La esplendidez, la generosidad, son virtudes que siempre han
venido laureadas, y aureadas, con el brillo aristocrático del reconocimiento.
Pero sucede que cuando se ejercitan con dinero ajeno y las salvas de lo
longánimo se disparan con pólvora del rey la virtud se convierte en vicio y la
rumbosidad deviene dolo. Si, además, no se trata de dar sino de ser negligente
en el recibir, falto de diligencia en el cobro encomendado, aquel oro inicial se
convierte en roña y se esfuman los quilates de su munificencia.
A tenor de la indolencia que
muestra la Policía Local de Sevilla (es de suponer que siguiendo directrices
políticas) a la hora de sancionar a los malos conductores, que no son los poco
duchos sino los incívicos, se diría que las arcas públicas rebosan, y no precisamente
de telarañas. Pues resulta que teniendo en cuenta la cantidad de listos y
pícaros con que convivimos, a poco que se hicieran valer las normas de tráfico nuestra
ciudad nadaría en la abundancia. Y si no lo hiciera, mejor: eso significaría
que vuelven a respetarse las ordenanzas, por más que a veces se puedan cuestionar.
Sin ir más lejos, en el centro
histórico hay calles peatonales así señalizadas, con discos de prohibido el paso
o directamente veto al circular, que se han convertido en aparcamientos sobre
vías que no distinguen entre calzada y acera porque sencillamente no deben
pasar los vehículos. Por si fuera poco, y aplicando lo de matar al mensajero, muchos
coches, casi, y furgonetas sin el casi, tapan las señales verticales de
prohibido estacionar. Eso en las pocas que quedan, claro, porque aquí se derriban
señales por aquellos que desean infringirlas, cuando no directamente se las
llevan otros para venderlas en chatarrerías.
Ahora que se viene el otoño no
estaría mal ver cómo este posa en los parabrisas una melancólica epidemia de
hojas de calco verdes, tamaño cuartilla, con multas que confirmen, como la
climatología y el tiempo, que este no transcurre en balde y que ya ha pasado el
momento de la tolerancia. Además, aunque nuestros billetes hace tiempo que han
dejado los tonos de la clorofila, esos boletines de denuncia podrían
convertirse en verdaderos brotes verdes (¡aunque sean de dólar!) para la sufrida
economía del consistorio.
Lo agradecerían, todos a una, los usuarios de servicios municipales y
los que se tienen que valer en silla de ruedas, los vecinos que ven invadidas
sus calles y, por qué no, los buenos conductores, que merecen vías bien
mantenidas, ellas sí abiertas al tráfico.
(El Mundo, edición de Sevilla, 4-10-13)
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