Brotes verdes (y rojos) en el balcón de casa
En ocasiones, a algo pequeño le es posible contribuir a
salvar algo grande, y por el contrario algo lejano puede conducir a una
tragedia en lo que tenemos más cerca. Si sirvieran estas líneas (su
insignificancia) para evitar un accidente (lo magnífico que es una vida, puesta
en peligro), esta sería la mejor columna que haya escrito nunca, no por ella en
sí, naturalmente, sino por el horizonte que abriría para esa persona salvada.
Haría falta, claro está, como en los crímenes (aunque aquí sea para lograr un
bien), un cómplice: es decir, que la autoridad pertinente leyera y se planteara
hacer la modificación necesaria.
Precisamente a cuestiones de horizonte y perspectiva vamos a
referirnos, y desde un ejemplo que muchos lectores habrán experimentado en su
deambular por la ciudad: el de los semáforos de avenidas anchas con mediana
peatonal; el que regula el paso del Prado a los jardines de Murillo, pongo por
caso.
No es infrecuente ver allí cómo algún automóvil o
motocicleta pita al peatón que se ha lanzado a cruzar en rojo para él. ¿Por
desfachatez? ¿Por impaciencia? ¿Por temeridad suicida para acabar cuanto antes
con una existencia mordida por la crisis, el desahucio? Pues en muchísimos
casos es porque, aunque el conductor vea el semáforo abierto, también lo ve él.
Es cierto que permanece en rojo el que tiene más cerca, en la isla. Pero él ha
visto el que está al otro lado de la vía, a fin de cuentas donde tiene puesta
la mirada, pues es adonde quiere llegar. Lo habitual es que se dé cuenta de que
el que queda más cerca le sigue vedando el paso aun cuando el otro ya ha
cambiado, pero el margen de posibilidades de que no sea así es tan alto que
requeriría alguna acción.
Lo lógico sería acompasar ambos semáforos, buscando un
equilibrio de manera que el remoto verde de la esperanza no entre en conflicto
con el rojo próximo y que puede llegar incluso a ser cruento. Ya puestos,
preferible es modificar el de la lontananza para que no contradiga, como el día
a la noche, al inmediato.
Así sucede también con la
política económica, donde hace tiempo que se han encendido todas las luces
rojas y aunque se nos promete que se abrirá más pronto que tarde el semáforo de
los brotes verdes, que se ven a lo lejos, se anuncia, siempre a finales del año
siguiente, todo aquí es ruina y percance al alcance de la mano. Por lanzarnos a
ese verde de reducir el déficit nos está atropellando la caída sin frenos del
consumo, el camión de infinitas toneladas de la destrucción de empleo.
(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 5-4-13)

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