Lo mismo que un hedor para el olfato, un adefesio para la
vista, un estrago para el gusto, una punción para el tacto, el ruido es la
tortura del oído, una afrenta que en nuestros días bobos va a más como una
mancha de chapapote que empezuña las playas del sosiego. El ser humano, tan
atolondrado siempre, gusta de interferir en la naturaleza dejando su impronta
innecesaria, su huella lastimosa de zascandil metomentodo. Y, con los avances
tecnológicos, que casi todo hacen posible, ha conseguido multiplicar el ruido
como una legión de larvas, un plural tósigo.
Vas caminando y siempre se impone
el pregón de quien no se conforma con llevar discretamente su estulticia y
quiere que esta se conozca estereofónicamente. Entras en una tienda y ahí está –la
llamémosla así– “música” enlatada, que solo tiene de música la unión de sonidos
como los elementos químicos pueden dar una medicina –Bach– o componer un veneno:
esos cantantes reducidos por una mutación cancerígena a contantes y sonantes,
como el dinero. Imposible no pensar que los artículos que allí se expenden no
sean tan malos como lo que vomitan machaconamente los altavoces. Dan ganas
entonces de seguir con la ropa propia hasta que sea harapos, todo por no
someterse a esas agresiones; y, de ser posible, habitar un monasterio de
cartujos como desintoxicación.
El ruido ambiente es una
invitación al griterío. Ruido llama a ruido. Y a ronquera, afonía. Cuanto mayor
es una tontería, más alto se dice. Las cuerdas vocales demarcan el cuadrilátero
en que caemos noqueados.
La batahola es siempre plaga en
nuestras calles. Una imposición, una chulería del que más chilla. Ningún son
debería ser tolerado en los espacios públicos salvo el que mane de instrumentos
musicales sin electricidad, y solo en determinados horarios. Los amplificadores
a cielo abierto son pequeñas dictaduras, genocidios de neuronas, golpes de
Estado contra la paz legítima.
Si siempre esto es así, más estos
días de primavera en que cantan los pájaros. El silencio es necesario para
escuchar los trinos, el canto de los mirlos, el gorjeo en los nidos. A la
armonía se le parte el pescuezo como a un ave para echarla al guiso que
pudiendo ser manjar queda en bazofia, porque no se necesita que suenen tantas
cosas. Basta que lo hagan unas pocas verdaderas.
Se puede ser insensible a
la belleza, mas nunca se ha de tolerar que alguien inflija a los demás la
amputación de lo bello. Se puede ser lombriz y ajeno a lo aéreo, a las alas.
Pero es un crimen sofocar el canto.
(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 24-5-13)
Comentarios
Sabemos que el latido de nuestro corazón o nuestra respiración nos delata ante él (si estamos solos). Pero muy diferente es hablar con gritos y vivir entre tanto ruído, es un infierno del que hay que alejarse.
Me despiertan todas las mañanas el revoloteo de los pájaros, como la naturaleza manda.
Recuerdo cuando lo hacía algún que otro gallo a las seis en punto de la madrugada, en el cortijo que me crié. Cantaba al alba, como nadie.
Saludos.