Como un relato apócrifo de los que a él le cautivaban, aseguran las enciclopedias y las hemerotacas como la de El Faro de Vigo que dirigiera él mismo, que tal día como hoy, de 1981, moría Álvaro Cunqueiro. Qué humorada, para un inmortal. Recuerdan la efeméride amigos y admiradores suyos como Elías Moro y Pablo Antón Marín Estrada. Y a Ángeles Prieto Barba le acabo de leer un comentario en que asevera que es el narrador español del siglo XX que más colegas andaluces del XXI mencionan como influencia en sus propias obras.
A Cunqueiro le debo tanto, no solo como lección literaria sino de vida, que necesitaría muchas gigas -una por cada línea suya- para contarlo.
En un número reciente de Clarín contaba yo un viaje a Galicia, presidido por la devoción cunqueiriana. Hoy, en homenaje a don Álvaro, lo traigo aquí completo con toda su desmañada prosa y nunca desmayada admiración:
BUEN
CAMINO
On the road
El tren de alta velocidad, el verdadero y no ese sucedáneo
que unos días atrás ha dejado ochenta muertos casi a las puertas de Santiago,
nos lleva a Madrid, donde una vez en Atocha partimos en coche hasta Sarria.
Allí comenzará la primera de nuestras etapas del Camino. En toda nuestra
trayectoria vamos dejando a bastantes kilómetros al oeste la Vía de la Plata,
el camino que desde Sevilla y por las dehesas extremeñas, Salamanca y León
conduce también hasta la ciudad del apóstol. Por la provincia leonesa avanzamos
ya en el tramo final antes de entrarnos en ese como condado de Treviño gallego
en Castilla la Vieja que es el Bierzo. La autovía deja a la derecha Astorga,
con su recuerdo de los Panero y, luego, tras Villafranca, nos desviamos a los
Ancares para visitar el Cebreiro, su portentosa cumbre.
Antes
de llegar, el paisaje se abre en un mirador que es repecho, y allá están,
verdes que tapan a otros verdes, los campos y montes leoneses, y los riojanos
allende, con los navarros, todos ellos ensartados, como un rosario de
esmeraldas, por el Camino francés, que nace en el mismo Roncesvalles donde finó
Roldán. Peregrinos identes, marca un
mojón a la entrada de la aldea. A su inicio la iglesia de Santa María, donde se
conserva la carne y la sangre del milagro eucarístico que ha ido a renovarse,
en tela multiplicada, en las banderas de Galicia, con la copa y la hostia.
Piedra tosca en un puñado de casas y pallozas, algunos bares, ciertos
hospedajes. Todo en una sola calle. Nos entramos en uno de los comedores y
damos cuenta de la primera empanada (esta es dura en sus bordes, recia muralla
como la de Lugo o como el granito de las construcciones del lugar) y, curiosos
por cómo sea la variedad, pedimos también queso del Cebreiro, que resulta ser
antípoda de la empanada: muy blando, casi como requesón echado a pegotones en
el plato.
Por
la vereda ascienden peregrinos que vienen echando el bofe. Nosotros reanudamos
la conducción y la carretera comarcal –ya se ven hortensias, y las vacas rubias
gallegas– nos deja en Sarria, que parece niña que ha pegado el estirón, aunque
feúcha, con esos edificios de pisos que no imaginara uno en el agro. Llena de
contrastes, es una localidad que muchos peregrinos escogen como principio del Camino,
pues partir de ella hacia Santiago permite recoger al final la Compostela, esa
acreditación que solo se concede a quien haya recorrido al menos cien
kilómetros a pie (desde aquí serán ciento quince). Unos escalones llevan a la calle
que toma el peregrinaje, la rúa Maior, y se prosigue pasando por las iglesias
de Santa Mariña y la del Salvador (en una de cuyas puertas, precisamente la que
da al Camino, está representado Cristo, que bendice y cura con sus manos). La
ruta jacobea, junto a la fortaleza y a unos pasos del crucero en un balcón
sobre la villa, desemboca en el convento de la Magdalena, con el tímpano en que
aparece la santa. Junto al cementerio, y por una cuesta abajo pronunciada en la
que ya hay que ir haciendo zigzag, vadeando una y otra vez la pendiente, al
poco se interna uno en el bosque, y ahora asciende entre robles, carballos.
