Hace más dos meses se presentaba A Luis Cernuda, desde Sevilla. 1963-2013, donde unos cuantos paisanos del poeta escribíamos sobre él a los cincuenta años de su muerte. Para beneficio de algún posible interesado que no haya podido tener acceso al libro publicado por la Fundación Cajasol, este es el texto con el que colaboro en el citado libro:
Historial de una biografía
I
En un volumen colectivo como este,
y en el reparto de temas acordado con quien ha ejercido de entusiasta coordinador,
mi buen amigo Ismael Yebra, me ha tocado en suerte, aunque no precisamente por
azar, abordar mi experiencia como biógrafo de Cernuda. No me ocuparé por tanto
en estas páginas de aspectos de la obra o de la vida del poeta, sino de la
larga gestación de la recreación de esta en los dos volúmenes que le dediqué, y
de algunas lecciones y experiencias que he extraído de su realización y que si
comparto es con la convicción de que pueden ayudar a mejor comprender su poesía.
En presentaciones
y actos relacionados con el autor de La
realidad y el deseo suelo repetir cómo fue mi primer contacto con este. Más
allá de que me sonara su nombre en las nóminas de la Generación del 27, una
especie de Non plus ultra con la que
prácticamente acababa la periodización de nuestra literatura, el primer momento
en que tengo conciencia de toparme con él fue cuando hojeaba el manual de
literatura española de COU (aquel remoto Curso de Orientación Universitaria).
Allí, junto a alguna noticia del poeta, se presentaban dos poemas suyos. No he
olvidado cuáles eran: “Si el hombre pudiera decir” de Los placeres prohibidos y “Primavera vieja” de Como quien espera el alba; el primero, una de sus grandes composiciones
de temática amorosa; y el segundo, una vívida evocación de la ciudad dejada
atrás.
Fue aquel año de
nuestro encuentro el mismo en que empecé a interesarme por la poesía en
particular, más allá de mi gusto de siempre por la literatura, manifestado en
una voracidad lectora que transitaba los clásicos lo mismo que las novelas de
El Coyote o las obras maestras de la ciencia ficción. Si Juan Ramón Jiménez fue
importante en la formación de los poetas del 27 y objeto de burla por parte de
ellos, el primer intento de poema que perpetré fue la emulación de un poemilla
de JRJ que me parecía tan bobo que me dije que a bobo le ganaba yo.
Efectivamente, fui lo suficientemente tonto como para creer que la sencillez
era simpleza. No obstante, prendió en mí el interés, y los primeros libros que
empecé a comprar, a escondidas y esquilmando una cartilla de ahorros de la Caja
Postal abierta con motivo de mi primera comunión, fueron de poesía, comulgando
ahora con ella a través de las tarjetas postales –los poemas– que franqueaban
aquellos volúmenes.
Vinieron luego
las lecturas de los poemas de Cernuda, tanto en verso como en prosa, con la
reconstrucción de Sevilla –una Sevilla de interiores y ajena al griterío y la zafiedad– en Ocnos. Lo primero amplio que leí suyo
fue la antología seleccionada y prologada por quien fue profesor mío en la
Facultad de Filología hispalense, José María Capote. Comenzaba aquí la imbricación
de obra y vida, pues el antólogo no era otro que el hijo de Higinio Capote, el
mejor amigo que Cernuda tuvo en Sevilla y condiscípulo suyo en las clases de
Pedro Salinas, cuyas tertulias frecuentaron ambos. Más tarde supe que los dos
amigos se distanciarían (lo mismo que Cernuda de Salinas) por culpa del
carácter de nuestro poeta, como sería una constante en su trayectoria.
En las revistas
de literatura que comencé a comprar aparecía a menudo el sevillano,
directamente presente o como influencia (eran los primeros años ochenta y se
hablaba ya del cernudianismo). Así, en Fin
de Siglo hallé un artículo de título sorprendente: “Cernuda en Hölderlin”,
de Enrique Molina Campos, y en el mismo número dos colaboraciones de Vicente
Núñez (una de ellas reproducida del homenaje de la revista Cántico, en 1955). Las fotografías que las acompañaban, atezado,
elegante, con el pelo engominado, le daban un aire atractivo, exquisito, como
del dandi que era.
Mi interés por
Cernuda se reactivó cuando el año 1986, al recibir una beca de la Universidad
de Edimburgo, asistí a cursos de literatura inglesa y escocesa en la capital de
Escocia. En una breve excursión a Glasgow recordé a mi paisano y su desconsolada
estancia allí. Y en los jardines de Princes Street edimburgueses asistí, pero
en tres dimensiones, a ese poema suyo: “Gaviotas en los parques”. Luego, ya de
vuelta, dos años más tarde se celebró en los Reales Alcázares el Primer
Congreso Internacional sobre él. Habían transcurrido tres décadas desde su
muerte y ahora confluían en su “Tierra nativa” los principales estudiosos de su
obra. Creo que estuve entre el público de todas las sesiones, incluida, claro
está, la inauguración en la que intervino Octavio Paz, autor del clarividente
ensayo “La palabra edificante” y lector para la ocasión del hondo poema que le
dedicara. Si se me permite el excurso temporal, aquellas jornadas las he
recreado en parte en una novela que aparecerá el año que viene, pero las mismas
han sido ya narradas por Andrés Trapiello, participante en una de las mesas
redondas, en Locuras sin fundamento,
la segunda entrega de su Salón de pasos
perdidos (en un tomo posterior de esa “novela en marcha” rememora igualmente
la genial boutade que Núñez regaló al
auditorio). También a Trapiello se le debe como tipógrafo, y mucho más, la
elaboración de un hermosísimo volumen (A
una verdad, Luis Cernuda), que aportaba valioso material gráfico y escrito.
