El General Belgrano es evacuado mientras se va a pique
Sigue la juez Mercedes Alaya escribiendo la novela negra de
la corrupción de los ERE. No le faltan villanos ni capítulos en ese extenso
volumen que narra cómo algunos se lucraron con la desgracia de muchos. Con mano
segura va levantando la mugrienta alfombra de este caso en que hay implicadas
personas del poder socialista y sindical. Los laboristas, vamos, contra los que
se empleó con denuedo esa permanente con señora incorporada: Margaret Thatcher,
la Dama de Hierro.
Si la primera me resulta
enigmáticamente simpática, no puedo sentir mayor rechazo por la segunda, contra
la opinión general de articulistas de este periódico. Pero ambas coinciden en
mi memoria hacia los dieciocho años, cuando estudiaba (por muy poco tiempo) Derecho
en la antigua fábrica de tabacos. Ese curso, en octubre, vi cómo una chica de
mi bisoña promoción, cara de porcelana y agraciada silueta, era entronizada
como “borrega” por los veteranos, los futuros picapleitos, bastantes de ellos
tunos y tunantes. Por los pasillos de la facultad pasearon a la joven Alaya en
un sillón recio y regio. Luego, en abril y mayo, seguí hipnotizado la guerra de
las Malvinas (nunca declarada) en la que Thatcher aceptaba el pulso de la Junta
militar argentina. Para recuperar el archipiélago colonizado no dudó en hundir
un buque que estaba fuera de la zona de exclusión señalada por los mismos
británicos. La nave era el General
Belgrano, y 323 hombres se ahogaron gracias al torpedo que ella bendijo
(documentos desclasificados el año pasado levantan acta de todo esto).
Más que con Sara Montiel, que
murió el lunes como ella, a Thatcher mi recuerdo la une a la afortunadamente
viva y coleando Alaya. Pero mas allá de la cronología y de mis vivencias, y de
la firmeza de ambas, las diferencias son enormes: la fallecida en el Ritz de
Londres era amiga de ese apisonador de derechos que fue Pinochet, no hizo nada por
atajar el terrorismo en Irlanda del Norte (el de los protestantes, que llegaron
a ser más mortíferos aún que los del IRA), “disparó” en España (Gibraltar) y
promovió privatizaciones ante cuyos beneficios (para unos pocos) palidecen las
comisiones que aquí en el Prado de San Sebastián, a metros de donde fue paseada
como novata, investiga Alaya.
(Permítanme recomendar la
lectura de Viaje a la Antártida,
novedad editorial del letrado y consejero del Betis León Lasa, donde narra una
singladura comenzada en Ushuaia, de donde zarpó el Belgrano, y que recala en las Malvinas. Allí evoca aquellos
combates australes.)
(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 13-4-13)

Comentarios
Esto de que muy pocos días antes de las últimas elecciones andaluzas hubiera reactivado y dinamizado todo el asunto de las ERES, no se, no se...
Mejor dicho: sí se.