La
Ponte Aspera (en gallego, puente es femenino, y viendo los del país, tan
gráciles, se comprende) salva el río Celeiro. Aunque he estado practicando el ejercicio
andariego en las últimas semanas, el entrenamiento ha sido en llano, y tardo en
habituarme a caminar con estas subidas y bajadas. El bordón ayuda a mejor
afirmarse en el terreno, pero la carga de la mochila resulta ser más incómoda
de lo que había previsto, menos mal que la sed va aligerando la provisión de
agua. Recobro el resuello en algunas paradas fugaces, asombrado del incesante
río de gente que hace el Camino este verano que ni siquiera lo es de Año Santo.
A principios de los sesenta del pasado siglo, el Camino había quedado poco
menos que en el olvido, era un recuerdo apenas. En 1962 Álvaro Cunqueiro hizo
en un Seat seiscientos el Camino en compañía de José María Castroviejo y de Magar,
el fotógrafo del Faro de Vigo, y en
el Cebreiro una anciana le dijo con un dejo de nostalgia que hacía dos años ya
que por allí no pasaba un peregrino. El bosque, las huertas, los pastizales,
habían cubierto la antigua senda a trechos hecha carretera, como el pelaje el
vientre de mi gata, que, cuando siendo ella joven y tras habernos adoptado
colándose entre el seto de cipreses del jardín la llevamos a esterilizar por
sugerencia del veterinario, este la abrió y halló que no tenía órgano
reproductor. Si le hubiéramos visto la cicatriz que tapaban los colores blanco
y canela. Pienso que si al cabo del tiempo la pobre se nos hubiera escapado e
ido a parar a nuevos amos, aún estos podrían haber vuelto a caer en lo mismo,
sin reparar en el costurón resultante de la segunda fallida operación.
Posteriormente,
el Camino fue recuperado, se invirtió dinero en el desbroce y adecentamiento de
su discurrir y, poco a poco, con el bombeo nutrido de los Xacobeos, ha ido
ganando peregrinos que de tantas partes del mundo acuden, por ese vagar ahora
expedito de la anciana calzada, a donde está el apóstol.
Es
pasado el mediodía cuando avistamos Portomarín, pero aún tardaremos en llegar,
porque desde el otero en que por primera vez se ve la localidad hasta esta hay
aún una legua de distancia. Han dado las tres cuando hemos descendido, con gran
sacrificio de los dedos de los pies, hasta el discurrir del Miño, que pasa al
pie del pueblo y lo lava. No se crea, también la villa ha caminado lo suyo, y
le vendrá bien el alivio del agua fresca. Las casas y la iglesia de San Juan se
elevan sobre una colina. A la izquierda del puente (o la puente, digámoslo como
los del lugar), estaba el antiguo Portomarín, hoy cubierto por un embalse que a
principio de los años sesenta inundó la población, anegándola en un bautismo
que en realidad fue extremaunción. Lo cuenta el autor de Merlín y familia, que como dije estuvo por aquí hace ahora medio
siglo. Por lo que a mí respecta, agotada ya el agua de la cantimplora, me
contorsiono, todo colorado, sudoroso, para abrevar en una fuente que hay en el
extrarradio.
Cumplida
la tarea de los pies, que tan abnegadamente han servido en la etapa, toca
retirarse a la Casa Roan, a la que se llega por carreteras laberínticas.