En cuanto a las ponencias, fueron recogidas por la Universidad de Sevilla.
Ese año fue,
pues, el del comienzo de una devoción acrecentada, que corrió paralela a la
preparación de un ensayo que entonces concebí y sobre el que fui trabajando
intermitentemente hasta su publicación en Con
otro acento. Divagaciones sobre el
Cernuda “inglés”. Me refiero a un estudio sobre Cernuda y Keats que
constituye el principal capítulo del citado libro con el que obtuve el Premio
Archivo Hispalense en la especialidad de Literatura. Lo curioso fue que con
diferencia de menos de una hora también me comunicaron que había ganado la
primera convocatoria del Premio Andaluz de Traducción Literaria, precisamente
con Poemas de John Keats. Keats está
no solo en el origen del título “Escrito en el agua” con el que Cernuda cerraba
Ocnos. También es el poeta innominado
que protagoniza “A propósito de flores”, con el que siempre tuve muy claro que
Cernuda se identifica.
Hay un tercer
galardón, el más importante, que guarda relación con los dos anteriores y que
signa mi dedicación de muchos años a Cernuda: el Premio Comillas. Me presenté a
él cuando fui obligado a abandonar un trabajo que también ejerció en
condiciones muy distintas el propio poeta, empleado a partir de 1930 en el establecimiento
de León Sánchez Cuesta en Madrid. Curiosamente, mi superior directo en la
cadena de librerías cuya sucursal sevillana dirigí, el mismo que me trajo la
carta de despido, se llamaba de segundo apellido Cernuda; el primero, siguiendo
con lo literario y agotándolo (porque aquel individuo hacía poco que había sido
contratado gracias al indudable mérito de proceder de una multinacional de
sofás, como colegas suyos y sus propios jefes venían de hipermercados o tiendas
de sanitarios y bricolage), era el de un dramaturgo del Siglo de Oro.
Goodbye to All That, como escribió
Robert Graves. Mi profesión de diecisiete años como librero se iba al garete y
yo tenía que ganarme la vida de otra manera; en cualquier caso, hubiera tenido
que hacerlo, pues los cambios que conmocionaron a la citada cadena y ya
afectaban al mundo del libro en general impedían que pudiera seguir
desarrollando mi trabajo como lo había estado haciendo hasta poco antes. Fue
entonces cuando en esa “reconversión industrial” nada traumática, porque ya
hacía años que publicaba, contra reloj y para poder cumplir con el plazo estipulado
en las bases me lancé a escribir la biografía de aquel poeta que llevaba más de
dos décadas leyendo y sobre quien ya había escrito un puñado de artículos y un
libro.
Pero aquí se
hace preciso un pequeño salto atrás: el año 2002 había sido el del centenario
del nacimiento de ese poeta, y hubo congresos y encuentros conmemorativos en diferentes
lugares, y señaladamente en Sevilla. Con ese motivo aumentó notablemente la
bibliografía cernudiana, especialmente con dos hitos que merecen comentario:
uno fue el impresionante Álbum que
editó la Residencia de Estudiantes, que incorporaba el más amplio relato de su
vida escrito hasta la fecha; otro fue el Epistolario
que, incluyendo otros ya parcialmente publicados con diversas correspondencias,
añadía numeroso material inédito. También Trapiello era en esta ocasión responsable
de la factura formal del Álbum. La
compilación de las cartas, ese trabajo ingente, y la importante biografía con
aderezo gráfico del Álbum se debían,
por su parte, a James Valender, quizá el mejor conocedor hoy de la poesía del
sevillano.
Me pareció
entonces, y coincidiendo con mi circunstancia vital, que una vez decantada la
importante aportación del centenario era el momento, un lustro después, de
abordar una biografía completa y hasta exhaustiva de Cernuda al modo de otras
ya existentes de poetas españoles como Lorca o Machado y, claro está, de muchas
figuras de la cultura en países en que el género biográfico ha tenido siempre
mejor fortuna que en España. Esa iba a ser una obra que requería dos tomos, me
dije. Dada la ambición de la obra y del meridiano que parte en dos la vida del
sevillano, decidí entonces hacer el primer volumen, Luis Cernuda. Años españoles (1902-1938), dejando para más adelante
la redacción del segundo: Luis Cernuda.
