Vicente Núñez
Sin yo darme cabal cuenta, el primer ensayo que leí sobre
Luis Cernuda era el que Vicente Núñez publicó en el número doble de Cántico (9-10), y que junto con otro
escrito de Núñez sobre el sevillano daba la primera revista de literatura que
yo compraba. Era el número 2-3 de Fin de Siglo, el lejano año de 1982, y recuerdo cómo
anoté, subrayé con pasión y un punto de pedantería ese artículo, “Sobre tres
temas cernudianos”. Los tres epígrafes y temas eran “La soledad cerrada”, “El
tiempo en la memoria” y “Amor color de olvido”.
Es
entonces cuando, en marzo o a principios de abril de 1954 Ricardo Molina le
escribe desde Córdoba para pedirle colaboración para Cántico. Cernuda se lo comenta en una carta a José Luis Cano:
“Siento que me haya escrito, porque ni tengo ganas de contestar diciendo que
no, ni pienso enviar nada. Te ruego, si alguien de esa gente pide mi dirección,
que digas que no la sabes. Es la manera de evitar la dificultad. Estoy más harto
de todo lo que me recuerda mi dichosa tierra…”
Luego,
el 13 de diciembre del mismo año vuelve a escribir a Cano informándole de que
Molina le ha anunciado que los de Cántico le quieren dedicar un número de la
revista (ahora no escribe “revistita”, como hizo la primera vez), y le pide
algo para dicho número:
“Tú
sabes que no me gusta publicar en las revistas que salen por ahí. Pero también
me parece que si no le envío nada, ni respondo, parecería poco simpático de mi
parte.
Por
otro lado temo enviarle algo y que lo publiquen sin más en cualquier número.
Por eso te ruego averigües si es cierto lo del numerito en cuestión, y si es
cierto le envías de mi parte los versos adjuntos.
No
que me preocupe mucho la “dedicación”, pero en fin, con tan pocas muestras de
simpatía que recibo por ahí, no quisiera aparecer desagradecido con ésa.”
Juan Bernier, Ricardo Molina y Pablo García Baena
En
una carta sin fechar que debe de ser de la primera mitad de 1955, Cernuda
escribe a Molina que no desea que se publique dibujo o foto suya en el número
de la revista sin consultarle:
“Así pues, le ruego no escojan foto o dibujo sn decírmelo
antes. En todo caso, si insisten en esa idea, yo podría enviarle alguna, aunque
no me gusta publicar mi efigie.
Cano le envió, según me dijo, los versos que pueden publicar
de mí en el número en cuestión. Solo por tratarse de gentes tan bien intencionadas
he vencido mi repugnancia a publicar en revistas de ahí.”
Es de destacar que por las mismas fechas Cernuda renuncia a publicar
en Caracola, la revista que dirige
Bernabé Fernández-Canivell, aunque finalmente accede y manda al malagueño “El
amante divaga”, que aparece en el número 38 de la revista (diciembre de 1955).
Pero lo hace con la condición de que, subrayado, y haciendo un chiste con los nombres, “nada de J.R. Pemán ni J. M. Jiménez en el número en que se publiquen”.
El 5 de diciembre escribe de nuevo a Cano con una nota
bibliográfica corregida y aumentada para Cántico, extrañándose de que no la
hayan reproducido de la aparecida en su traducción de Troilo y Crésida. Y
añade, zumbón, con sorna: “Veo que el famoso número progresa sin tregua, y si
se dan alguna prisa probablemente lo acabarán para mi centenario.”
El 4 marzo de 1956 no ha recibido aún la revista, pero sí
carta de Julio Aumente, que le anuncia también el envío de su libro El aire
que no vuelve. Se despide Cernuda: “El hecho de que yo desconfíe de mí y de mi
trabajo es una cosa, y otra el que me alegre y conmueva la simpatía que pueda
hallar en alguien, por excesiva que sea.” Dos días después escribe a Cano y a
modo de posdata le pregunta: “No me dices si el número de Cántico ha suscitado
algunos comentarios, privados o públicos.”
Va a entrar ya la primavera, y aún no ha recibido los
ejemplares de Cántico. Es por eso que pide a Cano que encargue un ejemplar a la
librería Ínsula y se le envíe por correo aéreo por cuenta de su traducción de
Shakespeare. “Como “ardo en deseos de verme homenajeado”, te ruego, en lo
posible para ti, que no se demore el envío en cuestión.”
