Torre de Santa Maria do Cebreiro,
En el número 108 de la revista Clarín aparece una crónica mía de un reciente recorrido del Camino de Santiago. Naturalmente, hay allí mucho Cunqueiro. Y alguna pizca artúrica, como esta:
Por la mañana siguiente, a temprana hora, otra vez estábamos
en el recio comedor, pero ahora ante un cesto de manzanas copiosas y más gruesas
que las que nos habían acompañado silvestres en las márgenes del camino, que
seguro que procedían del Avalón céltico, esa isla de pomas adonde se retiran
los héroes como a un ultramundo. Lord Alfred Tennyson recogió la leyenda en uno
de sus poemas artúricos, que traduje desde aquel grueso volumen con su obra
completa en verso que extraje, como la espada Excalibur de su roca, de una
librería de lance de Edimburgo cuando era mozo. Es el propio Arturo quien habla:
Mas ahora, adiós, me voy en largo viaje
con estas que ves –si es que en verdad voy–
(pues una duda nubla mi juicio)
a la ínsula que es valle de Avalón;
en la que no hay granizo, lluvia o nieve
ni nunca arrecie el viento, mas posee
verdes prados felices, con frutales,
y bajo el mar de estío hondos boscajes,
donde habrá de sanar mi grave herida.
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