Tenemos tiempo de echarnos una siesta (parece fábula que hayamos dejado atrás
veintitantos kilómetros), pero hay que hacerlo casi con manta en los albores de
agosto, pues la piedra con la que está construida la antigua casa de labranza,
cuyos muros se acercan al metro de espesor, mantiene a esta a una temperatura
tan baja que resulta increíble que no venga un ministro de Medio Ambiente y, ordenancismo
por delante, mande bajar las frigorías con uno de esos incordios, los edictos entrometidos
de los mandamases del ramo.
Hemos
quedado con el resto de peregrinos para tomar un aperitivo antes de la cena, y
lo hacemos bajo una luz espléndida del otoño del día, pero con un fresco
notable que enseguida hace juego con el del dorado albariño en las copas. El
posadero, que debe ser un diablo, nos tienta con unos chorizos asados que no
huelen a infierno sino a cielo. Y caemos en la tentación, quién no lo haría,
dejando en el plato la guita que unía la sarta de delicias que ahora enjoya los
paladares.
Transcurren
los minutos entre chanzas y sin que nos demos cuenta ya no queda más sol que el
claro astro que habita como un duende rubio en las copas, un sol que ha
amanecido dos o tres veces ya, amoldando la redondez suya a la del cristal.
Avisados primero por el olorcillo que viene de la cocina, y luego por la voz de
Xosé, el hostelero, pasamos al comedor. Todo prácticamente lo que se yanta en
este sitio procede de la huerta propia o de las explotaciones agropecuarias de
los alrededores. Así, la extraordinaria ensalada (la cebolla da en verdad ganas
de llorar, pero de gozo) o los chorizos redivivos y multiplicados, ahora sin
cortar, a lo grande. Hubo algo más, sin duda suculento, antes de las filloas,
pero la verdad es que la queimada, que había hervido hasta alcanzar el punto
justo, me hizo olvidar casi todo lo manducado aquella noche. (Al repasar estas
líneas caigo en que era un corderillo, que aún balaba en el plato).
Por
la mañana siguiente, a temprana hora, otra vez estábamos en el recio comedor,
pero ahora ante un cesto de manzanas copiosas y más gruesas que las que nos
habían acompañado silvestres en las márgenes del camino, que seguro que
procedían del Avalón céltico, esa isla de pomas adonde se retiran los héroes
como a un ultramundo. Lord Alfred Tennyson recogió la leyenda en uno de sus
poemas artúricos, que traduje desde aquel grueso volumen con su obra completa
en verso que extraje, como la espada Excalibur de su roca, de una librería de
lance de Edimburgo cuando era mozo. Es el propio Arturo quien habla:
Mas ahora, adiós, me voy en largo viaje
con estas que ves –si es que en verdad voy–
(pues una duda nubla mi juicio)
a la ínsula que es valle de Avalón;
en la que no hay granizo, lluvia o nieve
ni nunca arrecie el viento, mas posee
verdes prados felices, con frutales,
y bajo el mar de estío hondos boscajes,
donde habrá de sanar mi grave herida.
Como un eco del mito del eterno
retorno, y siguiendo la tónica general del Camino, regresamos al mismo punto
donde dejamos de andar la víspera. Nos congregamos ante la consabida fachada de
San Juan, en Portomarín, y vamos bajando por su calle principal, entre casas
parejas y sosas, más de barriada uniforme de las afueras de una ciudad que de genuino
pueblo. Luego tocar subir por la sierra de Ligonde, diciendo adiós al Miño, que
el muy fresco dice que está cansado y que no asciende.
Monte
San Antonio arriba, subimos y subimos, rodeados de pinos, y más tarde pasamos
junto al crucero de Lameiros. No sé si habrá, aunque imagino que sí, alguna
obra impresa que trate y catalogue los cruceros de Galicia, como hizo con los
de Bretaña Castelao. Este es del siglo XVII, muy hermoso y abracadabrante con
su representación de la Virgen dando a luz a Jesús al tiempo que, con singular
sincronía de la que sabía el Eliot de los Cuatro
cuartetos, lo sostiene ya crucificado. Recuerdos los versos:
El tiempo presente y el pasado
tal vez sean presente ambos en el futuro,
y que el futuro lo contenga el pasado.
