Debatíamos hace poco en el taller de poesía sobre el endecasílabo
agudo. Dejando al margen que la poesía se sirve de la versificación y que no
puede agotarse en ella, que la primera comienza donde la segunda acaba o, por decirlo de otro
modo, utiliza su trampolín pero va más alto y se zambulle más hondo, podríamos
analizar la presencia del por algunos denostado endecasílabo “defectuoso” en
nuestra lírica.
Boscán fue relativamente pródigo en su uso, como también
Juan Hurtado de Mendoza. Garcilaso, sin embargo, lo empleó ocasionalmente al
principio de su obra, y luego le dio de lado. Para Fernando de Herrera, “los
versos troncados, o mancos, que llama el toscano, y nosotros agudos, no se
deben usar en soneto ni en canción.” Y lo cierto es que ni él ni fray Luis de
León ni san Juan de la Cruz ni muchos otros lo emplearán.
Tomás Navarro Tomás escribe que tras la época renacentista el endecasílabo agudo u oxítono fue empleado por Góngora y Quevedo en
composiciones satíricas, y que Calderón “le hizo servir a veces para reforzar
una afirmación categórica.” Y añade que más aceptado fue, por el contrario, el
esdrújulo, lo que se compadece con el buen número de voces esdrújulas del
toscano, que devendría en la lengua italiana.
Pero porque en absoluto falta en ella, no hace falta
rastrear el endecasílabo agudo en la poesía más reciente, que, aunque en
general sigue la prosodia ya asentada, no siempre se somete al corsé normativo.
Lo que es beneficioso, claro, pues el ritmo no puede fiarlo todo a una elegancia
monótona, como de adormidera. Y aprovechando lo bueno del pasado, válido hoy en
su mayor parte, la poesía no puede quedar anclada, requiere incluso de pequeñas
imperfecciones, de impurezas, como lleva años demostrando la mejor poesía
escrita en Hispanoamérica.
Ante la abundancia presente, vayamos más atrás. Los
endecasílabos agudos son abundantísimos, por ejemplo, en el padre de la poesía
moderna en español: Bécquer. ¡Cuántos ejemplos hay de ellos en las Rimas! Escoger algunos será tarea fatua,
porque no bien abra su ejemplar el lector los hallará. También los usó
Zorrilla.
Acercándonos en el tiempo, en “Responso a Verlaine”, Rubén
Darío deja un buen número de eneasílabos agudos (¡catorce!). ¿Por qué eneasílabos
sí, para los que rige la regla de que la última sílaba aguda computa una más, y
no los endecasílabos, sus hermanos mayores?
diste tu acento encantador;
Y lo mismo sucede en “Canción de otoño en primavera” (con la
diferencia de que aquí son treinta y dos los eneasílabos agudos). Ahora, que si
se quieren endecasílabos, también los tiene, como:
Y fueron castos por dolor y fe,
Villaespesa les dedica los versos pares de su “Huerto
cerrado”:
de siemprevivas y rosas de luz
Unamuno (y todos los ejemplos que siguen de unos y de otros se ofrecen aquí como botón de muestra):
De la esperanza en Cristo salvador!
Juan Ramón Jiménez, otro al que no se puede llamar botarate:
¡Aquella rosa que pasó la mar
Pedro Salinas:
y es que también me quiere con su voz;
Jorge Guillén los empleó podríamos decir que casi con
profusión. Arcadio Pardo, autor del artículo “El caso del artículo agudo”
publicado en la revista Rythmica, halló 579. Uno de ellos es:
Mi sangre como un río que es un don
Rafael Alberti:
el barandal del arpa, desde el pie
Vicente Aleixandre:
bravía lucha del mar con la sed
Gerardo Diego:
Un soñador jugaba al sí y al no
Federico García Lorca:
con un violento escalofrío azul.
Luis Cernuda:
Y sin embargo vine como luz.
Juan Gil-Albert, uno de los poetas españoles del siglo XX
que más endecasílabos ha escrito, y que no se puede decir que fuera una nulidad
en ello:
¿Qué harán con vuestro resplandor feroz
Luis Rosales:
Y ve brillar las olas con la sal
Octavio Paz, otro al que no puede calificarse de indocumentado,
escribe algunos como los siguientes:
Subes desde lo más hondo de mí,
desde el centro innombrable de mi ser,
(que son dos versos seguidos que para más inri figuran en
una composición titulada “La poesía”)
En fin, que no hay que recurrir a los poetas de hoy, en los
que también abundan los ejemplos. Rimados, en tiradas de endecasílabos blancos,
en las silvas de varia lección, los endecasílabos agudos tienen sus sitio. La diferencia entre
versificación y poesía hará, en cada caso, que ellos, y no solo ellos sino los
textos a los que pertenecen (hilos en su tejido), posean la condición de
poesía, que no es la obediencia ciega a modelos antiguos.
Preguntábamos sobre esto al hispanista Gabriele Morelli, y
este respondió lo que ya sabíamos: que en italiano apenas existen palabras agudas (hay
bastantes más en español). De esa dependencia del modelo italiano del Siglo de
Oro queda esa superstición de que no puede haber endecasílabos agudos en
nuestra literatura. Todo parte de un equívoco del Renacimiento, de una
prescripción que hace ya mucho que ha prescrito. Francisco Rico se ocupó de
ella en “El destierro del verso agudo”, un artículo incluido en un volumen de
homenaje a José Manuel Blecua. Allí escribe lo siguiente, que es de aplicación
también hoy día: “Los imitadores siempre han tendido a exagerar las pautas
–reales o supuestas- de los modelos; siempre ha sido temible el celo de los
conversos. Al afianzarse en España los modelos italianos, el campo quedaba
abonada para que brotaran puristas e intransigentes; asimilada la aportación de
los petrarquistas tempranos, no podían faltar los sabidillos dispuestos a
superarla con más papismo que el Papa.”
Sin duda, la inmensa mayoría de los endecasílabos escritos
en nuestra lengua serán llanos (estrictamente de once sílabas), pero también
puede haber, y hasta es necesario que haya, otros esdrújulos y agudos (atenidos
a las reglas pertinentes de conteo), pues es lo natural. Desde Juan de Valdés
sabemos lo mala que es la afectación. Y en Cernuda tenemos la defensa, aprendida
en otros, de que va más lejos quien escribe como se habla que quien escribe como
se escribe. El empleo de un endecasílabo exclusivamente llano puede tener un
componente que serena, por la repetición rítmica, monótona; pero a la larga
produce atonía, tensión baja, sueño. Sin favorecerlo salvo para causar un especial
efecto, un poeta contemporáneo debe usar el agudo sin melindres o desdén, que
el desafecto pasado no es defecto.



Comentarios
Una vez, a modo de "oleaje", me asaltaron los versos que copio abajo, creo que curiosos (perdón por la autocita, pero puede que vengan a cuento sobre el tema que abordas y, en concreto, para plantear hasta qué punto, a través de una mezcla bien acordada de acento en los finales del verso, es posible dar voz propia, sin más prosopopeyas que las necesarias, a algunos fenómenos naturales).
En decasílabos de once sílabas
y hasta de nueve -raro compás-,
viene su ritmo el mar ensayando,
besa la playa y luego se va.
Un saludo muy cordial (y ya casi navideño).