A Cernuda le satisfizo enormemente la colaboración de
Vicente Núñez, y así se lo hizo saber en carta muy agradecida. No es de
extrañar, pues Núñez escribe: “Cernuda es actualmente, para nosotros, el
conductor más fino y profundo de muchas de las inquietudes diseminadas en el
ambiente y que tocan de lleno la esencia del poeta, la razón de su canto
incluso y su función dentro d ela realidad a que pertenece.” Cuando finalmente
recibe los ejemplares acusa recibo a Molina, y comenta sobre los contenidos:
“El número, cómo no, me ha gustado mucho y me ha conmovido
hallar tantos amigos con los que apenas creí contar. De los trabajos críticos,
el de usted y el de Vicente Núñez son los que me interesan más.”
Y prosigue:
Y prosigue:
“Acaso sea la colaboración de Adriano del Valle lo más
flojo, aparte de que se dedica a inventar toda una serie de detalles y
anécdotas. En realidad se pone y me pone en ridículo.”
Y encarece: “Le ruego dé las gracias a todo el grupo de
Cántico: a Juan Bernier, a Pablo García Baena, a Julio Aumente (¿omito algún
nombre?), diciéndoles cuánto bien me ha hecho ver que no estoy tan solo como a
veces me figuro; la amistad, la generosidad de ustedes para conmigo es cosa de
gran valor para mí. Al fin y al cabo, si se escribe es para hallar amigos, y
ustedes me han demostrado con largueza cuán amigos míos son.”
Curiosamente, hay en el número un soneto de Pemán que lo
homenajea, y Cernuda escribe también un tarjetón agradeciéndoselo, pidiéndole a
Molina que se lo remita. De todo el número, y se lo dirá a Cano, lo que le
extraña es que nadie se haya ocupado de su obra en prosa: “Pero ya es mucho que
le acepten a uno como poeta para esperar que además se le tenga en cuenta como
prosista."
Que esta gratitud era sincera y se tejió una complicidad
entre Cernuda y sus jóvenes admiradores cordobeses lo prueba que a finales de
1956 pida a Bernabé el envío de “Poemas para un cuerpo” a los que intervinieron
como organizadores del número de Cántico.
De hecho, el 1 de febrero de 1957 instruye a Bernabé para que envíe ejemplares
además de a él mismo, claro, y a José Luis Cano, a Vicente Núñez, Ricardo
Molina, Pablo García Baena y Juan Bernier. De todos ellos, fue con Vicente
Núñez con quien mantuvo más contacto a lo largo de los años.
Y aún mostrará un interés parecido en 1959, lamentándose de
no disponer de ejemplares de una revista en que sale algo suyo para enviar a
los de Cántico. Finalmente, en junio
1961 escribe a Derek Harris: “Supongo que en Córdoba estaría con los
poetas de Cántico, tan amables conmigo siempre, y que hace pocos años me
dedicaron un número de dicha revista. ¿Lo conoce?
La vigencia de Cernuda fue muy bien vista por Núñez, quien
aún viviría varias décadas para comprobar cuán cierta era, e indeclinable. en
1955 escribía: “Su poesía tiene hoy un alcance que de ningún modo le era
explícito en los años inmediatos a su publicación.”
Si alguna reticencia pudo tener Cernuda ante el título de la
revista, Cántico, que sin duda había de recordarle al título, homónimo, del
primer libro de Guillén, el ensayo de Molina en el número de homenaje (uno de los que más le gustó, recuérdese) lo reconcilió con la publicación y sus
impulsores. Escribe Molina: “Por eso causa asombro oír decir a críticos
indudablemente más autorizados que yo –pero acaso más parciales también– que en
Perfil del Aire es manifiesta la influencia de otro gran poeta de aquella
generación: la del “enorme y delicado” Jorge Guillén. Los respectivos mundos
poéticos son tan personales en cada caso, e inconfundibles, que no veo por
dónde ni cómo hayan podido nunca relacionarse, a no ser por algo tan
superficial como la métrica.”
Muy al comienzo de su poesía, Cernuda compuso versos que
citó Molina en su ensayo y que parecen destinados a subrayar el sentido de ese
número doble de Cántico. En “Homenaje”, el poeta sevillano escribió:
El tiempo, duramente acumulando
olvido hacia el cantor, no lo aniquila.
Su voz más joven vive, late, oscila
con un dejo mortal que va cantando.


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