Si todo tiempo es eternamente presente
todo tiempo es irredimible.
Pero quien labró la piedra de
esta cruz sí creía en la Redención. “En mi fin está mi principio”, escribió
también el autor de La tierra baldía.
El Camino es bueno para perderse, ya que no de la senda, en disquisiciones
metafísicas. George Santayana, que fue profesor suyo, dejó escrito que “El
pensamiento de Eliot es subterráneo sin ser profundo”, una maldad que creo que
habría gustado a Pound.
Tras alguna que otra parada
terminamos la etapa en Palas de Rei, de donde era la niña rubia con la que
Cunqueiro conoció el amor por primera vez, según cuenta en uno de los
deliciosos artículos que publicara en su periódico vigués en la serie “El
viajero en Galicia”, recogidos por César Antonio Molina en volumen con idéntico
título.
Cumplido
el caminar de la jornada, regresamos en automóvil al alojamiento de la noche
anterior: la Casa Roan de Monterroso. En esta ocasión disponemos de menos
tiempo para reposar, y al cabo de un rato estamos otra vez en el patio de la
casa rural prestos a cumplimentar al albariño, al que en esta ocasión escolta
un destacamento de pimientos de Padrón, todos muy gallardos aunque bajitos con
sus casacas verdes, y una tortilla en las que los huevos de las gallinas
cercanas han hecho buenas migas con unas patatas también del terreno. Pero lo
que nos espera dentro es sencillamente un festín inigualable: como para
alimentar mi irrefrenable concatenación de experiencias artúricas, y en recuerdo del Rico Rey Pescador
del Cuento del Grial –bienvenido a
este viaje, Chrétien de Troyes, viejo amigo–,
fuentes y más fuentes con unas truchas pequeñas y fritas con unto, sabrosísimas
y evangélicas (la multiplicación de los panes y los peces en el lago Tiberiades);
y tras ellas, unas carrilleras tan tiernas como contundentes, rollizas como
cochinillos, con una salsa envinada que enjuga más y más patatas fritas. Servido
en jarra, el vino es un Ribeiro tinto, frío de la bodega que se adivina gélida,
y aunque esta noche no se realiza la liturgia de la queimada con su conjuro, el
orujo, casi con las mismas letras y otro orden (sin duda trastocado por el
alcohol), sobre lo ya conseguido por el buen caldo va desatando las lenguas.
Esta noche, sin embargo, nos retiramos antes, que al día siguiente nos aguarda
la etapa anunciada como más dura, en la que superaremos, ay mis pies, los
treinta kilómetros de recorrido.
Via dolorosa
Ha amanecido lloviznando, con una niebla galaica que
envuelve como un guante de su talla, el que mejor le sienta, estos lugares atlánticos.
De nuevo hacemos un tramo en coche hasta donde debemos comenzar la etapa, esta
vez en Palas de Rei. Los peregrinos pueden ensimismarse, si lo desean, pero
también es posible la plática. Por el camino, y haciéndolo más ameno, tengo la
oportunidad de hablar con una mujer irlandesa que acompaña a un amigo suyo norteamericano,
de Cleveland. Ella es de Dublín, y cuando al rebasarlos les lanzo un Hi! en vez del consabido “¡Buen Camino!”
con el que los peregrinos se saludan al tiempo que se dan ánimo, él me pregunta
si hablo inglés. Se lo confirmo y al poco le muestro a ella, como un
exhibicionista que se saca el pajarito de entre la gabardina, bajo el forro
polar la parte de mi camiseta en que está estampado el escudo de Guinness, la
cerveza que tiene su fábrica en la St James’s Gate dublinesa, es decir la
Puerta de Santiago, de donde se dice que partían los peregrinos hibérnicos a
Compostela. Luego vamos hablando de literatura, del gaélico –se sorprende de que
pueda traducir de ese idioma–, de que
ella y su marido tienen una casa en San Pedro de Alcántara y de que sus hijos
han estudiado en un colegio teresiano, bilingüe español e inglés, de Dublín.
