A finales de junio Iván Vergara presentaba en Sevilla, en la azotea de la Casa de la Provincia, al pie de la Catedral y la Giralda, su libro de poemas Era hombre, era mito, era bestia. Estas son, con las variantes que impone la expresión oral, las palabras que pronuncié con tal motivo:
Iván
Vergara nació en 1979 en México. Es decir, cuarenta años después de que buena
parte del exilio español (excepción hecha de la avanzada de José Moreno Villa,
en 1937) desembarcara del buque Sinaia
en el puerto de Veracruz, gracias a la hospitalidad del general Lázaro
Cárdenas, presidente a la sazón de aquel país.
Las
relaciones entre nuestro país y México comienzan con una invasión y un asombro
(el reflejado por Bernal Díaz del Castillo, o Hernán Cortés, como ahora
propugna un estudioso francés, en Historia
verdadera de la conquista de la Nueva España) y siguen un camino tortuoso
hasta la independencia de la nueva república en 1810 y aún después. Si hubo
expolio (y ahí tenemos a doscientos metros la Casa de la Moneda, receptáculo de
tanta plata mexicana), también hubo, y hay, intercambio y lo que podríamos
llamar polinización cultural. Desde hace varios años ya, Iván y sus compañeros
de la PLACA, la Plataforma de Artistas Chilango Andaluces, vienen tendiendo
puentes entre ambas naciones y, más aún, entre los habitantes de la Ciudad de
México –los chilangos– y los de esta región de la que partieron los galeones al
Nuevo Mundo (sobre todo Sevilla, esta Puerta de América). Ahí está también, más
cerca incluso, el Archivo de Indias, que no me dejará por mentiroso.
Volviendo a las efemérides, este año se conmemora el
cincuentenario de la muerte de Luis Cernuda, quien también se asiló en México
aunque en fecha tan tardía como 1952, y que vivió, y se apagó, en esa casi
Andalucía que es Coyoacán, en el sur del Distrito Federal. Cernuda tuvo muy
buenos amigos mexicanos, quizá el más importante de ellos fuera Octavio Paz,
que da la casualidad de que vivía en una bocacalle del Paseo de la Reforma que
se llama, qué casualidad, Río Guadalquivir. Pues bien, Iván Vergara forma ya
parte de esa lista de nombres que nos unen a mexicanos y españoles, como los ya
citados o Jordi Soler, que como su nombre delata es descendiente de catalanes,
pero que nació en Veracruz y hace años vive en Barcelona. A Soler, que es
joyceano entusiasta y miembro de la llamada Orden del Finnegans, también
integrada por Enrique Vila-Matas entre otros, le gustaría saber que ahora está
siendo citado aquí en esta azotea donde más de una vez se ha celebrado el
Bloomsday, la fiesta literaria que recuerda el Ulises de Joyce.
Pero
no divaguemos. El libro que hoy presentamos manifiesta una de las vertientes de
la creatividad de Iván, que es también músico y editor de libros muy
especiales, los que salen de la editorial Ultramarina Cartonera. Como poeta nos
entrega una obra ambiciosa y extensa que no es una suma de poemas sino un
concepto unitario. Unitario o tripartito este Era hombre, era mito, era bestia que se abre con un epígrafe de su
compañera Sandra que alude, entiendo, a Quetzalcótal, la serpiente emplumada,
con ese “Dedicado a la Era de Plumas y Escamas”. Desde este lado del océano
sorprende la libertad formal característica de la poesía que se escribe en los
países hispanoamericanos, y México no es una excepción, e Iván tampoco. Me
parecería arriesgado aventurar interpretaciones del libro, y más estando
presente su autor, pero sí destacaría que tenemos aquí una voz madura y que
alcanza altas cotas de expresividad y de emoción. Como resumen de esa
vinculación de dos mundos destacaría el poema “Un silencio atlántico”, que
quizá lea luego Iván, no sé, con su acento aún mexicano pero del que a mí me
apetece recordar ahora una estrofa con mi dicción de gachupín:
yace mi
padre en un techo de casa blanca
con su cuerpo moreno asfixiado por la historia,
con su cuerpo moreno asfixiado por la historia,
con su cuerpo tallado por la vista de los volcanes
y un
indómito yacimiento de leyendas
donde se escribe la historia de mi viejo,
sobre una ladera marina y tintas de piedra
donde se escribe la historia de mi viejo,
sobre una ladera marina y tintas de piedra
ha salido
esta tarde y se ha tirado al río
con el fardo absurdo de todo lo recorrido,
ha ahogado a los peces contándoles la historia
con el fardo absurdo de todo lo recorrido,
ha ahogado a los peces contándoles la historia
de un hombre y una mujer
que se
amaban como tierra blanca y fértil,
yelmos recios de conquista
yelmos recios de conquista
ha devorado al unísono dos continentes
y se ha convertido en tierra submarina;
salió por la tarde un indio posmoderno y la noche
recibió todas las almas,
todos los llantos
Somos varias las personas que intervenimos en el acto y yo no
querría extenderme. La poesía tiene ese don, que no precisa glosas. Es más, que
a veces estas la destruyen. Yo solo quiero añadir mi agradecimiento a Iván por
haber pensado en mí para que lo acompañara esta noche. Y por ese hilo que no
deja de tejer para que con un tironcito, los de allá, los de aquí, estemos unos
más cerca de otros.



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