César González-Ruano. Foto: ABC
César González-Ruano dejó constancia en sus Memorias del asombro que le produjo en
1933, al comienzo de su corresponsalía en Berlín, la presencia por doquier de
los llamados “automáticos”: las máquinas expendedoras de tentempiés y bebidas que
él llama “una estación gastronómica de la vida de paso”, esa prisa de las urbes
contemporáneas, ya bastante acelerada en la suya y que no avanza sino a cámara
lenta si la comparamos con el correr de hoy (o de ayer más bien, pues la crisis
y la desocupación han remansado un poco las aguas). Era aquello antes de la
generalización del turismo, y él veía en la clientela de esas tragaperras no al
visitante perezoso y a deshoras, sino la laboriosidad autóctona: “Gentes un
poco imprecisas, cansadas, con los nervios destrozados por los ómnibus, el
Metro y los ascensores”.
En los últimos tiempos han
proliferado también estos lugares en Sevilla: encastrados en un edificio, con
rótulos que desentonan con los edificios que los albergan (no así su plástico
con lo que se expende en el interior), son cubículos que se extienden como
suelen hacerlo las franquicias. La idea es tan perfecta como fría e inhumana. Me
gustaría ver a Don Quijote recalar en una de estas ventas atendidas por robots,
a los que se les da un maravedí y devuelven un pellejo de vino, quiero decir
que se introduce un euro y dan a cambio una lata de cerveza o no sé qué astado
tinto, toro rojo o algo parecido en la lengua de la pérfida Albión. Ustedes
ya me entienden.
Incluyen sex-shop, agua, viandas.
Junto a los artículos para el calentón, los refrescos; al lado de los
preservativos, los conservantes de esas hamburguesas o kebab que, no sé por
qué, barrunta uno que no son del día.
Se ve la palabra “Gourmet” en una
de las vitrinas. No esperábamos menos. Es como esos productos “del abuelo”
producidos en serie o esos precocinados “caseros” cuyo hogar es una nave
industrial e imagino que se elaboran más con aceite de motor que con el de
oliva virgen extra.
Entre las muchas ventajas que
tienen, hay que reconocer que humanizan las relaciones laborales: si las cosas
van mal dadas, el empresario ya no tiene que atravesar el trance de despedir a
sus trabajadores, y a estos se les ahorra el disgusto de recibir el finiquito o
de entrar en un ERE. Y siempre están abiertos, como los cajeros automáticos, lo
cual viene muy bien, dadas las actuales circunstancias, para acomodar a más
indigentes, personas que han perdido su puesto de trabajo, bajo la mirada
compasiva de las máquinas.
(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 21-6-13)

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