Como otros miembros de la Generación del 27, cuando vivía en
Madrid Luis Cernuda trató al argentino Ricardo E. Molinari, quien frecuentó la
Residencia de Estudiantes en la primera mitad de 1933. Y a su regreso a la
Argentina, Molinari envío a Cernuda alguno de los tres libros que Jorge M. Furt
había publicado sobre la literatura gauchesca. El 22 de diciembre de ese año
Cernuda se lo agradece así: “En cuanto al libro de Furt quisiera que usted
hiciera llegar a su autor el gusto y viva simpatía con que lo he leído. Tenía
usted razón, querido Molinari; ahí en esas páginas he encontrado, graciosa y
melancólica alternadamente, palpitante siempre, la vida popular de sus
paisanos; y no la vida del pueblo de la ciudad, tan deformada y mezquina en
todos los países por lo general, sino la vida popular campesina, tan libre como
exacta, tan natural como fiel.” Con Molinari intercambió libros y cartas a lo
largo de los años. En 1933 Cernuda le declaraba su amor “por todo lo de ahí”,
refiriéndose a la Argentina y, quizá, por extensión al Nuevo Mundo. Once años
más tarde, y ya exiliado, le escribe desde Cambridge que de aquel país no tiene
más noticia que la de algún número suelto de La Nación que llega a sus manos.
Ricardo Molinari
A
principios de los años cuarenta vivían en la Argentina Rosa Chacel y Rafael
Alberti con María Teresa León. Pronto se les unirá otro de los náufragos de la
República. En carta a Concha de Albornoz de 24 de abril de 1943 refiere,
trocando ese amor por un desprecio en conjunción o alternancia típicamente
suyos: “Por Octavio Paz, que me escribe alguna vez, tengo noticias de los
amigos. Me dice que Gil-Albert deja México por Argentina. Con lo cursis que
deben ser las gentes por allá. Yo me los figuro a todos como especies de
madamas ocampos, que hasta sus ocupaciones fisiológicas las hacen en francés.
Aunque debo excluir de esas sospechas a un admirador del género apasionado que
allí me ha salido: un joven poeta, hijo de padres ingleses, cuyas cartas, aun
desconfiando de los elogios que contienen, me ruborizan.” ¿Quién sería este no
nombrado admirador? No hay muchos candidatos; de hecho –pero naturalmente no
soy experto en la materia–, no he dado con ninguno cuyo padre y madre fueran ambos
ingleses. A Edgar Bayley (1919-1990), que podría encajar por edad, lo descarto,
pues no lo veo en la línea de Cernuda. Queda Juan Rodolfo Wilcock (1919-1978),
curioso homosexual del que no me consta transvestismo (aunque se ofrecía como
inventor de autores) pero sí translingüismo, pues pasó a escribir en italiano
en la etapa final de su vida, cuando vivía en Italia, amigo de Pier Paolo
Pasolini, en cuya película El evangelio
según san Mateo interpretó a Caifás. Supongo que en su carta a Concha de Albornoz Cernuda se refería a Victoria Ocampo, no a su hermana pequeña, pero el caso es
que además de relatos y poemas Wilcock compuso al alimón con Silvina Ocampo el
drama Los traidores.
Juan Rodolfo Wilcock
En
1939, Cernuda quería publicar ya Las
nubes, libro comenzado en Valencia y terminado en Glasgow. Inicialmente
parecía que lo iba a publicar en Londres Gili, el futuro editor de Ocnos, como el propio poeta anuncia en
algunas cartas. Pero fue en Buenos Aires donde en 1943 Rafael Alberti publicó
la primera edición exenta de Las nubes
(ya publicada en la segunda edición de La
realidad y el deseo que Bergamín dio en la mexicana Séneca). Fue en la colección
“La Rama de Oro” que dirigía el del Puerto de Santa María, sin que su autor lo
supiera. Naturalmente, y más dado su carácter muy celoso de lo suyo, al
enterarse Cernuda se mostró indignado, y Alberti quiso contentarlo enviándole
algún dinero, según contó este cuando se cumplían veinticinco años de la muerte
del primero. Hasta bien entrado 1945 Cernuda no llegó a ver un ejemplar de esta
edición de Las nubes, prestado por
Arturo Serrano Plaja, quien le envió el suyo propio desde París. A finales de
abril del año siguiente Cernuda escribe a Molinari, tras un silencio de meses, transmitiéndole
su deseo de que el editor de Las nubes
le envíe el número de ejemplares que le corresponda así como un cheque en pago
de los derechos de autor.
El 2 de febrero de 1945, Cernuda
escribió a Salvador Madariaga, de quien tan cerca se sintió en su exilio en
Gran Bretaña, para que este recomendase la publicación de Poesía y literatura a la Editorial Sudamericana de Buenos Aires,
donde el segundo había publicado ya su Guía
del lector del Quijote. Mas Cernuda rechazó el sí condicional del editor, Antoni
López Llausàs, por limitar este la extensión del hipotético volumen a las 200
páginas, de modo que el volumen solo vería la luz, bastante modificado y ampliado, en
Seix Barral (Barcelona, 1960) .
La
editorial Losada estuvo a punto de publicar Tres
narraciones (“El viento en la colina”, “El indolente” y “El sarao”), que finalmente
aparecieron en la también bonaerense Imán en 1948. Manuel Victorio Fernández
Valiela, botánico argentino tío del escritor asturiano Xuan Bello que fue compañero
de Cernuda en el Emmanuel College de Cambridge, había tenido en Buenos Aires el
original con el encargo de ver de gestionar su publicación. Un año antes, Losada
había editado tras no pocas vicisitudes el segundo de los poemarios cernudianos
del exilio, Como quien espera el alba,
que el sevillano había enviado en junio de 1944 a Octavio Paz, en México,
temeroso de que el libro pudiera perderse en medio de la turbamulta que
representaba la guerra mundial.
Como
se ve, Argentina fue el país donde se publicaron no solo las tres obras de
ficción de Cernuda sino, lo que es más importante, sus dos grandes poemarios
del exilio, los que en opinión de muchos constituyen la cumbre de su producción
lírica.



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