Desde que sufrió un ictus, hace unos años, su salud ya no
fue la misma. Se recuperó entonces, sí, y no quedaron secuelas en su
inteligencia ni en su capacidad poética, pero ya empezó un declinar físico que
no impidió que visitara varias veces España (la última, si no me equivoco, la
primavera pasada cuando participó en un acto en el Centro Niemeyer de Avilés
acompañado por su amigo y traductor Jordi Doce). Si no hubiera sido por estos
quebrantos, tal vez hubiera podido estar en la próxima cita de Cosmopoética; al
menos, su coordinador, Joaquín Pérez Azaústre, me expresó hace meses su
intención de que fuera así.
Mucho
antes de la concesión del premio Nobel, Heaney ya era conocido dentro y fuera de
Irlanda como uno de los destacados poetas en lengua inglesa, uno de los dos idiomas
de su tierra. De uno, el irlandés, ha vertido al otro poemas que van desde las
joyas sobre la naturaleza del rey loco Sweeney a exquisitas piezas líricas
atribuidas a san Columba o parte de la obra de la poeta contemporánea Nuala Ní
Dhomhnaill. Pero su gran obra original en inglés desde aquellos lejanos días del
conflicto sectario en el Ulster hasta la de hoy, más metafísica y en diálogo
continuo con la tradición, que pasa por Dante y por Virgilio, lo ha encumbrado
como lo que nadie puede negar que sea: el poeta más importante de Irlanda (país
de poetas donde los haya) desde W. B. Yeats. Muerte de un naturalista fue su estreno, y Cadena humana su despedida. Entre uno y otro libro, casi cinco
décadas de la mejor poesía.
Era Heaney, además, un importante
ensayista, con páginas muy esclarecedoras sobre compatriotas como el propio
Yeats o Patrick Kavanagh, y sobre los vecinos británicos Hopkins o Marlowe, y
acerca también de los de otras latitudes (Lowell, Milosz, Brodsky). Fue asimismo
uno de los animadores de la Field Day Theatre Company en su nativo Derry, ciudad
de luces y de sombras donde tuvo lugar el Domingo Sangriento en 1972 o, este
mismo verano, el principal festival de música tradicional irlandesa del mundo
(digo mundo porque la diáspora hibérnica ha hecho que su gaita, su arpa, su
baile sean patrimonio también de medio orbe, como lo es el aprecio por su
poesía, que arraiga a través de poetas como John Montague o Paul Muldoon en los
Estados Unidos).
La
última vez que lo vi fue en un almuerzo en Madrid, acompañado de su mujer,
Marie, recopiladora de las viejas leyendas gaélicas, y de Jordi. Nada había en
él de altivez o de prosopopeya: ha muerto un hombre cordial, sencillo, buen
conversador, accesible, un catedrático de poesía muchas veces laureado que
vestía sin embargo como el hijo de un granjero que era. ¡Cómo recitaba con su
acento del Norte, pero pulido y culto! Quien lo escuchara en Córdoba hace unos
años pudo asistir al milagro de que mientras él recitaba su bellísimo poema
“San Kevin y el mirlo” en el mismo momento afuera, en los jardines, un mirlo de
verdad lo acompañaba en acorde mágico. Estas cosas solo suceden por, para y
gracias a la poesía.
A
Luis Cernuda se le hizo una vez raro que un libro llevara como título Mil años de poesía irlandesa. La parecía
una exageración, pero la poesía se viene cultivando allí, con testimonios
conservados, desde hace al menos quince siglos. Cité antes a san Columba. En su
último libro, Heaney lo vierte y lo hace suyo, y un poco incluso hasta de Joyce
con un homenaje (la palabra riverrun)
a Finnegans Wake. Como dicen el
primer verso y el final, con una ligera variante, de esas cuartetas: “Me duele
ya la mano de escribir.” Si adelantado e imprevisto, bien merecido tiene Seamus
Heaney el reposo.
Descanse en paz.

Comentarios