(He encontrado en una carpeta estas viejas versiones con su
nota preliminar que hice hace ya más
de tres lustros; creo recordar que, aunque destinadas a alguna revista, no
fueron publicadas. En cualquier caso, he modificado algunos versos; no por saber más alemán, que sé bien poco, sino por desconocer algo menos lo que pueda ser la poesía)
Cincuenta años hace que Richard Strauss vistió de una
armonía aún más honda que en la que en ellos había a estos cuatro poemas; de
Hermann Hesse los tres primeros y de Joseph von Eichendorff el último. Los Vier Letzte Lieder, editados
póstumamente, están fechados en la primavera y el verano de 1948, a solo un año
de la muerte del gran compositor alemán.
Uno no es crítico de nada, y
menos de un arte, la música, para el que le gustaría estar más dotado, pero en
estas canciones póstumas de Strauss reconoce, porque no está sordo del todo,
una belleza y una serenidad extremas, aguzadas por el hecho de saber que se
compusieron cuando ya el músico sabía que eran su despedida. Todo en ellas
tiende hacia el crepúsculo, y el lirismo y la emotividad que las permean son
contenidos y aún dulces, como un vino cordial con que regar ese último trago.
Parva
tetralogía, coronada como la de Wagner por un ocaso de adioses, en algunos
momentos este ciclo de lieder tiene tanto un valor filológico como musical,
pues que restituye su verdadero significado a una palabra gastada y en desuso: “sublime”.
Ese carácter suyo librará del olvido a unos poemas que quisieran invitar a su
audición, el empíreo del que han sido degradados para bajar al purgatorio de
esta página impresa.
PRIMAVERA
(FRÜHLING)
En oscuras cavernas
largamente soñé
con tus árboles y brisas azuladas,
con tu aroma y el canto de los pájaros.
Ahí estás hoy, manifiesta,
destellante, engalanada,
inundada de luz
y como un milagro ante mí.
Nuevamente me reconoces,
me haces señas con ternura,
mis miembros todos se estremecen
con tu deliciosa presencia.
SEPTIEMBRE
(SEPTEMBER)
El jardín se entristece,
fría se hunde la lluvia entre las flores.
Se estremece el verano
en silencio, cerca ya de su fin.
Doradas, hoja tras otra caen
de lo alto de la acacia.
El verano sonríe atónito y cansado
en el muriente sueño del jardín.
Entre las rosas, largamente
se demora, ansía el reposo.
Lentamente se cierran
sus grandes ojos fatigados.
YENDO A DORMIR
(BEIM SCHLAFENGEHEN)
Estoy muy cansado del día,
ahora mi espíritu anhela
que la amiga noche estrellada
lo envuelva como a un niño fatigado.
Manos, abandonad vuestro afán;
olvida, frente, todo pensamiento;
todos mis sentidos ahora
desean hundirse en el sueño.
E inadvertida, el alma
quiere levantar, libre, el vuelo
hasta que en el mágico orbe nocturno
hondamente viva mil veces.
AL OCASO
(IM ABENDROT)
Con penas y alegrías,
mano a mano hemos caminado,
reposemos de nuestros viajes
reposemos de nuestros viajes
ahora en una tierra silenciosa.
En torno descienden los valles,
ya el aire se oscurece,
dos alondras aún se alzan, aisladas,
como ensueño entre la brisa.
Acércate y deja que trinen,
pronto será hora de dormir,
no nos perdamos
en esta soledad.
¡Oh, paz inmensa y silenciosa,
tan profunda al ocaso!
Qué cansados estamos de vagar,
¿será, tal vez, esta la muerte?

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Juan Lozano.