Años de exilio (1938-1963). El que cubre la primera mitad de su vida fue el
que, como ya adelanté, recibió el XX Premio Comillas de Biografía e Historia,
en 2007.
Para mí fue
providencial la recepción de ese galardón, que en realidad no se concedía al
fruto de unos meses de febril actividad en archivos y hemerotecas y tantas
horas ininterrumpidas pasadas ante el ordenador, sino a muchos años de
investigación y lecturas del poeta y sobre el poeta. Y la editorial Tusquets
permitió, contratando de inmediato el segundo volumen, el cumplimiento de un
sueño: recorrer medio mundo en pos de la huella de Cernuda, tarea en la que de
muy buena gana gasté –eran otros tiempos– el generoso anticipo del libro aún
nonato.
Lejos y en la mano es título de Joaquín
Romero Murube, poeta del grupo de Mediodía
que trató al joven Cernuda y que a su muerte le dedicó en un periódico local
“Responso difícil por un poeta sevillano”. Yo no pude leer entonces ese
obituario (aunque ya nacido, no era ni mucho menos tan precoz, y además vegetaba,
que es lo que cumple hacer un bebé, en Melilla, meses antes de que mis padres
me trajeran, y hasta hoy, junto al río Guadalquivir), pero puedo refrendar lo
de remoto y cercano del epígrafe de Romero Murube: para preparar el primer tomo
de la biografía tenía a no más de cien metros de mi casa al sobrino nieto de
Cernuda, que siempre me atendió muy amablemente. También me quedaban cercanas
las bibliotecas de la Universidad y la pública. La hemeroteca, usada con
prodigalidad, me quedaba sin embargo algo más lejos, pero tenía la ventaja de
que camino de ella pasaba por la calle Acetres, donde nació el autor de Desolación de la Quimera, o ante la
fachada de la iglesia del Salvador, donde fue bautizado, o, tras esta, junto las
tiendecitas de la plaza del Pan a las que Cernuda dedicó una estampa en Ocnos y que quedaban justo enfrente de
la droguería de su abuelo Ulises Bidón.
Pude, manejando
periódicos y microfilmes (como un espía o agente secreto) hacerme idea de cómo
era la collación natal o el género con el que comerciaba su familia materna, de
origen francés: “Drogas, productos químicos y farmacéuticos. Herboristería,
frasquería y todas clases de géneros para industria, artes y farmacia. Colores
en polvo, pasta y tubos. Barnices, brochería, pincelería y demás efectos para
pinturas de edificios, cuadros y coches.” O comprender en su contexto “La
riada” de Ocnos, al ver que su padre
don Bernardo Cernuda, coronel de Ingenieros, estuvo al mando de las tropas que
socorrieron a la población durante graves inundaciones. Y muchos más detalles
de sabor local pero que iban dibujando el contexto del poeta.
Entre los libros
que conserva la familia, también fue impagable leer las dedicatorias de Jorge
Guillén (desmintiendo o poniendo más que en duda la pretensión de Cernuda de
que no había leído Cántico) o de
Stanley Richardson, el amigo destinatario de “Por unos tulipanes amarillos” por
cuya mediación marchó a Inglaterra a dar unas conferencias y ya jamás
regresaría.
Para el segundo
tomo, sin embargo, tuve que viajar como él mismo lo hizo por dos continentes. Eran
lugares que no quedaban a mano, sino lejos (sigo con Romero Murube, y que
Cernuda me perdone, pues nunca le tuvo simpatía). Así, me alojé durante unas
vacaciones parisinas en el hotel de la Rue Monsieur le Prince donde el difícil
verano de 1938 el poeta, dispuesto a no volver a Inglaterra, las pasó canutas, deprimidísimo,
y a punto estuvo de regresar a la desesperada a España. O a la desesperada
España, también vale. Y en otro viaje alquilamos un apartamento en el Cambridge
adonde él había llegado harto de Glasgow, y en el Emmanuel College fui feliz en
sus praderas y, colándome donde no me llamaban, me senté a la sombra de “El
árbol”, el de savia que se hace tinta en su poema de Vivir sin estar viviendo:
Al lado de
las aguas está, como leyenda,
En su
jardín murado y silencioso,
El árbol
bello dos veces centenario,
Las
poderosas armas extendidas,
Cerco de
tanta hierba, entrelazando hojas,
Dosel donde
una sombra edénica subsiste.
Aunque muy cambiado, en el Soho
londinense he visto igualmente el cambiado escenario de su reencuentro (mejor
sería decir desencuentro) con Stephen Spender, y en otra estancia el edificio
en que compartió piso con Gregorio Prieto frente a Hyde Park, que está igual
que entonces.
Cernuda marchó a
Estados Unidos en 1947, donde ya vivía su buena amiga Concha de Albornoz, quien
le consiguió un puesto de docente en una universidad femenina, el Mount Holyoke
College en que estudiara Emily Dickinson, natural de la vecina Amherst. Y algo
más de sesenta años después yo mismo crucé el Atlántico, pero en avión, y tras
pasar unos días en la universidad de Cornell, donde mi mujer había realizado
estudios de posgrado (lo que más le envidio es que tuviera como profesor a
Robert E. Kaske, uno de los mayores especialistas en Beowulf), nos trasladamos a Boston y, ya en la campiña, a South
Hadley, donde está el citado college.
