leopardi, con el que tanto sintonizó el poeta de la calle del Aire.
El romántico italiano le dedicó versos bellísimos, no menos extraordinarios que
los del sevillano: “Vida tras vida, fueron / Olvidando los hombres / Aquella
diosa virgen / Que misteriosamente, desde el cielo, / Con amor apacible /
Asiste a sus vigilias / En el silencio dulce de las noches.”
Ah, la luna, aunque sea en un
instante de contemplación para olvidar las penas. Otro poeta, el mexicano Jaime
Sabines, escribió: “La luna se puede tomar a cucharadas / o como una cápsula
cada dos horas. / Es buena como hipnótico y sedante / y también alivia / a los
que se han intoxicado de filosofía.” Es decir, su redondez blanca o amarilla
surte más efecto que la verde cruz y luminosa de las farmacias de guardia.
Vuelve uno de cenar y quiere
abrazarla como Li Po, que, ebrio, se lanzó a su reflejo en el estanque (y,
claro, se ahogó). Pero ya no está allí, sobre el Alcázar. Muchacha esquiva y
presumida, ha ascendido a un cielo más alto a ver su propio brillo, plata sobre
bronce, en el último cuerpo de campanas de la Giralda.
(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 1-3-13)
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