De Bajo otra luz, un cuaderno que la vio, la luz, en 1989 pero con originales de tres o cuatro años antes, es este poema. No lo había traído aquí. Lo dejo como gastador (quinta acepción del DRAE) de un desfile de otros que irán compareciendo espigados de entre mis libros publicados:
DÍPTICO DE JUNIO
I
Recuerdo
el sol inmenso en la azotea,
en
un vibrante brillo por tu pelo,
en
el morado encendido que, abajo,
en
la tapia entonaban, todas luz,
las
hermosas pequeñas buganvillas.
Tú
me hablabas con voz de mediodía;
con
ritmo perezoso que se para
a
coger una flor entre dos voces;
con
lenta ensoñación que se apodera
de
todas las palabras y las hace
ser
agua que resbala de una fuente,
música
que a la sed da nueva vida,
ansia
de amor, deseo de apagarse,
de
morir por nacer en otros brazos.
Y
un calor te ascendía por el oro
de
tu cuello fino, trémulo tallo
que
arriba me ofrecía a libaciones
los
labios destellando, vegetales.
Aún
recién abiertos, sorprendidos,
ante
esa luz más vívida en el beso:
la
roja oscuridad a que los ojos
cerrados
no pudieron sustraerse.
II
Es
de noche, otra vez en la azotea;
una
noche del más joven verano,
una
noche callada que discurre
como
un puente muy lento sobre el agua
de
dos días que, uniéndose en las sombras,
copulan
y hacen tiempo hasta la muerte.
Tan
sólo se ve en el cielo una estrella
(las
otras las mató tanta ciudad),
pero
una sola estrella no es bastante,
no
es nunca suficiente a la metáfora
(cuando
menos dos harían las veces
de
tus ojos en símil literario).
Pero
es así mejor, ojos desnudos,
ojos
que enfrente, más puros que el cielo,
son
sólo comparables a sí mismos.
Dos
ojos de mujer que sólo eclipsa
—aún
más bello que la noche— el beso.
Comentarios