Es una localidad idílica en la que revisé documentación conservada de la época
en la que el poeta enseñó allí, pero en la que han mudado algunas cosas en su
fisonomía aparentemente intacta. Ya no existe Peterson Lodge, donde él residió
y, fuera ya del recinto universitario, el pueblo tiene edificios nuevos de
madera donde un día fueron cenizas las casas tras un incendio. Pero emociona
ver junto a uno de los ventanales de la biblioteca su retrato sonriente en una
foto en la que aparece junto a una alumna, en su primer año en Norteamérica.
También viajamos
en el coche alquilado a Middlebury (Vermont), donde Cernuda impartió clases en
los cursos de español del verano de 1948, durante los cuales tuvo ocasión de
reencontrarse con Salinas y responder agriamente a Dámaso Alonso. Isabel García
Lorca recordó estas semanas en sus memorias, y los caprichos de una personalidad
muy peculiar cuando no abiertamente difícil. Está tan cerca de Canadá este college de Middlebury que las patrullas
de carretera del Estado llevan el mismo tipo de sombrero que la Policía
Montada, y el paisaje abunda en bosques y lagos. En la biblioteca también
estuve examinando papeles relativos a aquella estancia de Cernuda. En el mismo
viaje, tras pasar por el Cape Cod donde el poeta se solazó en vacaciones
académicas, tomamos un avión en el aeropuerto Logan de Boston. La fuga de Logan
nos llevó a la costa oeste y a Hollywood, tan peliculero (siempre Cernuda fue
amante del séptimo arte, como refrendan no pocos testimonios), y tras aterrizar
en Los Ángeles un taxista yugoslavo que inevitablemente me recordó a Charles
Simic nos dejó en la puerta del hotel de Santa Mónica que habíamos reservado a solo
unas manzanas de donde Cernuda se alojó en el último de los cursos que dio en
los Estados Unidos (el 62-63). Luego me enteraría de que casualmente aquellos
días estaba también en Santa Mónica, recorriendo California, el escritor y
periodista gaditano Alejandro Luque, que fue precisamente uno de los enviados
especiales al acto de entrega del Premio Comillas en Madrid.
La casa en que
vivió Cernuda es el 757 de Ocean Avenue, frente al Palisade Park y el océano
Pacífico. Al pie de las palmeras, junto a la ancha playa, fue relativamente
feliz y pudo haberlo sido más de no creerse víctima de una conspiración de
otros miembros del departamento de español. Pero los jóvenes atléticos sobre la
arena, las olas, la vista de Malibú en lontananza (sobre la que escribió uno de
sus poemas más prescindibles), la amistad de Carlos-Peregrín Otero le hicieron
olvidar el curso anterior. Efectivamente, más deprimido estuvo en general en
San Francisco, nuestra siguiente etapa (nuestros traslados por el espacio no
siempre siguieron el orden cronológico). La mañana que estuvimos ante ella, la
casa en que él vivió, como todo el barrio, estaba cubierta por la neblina, y
hacía fresco en pleno mes de agosto. Era como una imagen que bien ilustra la
desazón que se lee en sus cartas de entonces.
Ya sin Teresa,
al año siguiente me fui yo solo un par de semanas a México, adonde el poeta
había llegado por primera vez en 1949, de vacaciones, y en donde se instalaría
tres años después. México fue, como en 2006, cuando fui invitado a la Feria
Internacional del Libro de Guadalajara, una epifanía. Durante aquella FIL
compartí muchas horas con Francisco Robles y Juan Lamillar, dos acreditados
cernudianos y justamente compañeros en este volumen. Creo que la idea que tenía
el primero de hacer un documental sobre el poeta fue un acicate para que me
animara a componer la biografía. En cuanto al segundo, poco después publicó en
Renacimiento una antología de las poesías de Cernuda con el título Los fantasmas del deseo.
Por ser tantas y
tan intensas las emociones de aquel viaje a la Ciudad de México, estas se hacen difícilmente trasladables aquí, pero algo importante fue que me hospedé todo el
tiempo de mi estancia en el hotel Genève, donde lo hizo él mismo varias veces
antes de alquilar un apartamento en la calle Madrid e irse, un tiempo después,
a residir a casa de su amiga Concha Méndez, ya separada de Manuel Altolaguirre.
