Ha muerto Leopoldo María Panero. Ha
sido una semana luctuosa para la poesía española dentro de un comienzo de año
particularmente fúnebre en lo que hace a la escrita en nuestra lengua, pues se
ha llevado, con guadaña afilada a cada poco, a Juan Gelman, José Emilio
Pacheco, Fernando Ortiz y Félix Grande. Ana María Moix, antigua amiga de
correrías, moría pocos días antes que él, de forma que de repente el grupo
incluido en la influyente antología de José María Castellet (también recientemente fallecido) Nueve novísimos poetas españoles ha
tenido dos bajas (con la de Manuel Vázquez Montalbán, un tercio ya de aquella
nómina).
Pero
además de a los novísimos, también pertenecía el recién desaparecido a otro
grupo de poetas: el de su propia familia. Poeta fue su hermano Juan Luis
(muerto hace pocos meses), y poetas su padre, Leopoldo, sobre el que luego
volveré más detenidamente, y su tío Juan, fallecido en 1937 en accidente de
carretera y que los lectores de Luis Rosales, amigo suyo, recordarán porque el
granadino lo lleva a hombros de su memoria emocionada hasta los versículos de La casa encendida. A este Juan, cuyo
único libro publicado en vida (Cantos del
ofrecimiento) se lo editó Manuel Altolaguirre en sus ediciones Héroe en mayo
de 1936, le dedicó su hermano Leopoldo, padre del difunto de hoy, el poema “Adolescente
en sombras” en 1938.
Pero
pasemos a quien fue -antes de que los hijos empezaran a publicar, y
prácticamente olvidado ya el malogrado Juan- “el poeta Panero”: Leopoldo, amigo
de César Vallejo o Cernuda, con quien cruzó un mensaje Aleixandre para quedar e
ir junto a Cernuda a la celebración de la llegada de la República en abril de
1931, ese instante de promesas, y que algunas simpatías izquierdistas tendría
cuando fue acusado por los nacionales al estallar la guerra de recolectar
dinero para Socorro Rojo. Es sabido que fue encarcelado y que solo la mediación
de Unamuno y, en última instancia, Carmen Polo, pariente lejana de la familia,
hizo posible que fuera puesto en libertad. Luego, como otros, al parecer se
afilió a Falange; pero de ahí a poder afirmar que fuera falangista por
convicción dista mucho.
Cierto
que, como Montes, Alfaro, Manuel Machado, Cunqueiro o Gerardo Diego participó
en la famosa Corona de sonetos en
homenaje a José Antonio Primo de Rivera. Y que desempeñó un puesto señalado
en el Instituto de España en Londres, ciudad donde su primo Pablo de Azcárate
dirigía el otro Instituto Español (el republicano). En Londres conoció a T. S.
Eliot, cuya complicidad quiso granjearse con buenos caldos españoles pertenecientes
a la bodega de la legación, y también allí retomó la amistad con Cernuda, lo
que no impidió que reprochara a este con una furibunda salida de tono el haber
escrito el poema “La familia”, donde no quedaba bien parada la institución. De
ese contacto con el poeta sevillano, salvado el incidente, quedaron el
imposible idilio que su esposa, Felicidad Blanc, creyó que hubo entre ella
misma y Cernuda y alguna evocación, en verso o prosa, de su hijo mayor: Juan Luis.
Al
tercero en discordia, Michi, le cupo el dudoso honor de vivir como el que más
la Movida madrileña y de irse
puliendo la rica biblioteca paterna, que Andrés Trapiello (leonés también y una
de las personas que más sabe sobre la familia) recuerda haber visto íntegra así
como, penosamente, durante su proceso de desintegración. Lo cuenta en
desoladoras estampas de su Salón de pasos
perdidos.
Sitting Bull, quien inspiró uno de los mejores poemas
de Leopoldo María Panero
Nos
queda, pues, Leopoldo María (el que ya tampoco nos queda tras el colapso
multiorgánico), el más alocado ya desde la imagen que nos ofreció de sí mismo
en esa película terrible de Jaime Chávarri, El
desencanto (1976), donde viuda y huérfanos parecían solicitar, “repaso” al
padre mediante, una fe de vida para los tiempos nuevos democráticos, una suerte
de limpieza de sangre o sangrado aplicada
la sanguijuela directamente al corazón: es decir, al padre.
Los
diarios e Internet abundan estos días en necrológicas de Leopoldo María Panero:
todas resaltan su condición de fumador de grifa, de loco, de homosexual que
hizo uso de chaperos miserables (no tenía el dinero de Jaime Gil de Biedma), de
principal consumidor de Coca-Cola de toda España que seguro que ahora, ido él,
entra en números rojos). De su poesía, sin embargo, se dice poco. Porque es
poco lo que se lee. A grandes rasgos se puede afirmar que comenzó siendo un
excelente poeta transgresor y que luego la escritura de versos y otras líneas
se convirtió en una especie de terapia que tal vez sus editores debían de haber
racionado más, seleccionándola. Así se
fundó Carnaby Street está entre lo mejor suyo.
Muchos
lo vieron por última vez hace año y medio en Cosmopoética, donde dio una vez
más el espectáculo que tantos sin piedad deseaban ver entrando y saliendo de la
sala de la Filmoteca durante una proyección de esa obra cinematográfica por la
que muchos lo conocieron; o interrumpiendo una vez y otra a los compañeros en
una mesa redonda, pacientemente atendido por el catedrático y editor de su
poesía Túa Blesa y por la amiga que esos días se ganó el cielo junto con la
admiración –era además guapa– de los asistentes.
Desvariaba.
Antiguos amigos lo rehuían, como el poeta loco inglés John Clare se lamentaba
en un poema que él vertió muy libremente pero desde la íntima identificación
con el enajenado. Se reía con unas carcajadas como no las hay en el infierno. A
mí, con ese acento entre cheli y algo batasuno (este último timbre se le
pegaría como una enfermedad infecciosa en el manicomio de Mondragón) me
preguntó en el restaurante en que parábamos a la hora de la cena si yo era
policía.
Cada vez que muere alguien se ciñe un punto al final de su biografía como un botón negro que la cierra. Los sucesivos muertos en la familia van, paradójicamnete, señalando un camino de puntos suspensivos: el linaje continúa. Pero la muerte de Leopoldo María Panero, el último de los tres hermanos, el eslabón final, si oxidado y roto, de esa cadena, lo que señala es un solitario y ya jamás continuado punto final.
Cada vez que muere alguien se ciñe un punto al final de su biografía como un botón negro que la cierra. Los sucesivos muertos en la familia van, paradójicamnete, señalando un camino de puntos suspensivos: el linaje continúa. Pero la muerte de Leopoldo María Panero, el último de los tres hermanos, el eslabón final, si oxidado y roto, de esa cadena, lo que señala es un solitario y ya jamás continuado punto final.

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