Trabajar entre libros acarrea un sedentarismo que conviene
combatir de algún modo. En mi
caso, usando a menudo las bibliotecas públicas, ya sea recurriendo a la Infanta
Elena (si los veladores abusivos del bar Chile lo permiten), ya a la atomizada de
Humanidades de la Universidad, lo mismo en su sala principal, la mal llamada
Dante (que no sé si tendrá la última parida de Dan Brown, inspirada en
Alighieri), que en los diversos departamentos. A veces, para estirar más las
piernas la caminata me lleva hasta el hotel Library de Nueva York, forrado de
volúmenes, el cual tiene por lema esa frase de Borges que cifra el paraíso como
una especie de biblioteca.
El edificio de la Fábrica de
Tabacos posee la ventaja de que en su copistería puedo imprimir los libros en
los que estoy trabajando: novelas que van mejorando tras cada rechazo
editorial, poemarios que se van depurando tras no haber ganado los premios a
los que concurrían. Llega uno allí con un lápiz de memoria y sale con un tacho
de folios encuadernados, a veces hasta por quintuplicado. No lejos queda el
edificio de Correos de la Avenida en que los despediré con un pañuelo blanco –adiós,
adiós– viéndolos partir en el muelle hacia su incierto destino.
Las palabras mudan de significado
al ritmo de las tecnologías, y hoy ya para la mayoría un pen no es una estilográfica sino un dispositivo de almacenaje
informático. En la copistería se ven muy a menudo, pero jamás habría dicho lo
frecuente que es su empleo hasta que esta semana me olvidé allí (culpa mía y
del copista) el citado artilugio y fui a recogerlo a la mañana siguiente.
No bien había explicado lo
sucedido, el dependiente me extendió un amplio cubilete, un pozo sin fondo en
el que había dos docenas de cacharros parecidos al mío, que navegaba abisal en
el fondo de ese bando de peces. Mientras trataba de pescarlo reparé en el
vértigo de todos esos gigas, la gigantesca capacidad de atesorar información de
unos artilugios de metal y plástico, pequeños batiscafos en el océano de la
memoria. Esos Funes memoriosos que guardan una tesis doctoral o un trabajo que
no recogió una erasmus danesa o un
becario de Gines. Habrá ahí cartas de amor, diarios, cuentos, temarios de
oposiciones, libros pirateados, fragmentos de vídeo, fotos, canciones y
estridencias. Dan ganas de jugar a la ruleta rusa y llevarse, en vez del lápiz
propio, una bala ajena: pasar por el traductor de Google ese texto en finés,
estudiar esos apuntes de Historia como si fuéramos nuevamente jóvenes.
(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 31-5-13)
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Un saludo cordial Antonio.