Cambridge, 2009 (foto de T. M. R-F.)
Iba a dedicar la columna de esta semana al Día del Libro y a
la apertura de algún nuevo establecimiento del ramo cuando el compañero Javier
González-Cotta se marcó aquí un muy buen artículo sobre el tema.
Así pues, como el volumen que
pensaba abrir no está ya intonso, hablaré de otra cosa aprovechando el fastidio
de que se me adelantasen. Es decir, emplearé la mala cara para ocuparme de la
que pongo cuando veo montar una bicicleta por la calle Tetuán durante el
horario comercial, que allí se tasa de diez de la mañana a diez de la noche.
Lo de censurar con el gesto algo
que no depende de un capricho, sino que está directamente prohibido, procede de
la incapacidad municipal de hacer cumplir la norma. Sendos discos de prohibido
circular bicicletas durante el lapso que fija el cajetín se hallan en los
extremos de la calle. Pero como ninguno de aquellos es visible para quien no
quiere verlos y algunas bocacalles carecen de discos hermanos, muchos ignoran
las señales, ya sea por descuido ya por el deseo de saltarse la norma a la
torera. Fernando Villalón, el ganadero de reses bravas que aspiraba a que las
suyas tuvieran los ojos del color más alto del semáforo, escribió un poema en
que parecía dirigirse a ese tipo de ciclista: “Que el aire que hiendes queda
/asombrado de tu audacia”.
El ciclista contra el peatón en
Tetuán o en Sierpes. Esta, ni en su lengua bífida de Entrecárceles ni en la punta
de su cola en la Campana, como si fuera de cascabel, cuenta con señal de
prohibido. Si la norma no se quiere aplicar, lo mejor es derogarla. Si por el
contrario es de obligado cumplimiento, lo que hacen falta son más señales,
agentes que la impongan y, si no, multas.
La bicicleta se debe favorecer, sí,
salvo en sitios muy concurridos en los que molesta o es directamente peligrosa.
En Ámsterdam, su capital mundial, en calles comerciales y peatonales como
Leidsestraat o Kalverstraat hay que desmontar y llevarla del manillar. Y que se
sepa no es una ciudad fascista.
Ave de pedales la llamó Muñoz
Rojas, y Neruda la montó en una de sus odas. Pero algunos refrendan los versos
de Jorge Guillén: “Por la calle se desliza / la pérfida bicicleta”. Bicis y civismo. ¿Es que Sevici ha de
estar reñida con una ideal Secivi?
No hace mucho abrió la
librería Un Gato en Bicicleta, y la más reciente Birlibirloque, cuyo escaparate
luce un ejemplar del Premio de la Crítica La
bicicleta del panadero, de Juan Carlos Mestre, tiene una zona para dejarlo,
el velocípedo, mientras se miran los libros.
(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 26-4-13)
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