Nos despedimos al cabo de un rato, casi seguros de que nos volveremos a
encontrar, como efectivamente sucede un par de kilómetros más adelante cuando,
ya reunida con su esposo, ambos asisten a un niño que se ha hecho daño en un
dedo, al tropezarse.
Pasamos
por el puente medieval de Leboreiro, y más tarde paramos para comer en Melide.
La pulpería Ezequiel es un establecimiento sin pretensiones, amplio, amplísimo.
La especialidad, como su nombre
indica, es el pulpo á feira,
que acompañamos de cachelos. Hay decenas de bancos de madera en los que los
comensales se aprietan a dar cuenta del cefalópodo en largas mesas compartidas.
Hemos llegado temprano y aún queda bastante espacio en la parte del fondo de la
gran sala, donde en su pared final los ciclistas van dejando apoyados sus
vehículos sin temor a que les sean arrebatados. En su idioma de caucho y
metálico, las ruedas comparten también anécdotas de la etapa.
Las
ampollas que comenzaron a formarse ya el primer día de viaje ahora se han
convertido en una tortura. Por solidaridad con el pie izquierdo, precursor, el
derecho también posó una en su planta, de resultas de lo cual al cabo de un
rato tenía bien cargados los gemelos. Cada vez que me detengo me resulta épico
retomar el paso, y los primeros centenares de metros son un suplicio, una
ordalía. Dicen que caminar ayuda a perder peso, pero mi pierna izquierda, que
mejor sería llamar siniestra por la crueldad con que me trata, pesa ahora una
tonelada que apenas el resto de mi cuerpo, vuelto grúa, consigue levantar.
Ignoro
cómo marcha la temporada de incendios forestales este año en Galicia, pero
desde luego hay dos fuegos declarados en mis pies. Al llegar a Ribadiso, aunque
he de realizar un gran esfuerzo para desprenderme de botas y calcetines, los
apago un rato, los fuegos, sumergiéndolos en las aguas heladas junto a la
puente y al pie de uno de los albergues de la Xunta de Galicia. Tengo la
fortuna de que uno de los guijarros del río me hace reventar la ampolla del pie
derecho, y expulsado el líquido la cosa tiene visos de mejorar. Parece que el
izquierdo, sin embargo, tendrá que ser punzado con una aguja para extraerle el
contenido. Tan amigo de las agujas como soy, es decir, pese a mi nula vocación
de faquir, me resigno a que me agujereen a la mañana siguiente. Pero esta noche
dormiremos en la Casa das Corredoiras. Aunque aún hay que llegar a Arzúa, ya
sueño, despierto, con la cama.
Un
pollo del corral nos da las buenas noches, pero antes de irnos a dormir (cada
escalón hasta la primera planta, donde está el cuarto, me parecerá el ascenso a
todo un rascacielos), la nota dulce tras tantas penalidades la pone una ración
de queso de Arzúa, blando y pálido, acompañado de membrillo. Confío en que las
vigas de la casa aguanten las toneladas que ya pesa mi pierna.
Amanezco
ya sin líquido en la otra ampolla, que también se ha reventado. Lo que sí me
queda es la secuela, junto con el gemelo cargado, rollizo como una de las
carrilleras que comimos en Casa Roan, una inflamación en el tobillo. Todo esto
lo ha producido el caminar mal como consecuencia de las ampollas. Últimamente
prescindo del bordón y camino rítmicamente moviendo los brazos como en una
parada militar (que en el fondo más se asemeja a la retirada de un ejército
renqueante).
Quedan
ya solo dos etapas hasta alcanzar Compostela. En esta singladura de secano nos
vamos adentrando por la provincia de la Coruña. El paisaje es ahora algo menos
frondoso, y cuando no hay pastos o maizales avanzamos entre demasiados
eucaliptos, que preferiría robles o sauces. Rematamos la etapa en O Pedrouzo.
