Convento de san Leandro de Sevilla, en foto de Antonio del Junco que aparece en la portada del libro
Habíamos despertado sin apetito, saciados por las raciones
de la noche anterior tras la presentación de la revista Piedra del Molino, cuando el festín de vinos y viandas propició el
que de verdad importa: el de la poesía oral de la conversación. Pediremos unos
cafés y una tostada, si todavía nos dejan, fue a lo máximo a lo que aspiramos
al levantarnos. Me encaminé yo a la recepción mientras ella se arreglaba. Y
pocos minutos después un mantel con servicio para dos y un desayuno opíparo se
posaba sobre la mesa, en la terraza, distrayendo nuestra mirada del valle del
Guadalete que abajo y en lontananza dibujaba el decorado que rayaba un
cernícalo. Junto al dorado pan, sendas pastas de piñones que procedían del
paredaño convento. Ante esa vista, ni teníamos resaca ni estábamos ahítos ya, y
dimos cuenta de todo.
Fue
luego cuando dando un gran rodeo entramos en el zaguán de las Mercedarias Descalzas
y pedimos por el torno otras pastas, de pasas con moscatel, y unas magdalenas
que a Proust le recordarían a las se elaborarán en los obradores del cielo.
Milagros, atiende aquí, nos allanó el trámite un viejecito que, tras repasar
una lista, no sé si llevaba a las monjas las vituallas o tomaba recado de la
compra que había de hacer para ellas. Ha de ser duro, como ciego en Granada,
profesar votos de clausura en un convento de Arcos, limitada una al compás, al
claustro, pero sin contemplar los callejones, los otros pórticos y no sé si las
vistas sobre esa vega que a nosotros nos oreó el despertar un rato antes, y ajena
a ese ver mundo del que gozan los dulces que salen de sus manos –aunque por
poco tiempo, que el goloso no espera–.
Pero
un torno gira, rueda al cabo, y me pregunto si no hay un curvo paralelismo
entre las monjas aquellas con su estar y no estar y el hecho de que al comprar
yo por primera vez en un convento de clausura lo hiciera a más cien kilómetros
de distancia de Sevilla, cuando aquí –es la medida que hay que emplear para esto,
anterior al sistema decimal– sobreviven más de una docena.
Todo
esto me ha hecho recordar el estupendo libro que hicieron salir también de su
torno el año pasado Ismael Yebra (cuando aún no era académico de Buenas Letras)
y Antonio del Junco: Sevilla en clausura,
ya por la segunda edición. Con textos del primero y fotografías del segundo es
posible adentrarse en los cenobios, y no solo obtener bellísimas imágenes de
ellos sino también conocer el sentido de ese retiro, que como bien señala Yebra
no es huida nunca sino encuentro.

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