Valender y Paloma Altolaguirre, hija del matrimonio de exiliados, me atendieron
y respondieron mis preguntas en el Jardín Centenario y en la casa de la calle
Tres Cruces en que Cernuda vivió hasta el final de sus días con las
interrupciones de sus cursos en California. Una mañana, en compañía de los
amigos de Tusquets y de la periodista Yanet Aguilar de El Universal, nos fuimos al Panteón Jardín, en el Desierto de los
Leones, y visitamos su tumba. Me hubiera gustado dejarle unas violetas, como él
en su poema a Larra, pero no las había. También moradas, y las únicas que me
parecieron dignas, aunque solo fuera por su nombre, compré dos ramos de
siemprevivas, uno de los cuales dejé sobre su lápida de mármol restaurada y el
otro sobre el arrasado tezontle de la cercana sepultura del que primero fue su
amigo y a quien luego detestó (como a tantos): Emilio Prados. En ese y en un
viaje posterior, hablé con personas que lo conocieron. Uno de ellos fue, y me
estremezco solo de recordarlo y de saber que tengo su número de teléfono en el
directorio de mi móvil (o celular, como se dice allí), Salvador: el
destinatario de los “Poemas para un cuerpo”.
En el mes de
febrero y en la capital de México me ponía en la piel del poeta y comprendía,
en mangas de camisa, cómo él había sentido la imperiosa necesidad de asentarse
en el país: el cálido sol contra los muchos grados bajo cero del invierno de
Massachusetts, las buganvillas contra la nieve; las hermosísimas plaza e
iglesita de santa Catarina, en Coyoacán, contra la imagen rígida y gélida del
norte, ese mundo del que él mismo escribió: “El norte nos devora” (a propósito
de un retrato de fray Hortensio Félix Paravicino por El Greco conservado en el
Museo de Bellas Artes de Boston).
Luego, en el
viaje de promoción del segundo volumen, nutrido con aquellas experiencias y que
conoció una edición mexicana de la filial allí de Tusquets, no puedo dejar de
lado que la misma mañana de mi llegada, un domingo en que poco podía hacer, me
fui al recién inaugurado Museo Soumaya y allí, entre otras obras españolas, vi
una Inmaculada de Murillo desconocida y, extraordinariamente bellas la Virgen y
la pintura toda, sentí una emoción especial de ver en México a esa paisana
rodeada de angelitos y pintada por un sevillano. No se me ocurrió entonces,
pero pienso ahora que debió de ser un estremecimiento parecido al que sacudió a
Cernuda al toparse con la imagen del fraile.
Casi palabra por
palabra podría aplicar a aquel encuentro lo que escribe Cernuda en su poema a
Paravicino:
¿También tú
aquí, hermano, amigo,
Maestro, en
este limbo? ¿Quién te trajo,
Locura de
los nuestros, que es la nuestra,
Como a mí? ¿O
codicia, vendiendo el patrimonio
No ganado,
sino heredado, de aquellos que no saben
Quererlo?
Tú no puedes hablarme y yo apenas
Si puedo
hablar, mas tus ojos me miran
Como si a
ver un pensamiento me llamaran.
II
Me gustaría poder publicar algún
día una edición corregida y aumentada de la biografía de Cernuda en la que
enmendar alguna errata (afortunadamente hubo muy pocas) o añadir datos que he
conocido con posterioridad. En cuanto a los yerros, Ángel Luis Prieto de Paula me
señaló muy educadamente algunos en su reseña en Babelia y, a falta de sitio mejor, deshago aquí los pequeños
desaguisados: la fecha de publicación de Niebla
de Unamuno no es 1902, año de nacimiento de Cernuda, sino 1914 (Amor y pedagogía sí lo databa
correctamente en ese año del natalicio); el autor de las Memorias de ultratumba que Cernuda recordara en su “Divagación
sobre la Andalucía romántica” es evidentemente Chateaubriand, no el espurio
Chautebriand; y el título exacto del primer libro de Dámaso Alonso es Poemas puros. Poemillas de la ciudad,
sin el añadido que le incorporé dejándome llevar por una mención del propio
Cernuda.
Pero, alguna
menudencia aparte, hubo otros lapsus: se imprimió Xauen por Axuen, y el nombre
de la cristalería que vino a instalarse en la casa de la calle Acetres es
“Hijos de Valeriano Díaz” (no Díez). Por otra parte, en la página 218 afirmaba
que “aunque en un principio Aleixandre, Prados y Cernuda decidieron no
participar en la antología de Diego, al poco los dos primeros cambiaron de idea,
y dejaron solo a Prados.” Naturalmente, hay un baile en el orden de los nombres:
quienes cambiaron de idea fueron Aleixandre y Cernuda. En cuanto a José Antonio
Primo de Rivera, que encandiló a Morla Lynch, el anfitrión de una tertulia muy
importante para Cernuda, no empezaron a llamarlo a secas “Simón el enterrador”,
sino “Juan Simón el enterrador”, en alusión a la letra de una milonga popular
en su época recogida en la obra teatral musical La hija de Juan Simón, donde el protagonista tiene que dar
sepultura a su propia hija. Finalmente, en las notas del segundo tomo se alude
varias veces a un libro titulado Cernuda
y los exilios. José Teruel, preparando su monografía Los años norteamericanos de Luis Cernuda, me escribió para
consultarme la referencia. Con mis disculpas, le envié la aclaración
solicitada: “Hay efectivamente una laguna en la
información bibliográfica. Podría haberlo dejado más claro, pero me refiero a
las ponencias y comunicaciones leídas en el encuentro que menciono al final de
la página 120. Se iban a editar y, aunque llegaron a maquetarse, permanecen
inéditas. Un amigo mío que trabaja en la Diputación de Sevilla me proporcionó
un juego de fotocopias.” El amigo al que aludo es Juan Antonio Maesso, y la
información que interesaba a Teruel formaba parte de lo expuesto bajo el
epígrafe “Encuentros en un café” por Sergio Fernández, quien conoció a Cernuda
siendo él muy joven (luego tuve la suerte de que me acompañara en la
presentación de este segundo tomo de la biografía en un acto celebrado en la
Universidad Nacional Autónoma de México, la UNAM). También volví loco a Teruel
con una referencia trabucada: la nota 32 de la página 368 del segundo volumen
(perdón por esta frase casi de los hermanos Marx) remite al trabajo de María
José Gómez Toré sobre Cernuda y Bernabé Fernández-Canivell recogido en 100 años de Luis Cernuda (Residencia de Estudiantes,
Madrid, 2004).
