Borges, que
parafraseando lo que él mismo afirmó del cantar de Gardel, cada día escribe
mejor, cuenta en uno de sus relatos cómo en cierto imperio la cartografía fue
perfeccionada hasta el grado de que el mapa de una provincia ocupaba una ciudad
entera, y el del imperio todo la superficie de una provincia. Y añade: “Con el tiempo, estos mapas desmesurados no
satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un mapa del Imperio, que
tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos adictas al
estudio de la cartografía, las generaciones siguientes entendieron que ese
dilatado mapa era inútil y no sin impiedad lo entregaron a las inclemencias del
sol y los inviernos.” El breve cuento termina describiendo cómo en los
desiertos perduran despedazadas ruinas de ese mapa, reliquias habitadas por
animales y por mendigos.
La
Andalucía de los Niños, aquella atracción al por menor de las mayores bellezas
de nuestra tierra, fue desahuciada
de Isla Mágica hace dos años y, devuelta por el parque temático, ahora es
responsabilidad de la Junta. Lo de responsabilidad es un decir, naturalmente, a
la vista de la falta de celo en evitar los destrozos que viene sufriendo el
recinto.
Pero
nada más ingenuo que escandalizarse por ello. Al fin y al cabo, se trata de una maqueta fidedigna de lo que Andalucía,
y aún toda España, es hoy: un lugar desolado (como una imagen de esas “Regiones
devastadas” que daban nombre a barriadas de menesterosos), donde crece el
jaramago y el destrozo campa, más que por sus respetos, por la falta de ellos,
o él, en el primero que fuerza una valla y, Gulliver malvado, causa un seísmo
en esa arquitectura un día de ensueños infantiles y ya pesadillesca. “Del rigor en la ciencia” se titula el cuento de Borges.
Una ironía aquí, donde no hay rigor para perseguir al bárbaro ni ciencia para
educar en el civismo.
Así,
esas truncas miniaturas son como un cuadro de Antonio López, casi una
fotografía. Si despojan el cementerio, cómo vamos a sorprendernos de que
arrasen la cúspide de la pequeña Giralda sin que quede huella del Último cuerpo de campanas, haciendo
borrón de Rafael Montesinos.
La
Andalucía que estamos legando a los niños es como ese solar de la Isla de la
Cartuja: un lugar venido a menos, una ruina. La infancia terminó; pero a falta
de unos padres que dijeran que había que guardar los juguetes, estos han
quedado esparcidos y rotos, pisoteados por la suela –que nunca se gasta y cada
vez es más claveteada y punzante– de la realidad.
(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 10-5-13)
Comentarios
José Manuel, de Ademán, pero el otro