Días después de haberse dictado sentencia contra el sujeto (ojalá
lo hubiera estado antes de hacerlo) que pretendía hacer saltar con los vecinos
dentro el edificio en que vivía en el barrio de Las Naciones, confundido con un
castillo de fuegos artificiales, se producía en el Arenal el lanzamiento de un
cóctel molotov contra una tienda de banderas y artículos de militaria, al que vino a acompañar
alguna pintada con la hoz y el martillo. Está muy bien que se firme con esas
herramientas rojas de incendio y sangre, y ya de moho y óxido pese al repunte
de IU (es verdad que, ya que estamos hablando de ferretería y fogosidades, la
gente se agarra a un clavo ardiendo). En un ejercicio aplicado de memoria
histórica, la rúbrica viene a recordar otras quemas,
¿Qué harías tú en un ataque
preventivo de la URSS?, cantaba el pop de los ochenta. El antifascismo local se
adelantó así, venganza agorera, unos días a la pelea entre cabezas rapadas de
diferente signo político que en París tuvieron un encontronazo cuando iban a
comprar polos de una marca conocida. Al final, el pobre chico al que mató un
mastuerzo filonazi murió por una cuestión de algo tan capitalista y del sistema,
contra lo que trinan ambas banderías, como el shopping.
En la tienda de la calle Adriano
venden polos también, y camisetas, con un lema rancio que tiene hasta gracia con
su patriotismo que se hace chovinista: “Al servicio de usted y de España”. En
el Servicio Andaluz de Salud está igualmente la cosa que arde. Lo último (de
momento) ha sido el enfermo que en el Hospital Macarena ha querido quemar a un
médico rociándolo con líquido inflamable. Al parecer, luego quería inmolarse a
lo bonzo.
No solo es cuestión de pirados
(tengo que consultar en el Corominas la etimología de esta voz que suena
ígnea). Estamos siempre en ascuas y la sociedad anda con los pelos de punta, como
una cresta de llamarada, un ardiente copete, y lo insólito es que no haya más
incendios intencionados. Estos reseñados arriba deberían hacernos reflexionar;
a fin de cuentas, las llamas envían, con su sintaxis danzarina y su morfología no
siempre fácil de interpretar, señales de humo. Con más educación y respeto
habría menos necesidad de agua y extintores.
Por contra, y como consuelo, fue
bonito ver cómo los bomberos rescataban también esta semana a un pollo de
cigüeña herido que habitaba la alta chimenea de las Atarazanas, ese cerillo sin
fósforo que rasca al aire. Luego hubo que sacrificarlo porque no tenía arreglo.
Como algunos humanos.
(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 14-6-13)
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