Cada vez nos manchan más la retina, con su chapapote impreso
sobre la espuma, esos cuadraditos minúsculos en blanco y negro enmarcados en
otro mayor que resulta, en su puntillismo, de un gris ceniciento. Un gris en la
distancia o la miopía que va tiñendo esta vida triste del siglo XXI, centuria a
la que por todos los indicios pronto podremos llamar errata del XIX.
Del tamaño de un niño (o sea, un
nativo digital), desde hace poco cuelgan en el mercado de artesanía del Postigo
(voz que en el diccionario ideológico de Casares debería estar agrupada junto a
Gates y Windows, por lo que el apellido del magnate y el nombre del sistema
operativo significan) unas banderolas con estos códigos QR para que desde el
teléfono móvil accedamos a la página de Internet correspondiente.
Se les pasa esa franja roja que
sube y baja como una alerta económica
–¿hemos tocado en verdad fondo, o subimos, rebotamos y vuelta a
empezar?–,
una línea como la estúpida que no sé quién ha pintado en algunas calles del
centro, y se accede desde la aplicación informática a la bisutería y los
botijos. Los mismos cuadraditos se pueden ver desde esta semana en un panel en la
glorieta de Bécquer y dan acceso a recitaciones y hasta a las versiones en
inglés de las rimas. También allí, pero de mármol y amor puro, blanquísimos el
poeta y las damas en contraste con los negros ángeles caídos.
Hoy no hay color: en los centros
cívicos va a ondear el estandarte de gays y lesbianas. Cuanta más tela mejor para
tapar la realidad. Las banderas del arco iris son códigos no ya cuadrados (aunque
mucho “del orgullo” va al gimnasio), sino de barras (si no verticales, horizontales).
Tiene gracia que la derecha quiera hacerle la cama en esto de las banderas
gayas a los de IU, los rojos, que siempre han perseguido a los homosexuales como
demostró Wenceslao Roces (apellido de fricciones eróticas), traductor de El capital y censor de la elegía a Lorca
en que Cernuda declaraba el amor de este a los mancebos.
Sí, vuelve el blanco y
negro en esta ciudad del NoDo. Como una doña Rogelia regresada del atraso y la
miseria, una mendiga que estos días pordiosea en la Avenida se alivia en un
rincón a escasos metros de donde se venden recuerdos chillones. Dando unos pocos
pasos se va del technicolor al b/n. Siempre con pañuelo en los piojos, deja que
les dé el aire a las ladillas. Quiero decir que se sube el refajo y lo mismo
deja un afluente amarillo de su natal Danubio que un zurullo grande como uno de
los Cárpatos de su tierra. (Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 7-6-13)
Comentarios