Con los teléfonos de atención al ciudadano suceden cosas muy
bizarras que si no entran en la categoría sicalíptica de las líneas eróticas,
ese sumidero de las arcas públicas en las arquetas sin fondo de algún caso
sonoro, pueden llegar a enervar o asombrarnos.
Está
por ejemplo el de Urgencias, el 112. Un sistema centralizado atiende a toda la
región (de ser esto Cataluña, ya me estaban dilapidando por usar esa palabra
tabú, región, y tendría que pedir a ese mismo teléfono una ambulancia o los
guardias, digo los mossos d’esquadra).
Y, claro, el personal que contesta no tiene por qué saber dónde se ubican todas
las calles de Andalucía. Por lo que ya puede estar usted en un apuro que tendrá
que explicar no solo que el servicio que solicita es para tal calle, sino en
qué barrio se halla esta, así sea la calle Sierpes. Al parecer, el 092 que
atendían en el cuartelillo de su pueblo o en la urbana jefatura está derivado a
ese número de doble alineación de equipos de fútbol: once y dos. Es decir, que echan
balones fuera los municipales. Pase para poblaciones pequeñas o incluso medianas,
pero para capitales como Sevilla parece más bien un despropósito. Por otra
parte, si unos mozalbetes molestan junto a su ventana, poniendo música y
gritando mientras beben, ¿es eso una emergencia? ¿Hay que llamar al mismo
número donde reportar que ha caído un hombre al río?
Está
por contra la buena experiencia del teléfono 010, el de información municipal
en la capital. Que quien responde a estas llamadas sea amable es lo mínimo
exigible. Que sea pasmosamente eficaz, ya resulta insólito. Llamé la otra
mañana para avisar de que cerca de casa hay desde hace días sobre la calzada
una plancha metálica que, como campana laica, repica cada vez que un coche pasa
sobre ella. A veces, si es furgoneta o camión, o simple desaprensivo que se
embala, el tañido es de fiestas mayores. Durante las horas diurnas se tolera el
ruido; ahora, antes de maitines mortifica ese ding dong dang que parece surgir
de uno de los poemas de Edgar Allan Poe, a quien no viene mal citar aquí porque
es maestro en esto de las noches en vela. Pues bien, indicándole la encrucijada
en que se hallaba la tabla de mi tormento, la pitonisa consultó su bola de
cristal y sentenció clarividente: es una actuación de EMASESA a la altura del
número 1. Tienen quince días para retirarla.
Di
las gracias. Colgué. Recordé, abracadabrante, un título de Adriano del Valle: Telefonía celeste. Mágicamente, al día
siguiente quitaron la plancha.
(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 22-3-13)

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