Por otro lado, desde
aquel año 2008 en que vio la luz el primer volumen las hemerotecas de periódicos
muy importantes se pueden ahora consultar
en casa; la ventaja de ello no es simplemente cultivar la pereza o esa
indolencia tan del autor de Los placeres
prohibidos, sino el hipertexto: la posibilidad de buscar por palabras clave
entre una selva de números de esas publicaciones. Así pude conocer pequeños
detalles, como este del que ya di cuenta en una entrada de mi blog, que ostenta
el cernudiano nombre de Fuego con nieve
(por su poema “El andaluz”). Fuego con
nieve. La vida de Luis Cernuda era precisamente el primer título que adopté
para mi trabajo antes de optar por el actual, consistente en solo el nombre del
poeta más las sendas acotaciones temporales de los volúmenes.
Qué gran cosa es el archivo
virtual de ABC, por ejemplo, donde aparecen en facsímil años y años de
noticias, esquelas, artículos, gacetillas... Gracias al invento, publicado ya el
segundo volumen, y tras haber intentado en vano dar con este artículo en la
Hemeroteca Municipal de Sevilla (no sabía cuándo había sido publicado), di con
el "Fernando Villalón" de Carlos García Fernández, el joven
componente de Mediodía. Se publicó en ABC de Sevilla el 19 de
marzo de 1982, y aporta la información que sólo pude dar de pasada en la página
182 de Luis Cernuda. Años españoles (1902-1938).
Cuenta García Fernández,
entre evocaciones de las historias de espiritismo que gustaba de narrar
Villalón para incomodidad de Cernuda, cómo en las Navidades de 1929 pasó él por
Madrid y Cernuda propició un encuentro con el ya muy enfermo autor de La
toriada. Fue el 21 de diciembre, el mismo día del sorteo de la Lotería de
aquel año, y los tres amigos se vieron por la noche en La Montaña, un café que
quedaba frente al Colonial, al principio de la calle de Alcalá. Hubo incidentes
en una mesa cercana, con vivas y mueras, que prosiguieron en la calle. Pero la
alta temperatura política –faltaba poco más de un año para la llegada de la
República– tenía su correspondencia en la de Villalón, al que asaltaban más de
39 grados de fiebre. Amargado, herido de muerte por la enfermedad, no dejó
títere con cabeza al hacer repaso de los poetas sevillanos.
El
testimonio de García Fernández ilustra aún más si cabe que Cernuda y Villalón
tuvieron frecuente trato no sólo en sus respectivas casas sevillanas (Barrio de
San Bartolomé y calle del Aire) durante el año 1927, cosa ya conocida, sino
también en el Madrid al que ambos se retiraron, por diferentes motivos, al
comienzo de la carrera literaria del primero y al final de la vida del segundo.
También
hay, claro, textos que desconocía o había olvidado y que citaría hoy, como un
poema de Álvaro Salvador que debí de leer en la antología La otra sentimentalidad y que recrea un imaginado idilio, triste
como todas las cosas que no se pueden realizar (y Cernuda, homosexual con una
fija inclinación por los efebos, no podía enamorarse de la mujer de Leopoldo
Panero). El poema se titula “Felicidad y Luis pasean de la mano por un parque
de Londres”. Son
muchos los poemas que se han dedicado a Cernuda, pero este en particular se
caracteriza por ocuparse de un episodio concreto de su biografía. He aquí su
cuarta estrofa:
Suena el Big-Ben.
Estás en Londres con un impermeable blanco
bajo la lluvia blanca.
Hoy eres joven y sonríes,
y alguien
que al menos tuvo para ti una palabra
que al menos te ama porque la belleza
está presente en ti y él ama
la belleza
por encima de todos los tentadores dones
que la vida le ofrece,
está contigo.
