Un episodio de nuestra vida literaria que trajo eco sucedió
cuando Perfil del Aire, el primer
libro de Cernuda, fue considerado epígono de Guillén. Y todo por las décimas
que ambos se gastaban. Como si esa maldición quitara a muchos las ganas de
reincidir en la forma, no ha sido esta muy abundante desde aquellos finales
años veinte del pasado siglo. Alguien que no le ha tenido miedo, como Juan
Sierra, ha sido Enrique Barrero Rodríguez, quien a lo largo de tres años ha ido
dando en su blog un millar de ellas, de ahí el título del libro en que ahora
las ha recogido (solo el diez por ciento) y que sirve de epígrafe a la columna
de hoy. Y en esta antología las hay excelentes.
Tiene
mucho de artificio, la décima; y ello, más uno de los temas que se impone aquí el
poeta, acarrea riesgos, pues es agua que ha corrido al final de muchas
cuaresmas en ese género al que va como anillo (de latón u oro) al dedo: el
pregón de Semana Santa. “Pequeños lirios” es la sección que Barrero dedica a la
misma, y hay que decir que sale airoso: así en “Domingo de Ramos”, con su
recuperación de la infancia, y en “Cristo de los Estudiantes”, que concluye:
“y, en el aula agradecida / del corazón que te entrego, / ir tomando con
sosiego / los apuntes de mi vida.”
Hay
mucho amor por Sevilla en estas páginas, en las que convergen esquinas, plazas,
jardines. “¿Quién, en la ingenua redoma / del tiempo más inocente, / no sintió
que, de repente, / el calor era una fragua / y le dio a sus labios agua / la
muchacha de la fuente?”, interroga en la espinela dedicada a la Plaza de
América en la que, como es natural, se posa una paloma. “Callejero del gozo”
acomoda veintiocho calles de la ciudad, sin un verbo, sin un adjetivo,
dejándose el autor arrastrar por la eufonía de los nombres, que no solo obedece
a la belleza de muchas de las palabras que las designan, sino también a las
evocaciones. Recuerdos hay también en otras décimas a poetas sevillanos, como
Juan Sierra, Rafael Montesinos, Joaquín Romero Murube y los dos Machado, además
de para Víctor Jiménez, corresponsable con el propio Barrero y Francisco Mena
Cantero de esta colección Ángaro que acoge al libro y cuyo nombre significa en
árabe “hoguera en la atalaya”. Es una llama que ha superado los cuarenta años
de vida y tiene, por cierto, la misma edad de este poeta que también canta al
silencio o a los meses, donde julio es excepción, porque el endecasílabo
sustituye al octosílabo, como contagiado del dilatarse de estos días largos de
estío.
(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 5-7-13)

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