Para entonces, los males se han extendido a las ingles, donde sendas rozaduras
que propicia el sudor, van pintando de escarlata la piel. Nos alojaremos esta
noche en un pazo ya cercano a Santiago y, más aún, a su aeropuerto de
Lavacolla. Chispea sin ganas cuando llegamos, con un agua insípida como el vino
de Mencía que nos sirven en la cena.
A
lo largo del viaje hemos ido sellando en iglesias, albergues, restaurantes, una
especie de pasaporte que demuestra que hemos ido haciendo el Camino, se supone
que a pie (luego habrá que aseverarlo), hasta llegar a la ciudad donde reposan
los restos del apóstol. En este tramo final me hace falta desde luego su
socorro para culminar el periplo. No sé muy bien cómo, la piltrafa que soy va
dejando atrás hórreos y caballos, cruceros, establos, aperos de labranza y
flores de las cunetas. Tras mucho mortificar los pies, y ellos en venganza a mí
todo, ahí está el Monte del Gozo, desde el que ya se contempla Compostela. Un
grupo de muchachos de Tarragona alcanza el paroxismo y hacen un castellet. Han plantado su bandera
separatista, con la tarraconense y un gallardete de su colla, en la falda de la loma, junto a ellos. Parlotean en catalán
nervioso, que se acerca mucho al castellano nervioso porque todo son gritos
atropellados, exclamaciones. Les faltan brazos para la piña, y dos hermanos de
Barcelona que vienen con nosotros los apoyan. Luego resulta que el que va de enxaneta es un cagón que tiene vértigo y
el grupo cae más o menos ordenadamente sobre el césped del monte.
Campo de estrellas
Hay un gran flujo de peregrinos en este tramo final que se
acerca a la ciudad, la Compostela cuyo nombre proviene, se dice, de campus stellae. En la señal de tráfico
que ya indica que hemos llegado, ese rectángulo blanco con borde rojo que
señala un núcleo urbano, la gente tira los bastones y los morrales y se funde en
un abrazo con los suyos para retratarse ante esa prueba de que sí, por fin han
terminado el viaje. También lo hacemos nosotros, y a diferencia de otras fotografías
en las que hay que forzar la sonrisa, esta es ahora franca, abierta, de ley. No
llegaremos a tiempo para asistir a la salida de la misa de peregrinos, pero no
importa. Ya iremos mañana. Ahora, por primera vez en una ciudad desde hace
días, extrañamos a esas gentes con las que nos cruzamos y que van con ropas
comunes y no de excursionista a sus quehaceres, y a los ociosos sentados en las
terrazas de los bares sin los aditamentos del senderista a sus pies. En un bar
en el que nos detenemos antes de enfilar ya el casco histórico, un grupo de
magrebíes está sentado, bajo una sombrilla, ante tazas de café o infusiones y
botellas de agua. También se los ve con extrañeza: no nos hemos topado estos
días con ni un solo musulmán.
En
olvidanza de los males e incomodidades con los que cargamos, nos vamos
dirigiendo, joviales, hacia la catedral. Inevitablemente hay tiendas de
recuerdos, pero que eluden, y se agradece, lo cañí. Algún escaparate exhibe
grabaciones de música gallega. Varios otros, ultramarinos de manufacturas
añejas y especialidades regionales.