Otro
día encontré unos fotogramas de la película de Luis Buñuel La ilusión viaja en tranvía, donde aparece en varios planos la
fachada del cine Centenario, ante el jardín homónimo, al que Cernuda acudía
casi a diario al final de sus días mexicanos. La víspera de su muerte vio allí Divorcio a la italiana, y quedó en
volver al día siguiente con Concha y Paloma. Hoy es una sucursal más de
Sanborns, la cadena de tiendas con cafetería. Por cierto, que una tarde me tomé
a su salud unas cervezas en otro Sanborns que hay junto al Ángel de la
Independencia y que, según Paz, Cernuda también frecuentaba antes de mudarse a
Coyoacán. Cernuda, Paz planean sobre este otro poema que escribí sobre la Casa
Alvarado, en Francisco Sosa, la calle preferida de Cernuda en aquella parte del
mundo. Así comienza, enlazando la vieja y la Nueva España, Sevilla y la Ciudad
de México, los versos que hablan de ese edificio, hoy Fonoteca Nacional:
Ecos,
reverberaciones.
En la
casona en que muriera Paz,
aún el
imperio de su apellido.
En esta
fonoteca,
su voz con
la de otros,
como,
pasado el patio,
el canto de
los pájaros, indemne,
vario como
los árboles y flores.
En esta
calle de Coyoacán,
puestos los
cascos,
estoy en
Sevilla oyéndolo aquel año
en que vino
a hablarnos de Cernuda.
A diez
manzanas
(o aquí
cuadras),
el jardín
de Tres Cruces.
La
temperatura, la luz,
son también
intramuros del Alcázar.
En 2009 apareció
un documental de título que es espejo del volumen en que Cernuda fue reuniendo
su poesía. El deseo y la realidad, de
Rafael Zarza, recogía una grabación que con su pequeña máquina Pathé hizo Juan
Guerrero Ruiz (familiar lejano de Teresa, mi mujer) de los poetas del 27,
tomada el año siguiente al del acto gongorino: 1928. La novedad y lo singular
de esa película consiste en que es el único testimonio que poseemos de Cernuda
en movimiento (las emisiones en las que participó décadas después en la
televisión mexicana se han perdido).
Además, se han
publicado recientemente algunos trabajos que aportan algo más a lo ya escrito.
En este sentido, señalaría algunas cartas cruzadas entre Cernuda y Rosa Chacel
(que fue buena amiga suya) rescatadas por Ana Rodríguez Fischer en la revista Clarín, así como una conferencia de la
vallisoletana sobre el sevillano en el volumen Astillas, que permanecía inédita. Entre esas cartas, una frase de
Cernuda sobre su querido Manuel Altolaguirre emociona cuando pensamos en el fin
del malagueño, muerto en un accidente de coche cerca de Burgos cuando había
venido a España a presentar en el festival de cine de San Sebastián la película
El cantar de los cantares. Cernuda
escribe en papel de cartas de Producciones Cinematográficas Isla, S. A., y en
contraste con la carta, mecanografiada como era habitual en él, anota de su
puño y letra este extraño vaticinio: “Esto es una chifladura de Manolo
Altolaguirre y de consecuencias funestas para él”.
No sé si
chifladura, o intromisión, consideraría el documental México. Fin de dos amores que ha realizado recientemente la
cineasta Rosa Teixidor y que recoge, entre otro material, entrevistas con un
puñado de estudiosos y personas que lo conocieron; entre los primeros, estamos
Vicente Quirarte o yo mismo; entre los segundos, José de la Colina o, nada más
y nada menos, Salvador Alighieri.
Aunque centrado
más en la obra que en la vida, José Teruel ha publicado también un ensayo, al
que me referí arriba, que resultó ganador del Premio Gerardo Diego, donde
ofrece algún pormenor nuevo sobre la estancia del poeta en el Nuevo Mundo.
Contagiado quizá
por cierta cernudianísima desgana, y ajeno a la universidad y no viéndome
obligado a recorrer ningún cursus
academicus de publicaciones, ponencias, etc., nunca tuve interés en
publicar completas las cartas inéditas de Cernuda que hallé a lo largo de mis
años de investigación, las cuales solo aparecen parcialmente recogidas en la
biografía. Pero reconozco que sería negligencia no hacerlo y, aunque sea solo
en parte, me aplico a ello en circunstancia tan apropiada como el cincuentenario
de la muerte del poeta y este libro que lo homenajea. De la interesantísima
correspondencia con Salvador Madariaga que se conserva en el legado de este en el
Instituto José Córnide de La Coruña, y espigada en el segundo volumen de mi
trabajo, podría aportar aquí algunos párrafos inéditos. El 12 de octubre de
1941 escribe, refiriéndose a personajes biografiados por Madariaga: “Querido
Don Salvador: no sé si felicitarle o felicitarnos al comenzar esta carta, ya
que al poner la fecha recuerdo es hoy 12 de octubre. Supongo que su Colón irá
esta noche por los aires camino de América, como fantasma pacífico. Y hasta que
tal vez se cruce con su Cortés que viene navegando de allá. Gracias a usted
nuestra historia, al revivir en la memoria de las gentes, vuelve a adquirir
corporeidad, aunque sea legendaria.” Y tres párrafos más adelante, añadía,
mencionando a la hija de su corresponsal y buena amiga suya a la sazón: “Nieves
me dice que su novela está ya terminada. Enhorabuena. Yo no olvido su encargo
de enviarle las referencias sobre unidad ibérica o libros portugueses. Anímese
pronto a preparar la nueva edición de su obra sobre España.”
