Sevilla manda a muchos de sus hijos al exilio (uno de ellos,
recientemente fallecido, es Francisco Márquez Villanueva, que cambió el
Guadalquivir por el río Charles, la Hispalense por Harvard), pero también acoge
a otros que no siéndolo de nacimiento vienen a laborar y vivir en ella. Dos de
los mejores escritores que en Sevilla hay en este momento, y no se puede decir
que estos falten, no vieron la luz aquí y tienen en común, además, haber vivido
simultáneamente un par de años en Lima, la capital del Perú. Cuando José María
Conget era profesor de la Universidad de San Marcos a mediados de los años
setenta (y allí, frente al Pacífico nació su hija Rebeca), Fernando Iwasaki
estudiaba en el limeño Colegio Champagnat. Luego Conget vivió en Cádiz, Londres,
Nueva York y París, e Iwasaki estudió en la Pontificia Católica Universidad del
Perú y se vino a vivir a Sevilla, tomándole la delantera al zaragozano, que no
se establecería aquí hasta 1990 aunque siguió pasando bastante tiempo fuera:
como no era manco, empleado en el Instituto Cervantes.
Aquí,
Conget fue hasta su jubilación en 2008 profesor de otro instituto, el Martínez
Montañés (donde también lo fue el colaborador de El Mundo José María Vaz de
Soto), y tres sellos editoriales sevillanos han publicado obras suyas. Ahora
escribe entre nosotros sus estupendas colecciones de cuentos y se pelea con una
novela. Y es muy frecuente verlo en el cine Avenida con su mujer, la traductora
Maribel Cruzado.
Precisamente
una de las narraciones de su más reciente libro La mujer que vigila los Vermeer, se titula “Mi vida en los cines”, y
viene a ser, con una gran carga autobiográfica, la fusión de las células del
autor con el celuloide. Menos en el desconcertante final, está lleno de encanto
este repaso a las salas de medio mundo y de las películas, muchas veces
populares, que no han sucumbido a ese pecado nefando para el autor: la
pedantería.
De su experiencia académica le ha quedado un conocimiento de primera
mano de muchas de las cosas ridículas junto a otras nobles de la profesión
docente. “Suaves laderas” es un admirable ejercicio de cómo atribuimos a los
otros felicidades fantasmas. Y “No calls,
no letters, no messages” podría figurar en cualquier antología de
literatura de campus. El relato breve “El impostor” parte también de una experiencia,
reelaborada, de cuando en el colegio de curas ascendieron al autor, por un
equívoco clasista, de hijo de oficial de notarías a vástago de todo un señor
notario. Una maravilla, doy fe.
(Publicado en El Mundo, edición de Sevilla, el 19-7-2013)

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