Fernando Ortiz. Fotografía: ABC
Hay quienes llevan los estereotipos de la ciudad en los labios, pero la inflación –el amor a la ciudad también incurre en alzas y caídas en sus cotizaciones– hace que en ellos sea una moneda devaluada, una pieza que querría ser de oro y todo lo más es cobre, calderilla. No así con Fernando Ortiz, que no necesitaba alardear de “sevillanía” para hacer profesión de amor a la ciudad, “al recinto primero que dio forma a mi fondo”. A ella ha dado páginas bellísimas, lástima que no transiten más lectores por sus versos. Tal vez sea por el genius loci de su collación natal, San Lorenzo, adonde enfilan las alargadas sombras de Bécquer y Montesinos, otros dos sevillanos profundos, ajenos a la pandereta que denunció Antonio Machado. Como también lo fueron, siglos antes, sus admirados Fernández de Andrada y Medrano.
Su
último escrito ha sido para un patricio de Antequera, y él mismo, aunque sin
tierras ni casería, lo era: un patricio hispalense, que si tuvo de dionisíaco
hasta pasada la madurez luego se replegó, como los patios nuestros, mármoles y
quencias, a lo apolíneo. Naturalmente, no es la única tecla que pulsó, pero en
ella sobresale como pocos. Es de la línea de Joaquín Sáenz y Carmen Laffón en
el pincel (la misma que la de Ramón Gaya o Pedro Serna si hablamos de pintores
murcianos). Del amor de Fernando Ortiz a Sevilla se pueden rastrear muchos
poemas, y todos son testimonio de su devoción, más en la onda de Cernuda que en
la de… Mejor me callo.
Nació
en la calle Miguel Cid, y al poco su familia se trasladó a Jesús del Gran
Poder, en la cual estaba también, frente a su casa, su colegio: el de los
Maristas. Luego vendrían la ciudad extramuros en Reina Mercedes y Eduardo Dato.
En “Primera despedida” evoca el campo del Aljarafe que rodeaba la finca de
veraneo de la familia en Valencina de la Concepción. Aljibes, jazmines, olivos,
y la flor del naranjo, y la cal, las plazuelas. Después de pasar por los
Maristas estuvo en el Claret, y desde allí “escapaba / del húmedo y gris
colegio / en busca del sol y el agua.” Son los octosílabos de su poema “El
Parque”, que es, claro, el de María Luisa.
Al final de sus años se distanció de amigos como Aquilino Duque, pero
antes, en 1981, qué maravillosos alejandrinos ofreció sobre el mundo de este,
que es también el del propio Ortiz, atemporal: “¿Dónde aquella Sevilla del
pregón callejero / en la que el sol quemaba las tardes de verano? / ¿Recordáis
la penumbra, las velas extendidas / y el sonido del agua en la taza de mármol?”
(El pasado viernes se celebró en Sevilla el funeral por Fernando Ortiz. Este artículo sobre él lo escribí la tarde de su fallecimiento y se publicó en ABC al día siguiente, el 30 de enero)
CODA: Un lector me hace ver con ironía propia de Fernando (he sentido casi un pescozón del difunto) que Aldana, a quien yo citaba en el artículo tras Fernández de Andrada, no era sevillano sino extremeño. Tiene toda la razón. Subsanando el tonto lapsus, en su lugar cito ahora a Medrano, que transitaba por uno de los ensayos de La estirpe de Bécquer y era también uno de los tres incluidos por Cernuda (gran devoción indeclinable de Fernando) en "Sonetos clásicos sevillanos", Cruz y Raya, 36, marzo de 1936.

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