Fotografía de T. M. R-F., agosto de 2013
En la rúa principal de Melide, que es decir en una de las
estaciones del Camino de Santiago, la pulpería Ezequiel acompaña los cafés e infusiones
con sobres de azúcar en los que figuran imágenes de monumentos señalados del
mundo. El que pintaba el mío, con el que endulcé un café muy necesario tras dar
cuenta de media tonelada de cefalópodos y quedar aún por delante unas leguas
para finalizar la etapa, era la Giralda, hito particularmente idóneo, por la
esbeltez de la torre, para ser
representado en un rulillo alargado.
Pero la presencia sevillana en el
peregrinaje este verano ha sido mucho más que esa. Por la misa de peregrinos,
una vez recibida la Compostela, supimos que la víspera habían cumplido viaje
ante el apóstol un grupo de Estepa y varias otras personas de Sevilla. Y como
quiera que no se columpió el botafumeiro sobre las naves laterales que unen la puerta
de Azabacherías con la de Platerías, regresamos a la ceremonia de la tarde,
donde otra vez oímos cómo habían llegado a Santiago otros paisanos nuestros. No
es de extrañar, pues el número de peregrinos ha sido muy alto este año, pese a no
ser Xacobeo. Seguro que el lector tiene a mano ejemplos de familiares, amigos o
conocidos que la semana pasada, o la otra, o unas más allá, han hecho el Camino,
ya sea desde aquí mismo, a lo largo de la Vía de la Plata, ya por el Camino
francés o el portugués, aunque sean solo los últimos cien kilómetros requeridos
para obtener la acreditación.
En
una de las aldeas, tras pasar por un corral en que amistaban vacas y gallinas
bajo la presidencia, ausente el toro, del señor gallo, el altavoz de un bar propagaba
sones rocieros, como si en vez de arribar a Arzúa lo estuviésemos haciendo a la
aldea almonteña. Presencias menos gratas fueron los grafiti que algún vecino de
Gelves ha ido dejando en paredes, así como alguna otra pintada relativa a
Lopera (sí, el expresidente verdiblanco) y a la querella entre béticos y
sevillistas, que parecía, a lo visto, más enconada que la habida entre cristianos
y mahometanos en la batalla de Clavijo en la que supuestamente intervino el
santo, recibiendo el apodo y aún la representación de “Matamoros”.
Decenas
de miles de personas hacen cada año el Camino, a las que habría que sumar esos
tres o cuatro animales de por aquí que han marcado el hierro de su ganadería,
la misma que ellos llevarán bajo las astas, en muros de granito o mampostería que
maldita la necesidad que tenían de emborronarse.
Que
en su misericordia los perdone el apóstol.
(El Mundo, edición Sevilla, 6-9-13)

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