La tarde es tibia, desmintiendo la palabra julio que en vano
esgrime el calendario, y el fotógrafo sale de su hotel en plenas Judería y hora
de la siesta todo vestido de negro. Dice que viste así, como la noche, desde
que una chica que le gustaba en Buenos Aires, y que no le daba bola, añade, le
dijo que le quedaba bien el negro. Es la hora en que García Lorca fija la muerte
de Sánchez Mejías en su poema y, si no fuera por esta fugaz benignidad del
aire, una isla primaveral en el océano del verano, el forastero podría caer no
con traje de luces, sino enlutado, en medio del ruedo solar de la canícula.
A unos metros está la antigua
sinagoga, hoy santa María la Blanca, y Mordzinski recorre las calles encaladas,
los vericuetos ocres, las sombras de naranjos verdísimos de troncos cuyo
diámetro es un brazo enclenque en comparación con el fornido objetivo de su
cámara. Va recorriendo la ciudad enhebrando las citas de su agenda, llevándose
escritores al morral, disparando, disparando. Como el buen practicante, como el
médico humanista, anestesiando con la plática antes de hundir la inyección. Luego
los autores sevillanos colgarán también de las paredes de la Casa de la
Provincia, donde se acaba de inaugurar una exposición suya que ningún
aficionado a la fotografía o a la literatura debería perderse.
Lleva muchos años recolectando
imágenes de los principales escritores del mundo. Y lo hace buscando la
complicidad, el ángulo distinto y relajado, la empatía. Son posados singulares
que propicia la conversación con un verdadero amante de las letras; alguien
capaz de dejar marchar a Paul Auster sin hacerle una fotografía solo por el
placer de dedicar todo el tiempo del encuentro a escucharlo; alguien capaz,
igualmente, de robar una reconciliación a los enfrentados Naipaul y Theroux
inmortalizándolos en un apretón de manos en el Hay Festival de Gales
(Mordzinski es el fotógrafo oficial de estos encuentros, lo mismo en la sede
matriz que en Xalapa o en Cartagena de Indias).
Se estrenó, ahí es nada, con Borges, en 1978. Aquel joven que quería ser
escritor tuvo como segundo retratado a Cortázar. Luego han venido muchísimos
más, dedicación que le ha granjeado el epíteto de “el fotógrafo de los
escritores”. Cuando tras un buen rato de charla y algunas fotos se despide de
su modelo, lo hace con un abrazo, como si también quisiera impresionar sobre el
negro el alma del modelo, que luego se asomará, revelada, a la cartulina,
enmarcada como en esta muestra o en uno de sus numerosos libros.
(El Mundo, ed. Sevilla, 27-9-13)
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