Ya
está ahí, a nuestra izquierda, la puerta de Azabacherías, por donde negros de
pecados entraban los peregrinos antes de salir, una vez ceñido el apóstol, por
la de Platerías, ya limpios, esplendentes. Bajamos por la rampa y al final del
breve túnel ya estamos en la plaza del Obradoiro. Los que han venido juntos se
abrazan, se besan. Pero cuando terminan las manos no están ociosas, corren a
fotografiar los rostros de los compañeros ante la fachada catedralicia. Después
toca obtener la Compostela. Como luego diré, la mía ansiada es otra, pero
también acudo, cómo no, a que me expidan el certificado en latín que asegura
que he hecho el Camino. Como ya casi nadie tiene nociones de la lengua de
Virgilio, a los que van saliendo con su cartulina les parece que su nombre es
aún más exótico de lo que es, pues lo toman en el acusativo en que aparece
inserto en la redacción del impreso, no en el nominativo que les corresponde en
justa equivalencia.
La
tarde es de paseos por las calles, de echar un vistazo a la antigua universidad
de Fonseca, de colarse en el Hostal de los Reyes Católicos, hoy parador de
turismo. Pero antes pasamos por la librería Follas Novas, que era también la
meta de mi viaje. Cuando meses antes decidimos venir a Santiago me propuse
regalarme aquí un libro del que había tenido noticia, adobada con las mejores
referencias. Los días de “La noche”,
y editado por la propia Follas Novas, recoge las colaboraciones de Cunqueiro,
mi señor Cunqueiro, en el desaparecido diario vespertino compostelano. Pero
como un trébol verde y trifoliado (irlandés), no me lo llevé solo: también
editado por la librería y con la cubierta igualmente verde compré otro que
desconocía y que reúne sus prólogos y epílogos, y para que el festín fuera
completo un tercer ejemplar, este de un título que acaba de salir de imprenta
y, el más grueso de todos, incorpora los artículos que el mindoniense publicara
en la revista Sábado Gráfico. Mucho
peso para el equipaje de vuelta, pero qué importaba. Lo haríamos en avión, y
pese a la cicatería proverbial de la compañía de bandera irlandesa, que tiene
en su logotipo el arpa, me dije que ya proveería, si no el mismo Dios, o
Jacobo, San Patricio.
En
Santiago, lo andarín, y la curiosidad, y el hambre, con la sed, nos hará
recorrer las rúas, la de O Franco y la paralela de A Raíña. También una y otra
vez (en un extremo de ella, el museo del en tiempos poumista Eugenio Granell, y
en el otro la fundación del exfalangista Gonzalo Torrente Ballester), la Rúa do
Vilar, con su viejo casino, en los brazos de cuyos sillones apoyó a medias los
suyos el manco Valle-Inclán. Vamos también en varias ocasiones a la farmacia, a
surtirnos de bálsamos, tobilleras y otros remedios, como tantos peregrinos que,
semimarqueses de Bradomín de las extremidades inferiores, se ve cojear por las
calles atestadas. Recuerdo la farmacia de la familia de Cunqueiro en Mondoñedo,
donde se afiló su amor a las historias contadas, las narraciones orales, por
las que oyó narrar en la botica y en la rebotica, y de donde salió ese libro
suyo, Escuela de curanderos (o menciñeiros, pues se publicó
originalmente en lengua gallega).
Luego alargaremos, ya en autocar,
el viaje hacia Finisterre y la Costa da Morte: pararemos en una aldea preciosa,
Ponte Maceira, a orillas del Tambre, y luego pisaremos Muros y las faldas del
monte Pindo, bordeando el Atlántico, y las rías, hasta Muxía y su iglesia de Santa
María de la Barca. Pero en puridad el Camino ha terminado. No sé si uno ha
cambiado, como es preceptivo que el viaje obre una metamorfosis en quien lo
hace. Físicamente, aún tengo los pies destrozados, e hinchado el tobillo, y los
músculos tensos. Pero más adentro debe también de haberse transformado algo. Lo
medito ya en casa, hojeando los libros que me he traído desde aquel norte, y
aunque poseído por la morriña de haber hecho un segmento del Camino, recuerdo
el verso de Joachim du Bellay que tanto gustaba de citar este escritor sabio
que escribió, artículo a artículo, los tres volúmenes que ahora tornan prado la
mesa: Hereux qui, come Ulysse, a fait un
beau voyage.

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