De
otra carta inédita que solo cité parcialmente son estos párrafos referentes al
Cortés de su amigo. El 8 de enero de 1942 a Madariaga:
Lo ha
tratado usted con tal objetividad y serenidad a través de todos sus actos y
andanzas, que además de obtener así un libro perfecto, donde historia y
fantasía son una misma cosa al fin, puede acabar con bastantes injusticias y
calumnias lanzadas contra el mismo Cortés y contra su tierra. No hay un solo
momento en que usted abandone esa objetividad, si no es al final, en una o dos
ocasiones quizá como recompensa de su disciplina severa durante el resto del
libro. Cuando en la página 650 habla usted del “Estado español, único en el
mundo que entonces como hoy y como siempre se permitía y permite el lujo de
tener ociosos a sus mejores hombres”, no sé si me equivoco al leer allí una
queja de amargura propia insertada en la experiencia dolorosa de Cortés.
Por
cierto, aunque no sé si estoy en terreno falso (cita de Calderón en la página
64), ¿no le parece que el pensamiento expresado en esos dos versos, más que del
propio Calderón sea del P. Mariana? Calderón sin duda conocía el tratado sobre
el rey y la institución real, donde me parece recordar que hasta las palabras
esas se hallan allí, o muy parecidas. Como ambos son españoles, el honor de
haber pensado tal cosa, corresponde todavía a nuestra tierra.
Al descubrir
estas cartas, y comprobar sus lecturas de la época, no pude sino pensar que el
interés por Cortés y México fueron un oscuro germen, aún subterráneo, del
impulso que le llevó a instalarse en aquella nación una década después. Sobre
la que ha dejado atrás, el 14 de febrero de 1943, cinco años exactos después de
haber abandonado España, escribe:
Querido Don
Salvador: como hacía tiempo que deseaba leer su libro y aún no había tenido a
mi alcance un ejemplar, puede figurarse la avidez con que me he lanzado a
leerlo ahora.
Spain es sin
duda el primer libro que aparece sobre la república y la guerra civil; quiero
decir el primer libro que no es un testimonio, o en todo caso el primer libro
que es algo más que un testimonio sobre esa etapa de nuestra historia
contemporánea. Pocas personas estaban en tan buenas condiciones para escribirlo
como usted, por ser un español con conciencia de España y por haberla
considerado desde lejos, fuera de ella, largo tiempo.
(…)
Pero
veo que, sin querer, estoy imitando a ciertas gentes que me han dicho algunas
palabras sobre Ocnos, quienes parecen
creer que un libro no debe ser tal como su autor lo concibe, sino conforme a
los prejuicios y limitaciones de cada cual, aunque nada entiendan en tal
cuestión. Sírvame de disculpa el que yo, al menos, he leído España con tan viva
atención e interés como consideración y simpatía hacia usted, y que de su
lectura he sacado no poca enseñanza.
Es
posible, además, que mucho de lo que aquí le digo se deba a prejuicios míos que
yo tomo por objetividad. Bien difícil es ésta en cuestión como la que suscita
el examen de la república segunda y la guerra civil, que tan al vivo y en
hondura nos alcanzan a todos los españoles, actores o espectadores de ellas.
III
Por la literatura y el buen cine
sabemos que quien finaliza un viaje es alguien que ya no es el mismo que lo
empezó. Algo ha tenido que cambiar en el ínterin. Al escribir la biografía de
Cernuda he llegado a comprender mucho mejor al autor de aquellos poemas que me
deslumbraron siendo joven, y desde el respeto pero sin caer en el “síndrome de
Estocolmo” he tratado de mostrarlo tal cual era, con todas las luces y sus
sombras.
Sí
conocí el apasionamiento, aunque por mi trabajo de investigación y lo mejor de
la obra cernudiana, pero no me dejé cegar por él (quiero decir el hombre: Luis
Cernuda Bidón, o Bidou, como él prefería).
“Historial
de un libro” es la rigurosa y lúcida mirada retrospectiva, entretejida con su
vida, que Cernuda hizo sobre La realidad
y el deseo. Pero ese libro y el resto de su obra pedían un mayor
desarrollo, no en vano fueron escritos por –digo bien– uno de los mayores
poetas españoles vivos. Y quizá, pese a la aparente perogrullada, sea esta la
pauta a tener en cuenta: más allá del ámbito histórico del especialista, casi
arqueólogo, son los creadores que siguen estando vivos (con independencia del Panteón
Jardín o de las pompas fúnebres Gayosso) los que, por razón de su vigencia o si
se quiere inmortalidad, más piden precisamente eso, esto que yo intenté, la
biografía.



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