Con diferencia de solo tres semanas, en lo más crudo del
crudo invierno (son palabras de W. H. Auden en su peculiar elegía al irlandés),
dos de los más grandes poetas europeos morían, ambos en un país extranjero (Francia),
en pequeñas localidades costeras asomadas al Mediterráneo. Era 1939.
Hoy, setenta y cinco años
después, tal vez merezca la pena ver juntas ambas trayectorias, lo que de común
tuvieron ambos más allá de esa circunstancia final, pues son notables los
puntos en común, tanto como –lo veremos– las líneas de divergencia.
William Butler Yeats nació en
1865, diez años antes que el poeta español, en el seno de una familia ilustrada. Su padre fue pintor, como su hermano
Jack (José, el hermano de Machado también lo fue). Y sintió un gran interés por
las tradiciones populares de su país, que llevó continuamente a su literatura,
con la recuperación de personajes como el héroe gaélico Cú Chulainn. También
compuso un buen puñado de baladas, sobre todo en sus primeros libros (la del
padre John O’Hart, la de Moll Magee, la del cazador de zorros, la del padre
Gilligan…). No pocos de sus poemas se titulan, además, “canciones” (la del
errante Aengus, la de la madre anciana). Las baladas, poemas narrativos, tienen
su correlato en los romances, y cabe recordar aquí, mutatis mutandis, “La tierra de Alvargonzález”. En cuanto a las
canciones, estas son parte inseparable de la obra machadiana, incluso en el
título de Nuevas canciones (1924).
El simbolismo está también
presente en la primera época de Yeats en composiciones como “La caída de las
hojas” y “Ephemera”, y fue, a partir de La
rosa (1893) derivando en un simbolismo menos literario (que él había
aprendido en parte en Arthur Symons) y cada vez más esotérico, espiritista,
astral, manifiesto la reelaboración personal de mitos y creencias sobre el Otro
Mundo feérico tan vigente en el campesinado irlandés de su época. Por cierto, y
aunque esto es meramente anecdótico, la hermana de Bergson, a cuyos cursos
asistió Machado en la Sorbona, fue la esposa de una importante figura de la
asociación ocultista la Rama Dorada: el mago MacGregor Mathers.
Parece hoy aceptado que Machado
fue masón, como tantos en aquella época, aunque en su caso particular muy poco
activo, y más como una vía de conducir sus inquietudes de trascendencia, pues
era un hombre religioso, al margen de la Iglesia oficial. El paso de Yeats por
esa Golden Dawn y no solo ella, más
el conocimiento que tuvo de H. P. Blavatsky son de sobra conocidos.
También se caracteriza Yeats,
como Machado, ajena al fanatismo y en la línea de un afán regeneracionista, por
una preocupación patriótica: “A la Irlanda del mañana”, aunque en su caso, y a
pesar del título de este poema, no tan pendiente de lo porvenir como del
pasado, con sus relatos y canciones en la estela de Davis, Ferguson y Mangan.
Las críticas acerbas de Antonio Machado a la “España de charanga y pandereta”,
un lugar insensible al arte, a lo elevado, tienen su equivalente en “A un rico
que prometió una segunda suscripción al Museo Municipal de Dublín si se probaba
que el pueblo quería cuadros.” Ahí, Paudeen y Biddy son personajes que se
podrían extrapolar a Machado, a esos pagados de sí mismos refractarios a lo
nuevo y noble. “La ciudad ciega e ignorante”, ¿no podría ser, incluso, la
maravilla que es para Machado la Sevilla sin sevillanos? ¿O en realidad España
toda?
Están además las máscaras, las personae, las voces apócrifas que Yeats
emplea por ejemplo en el poema dialogado “Las fases de la luna”, donde aparece
Aherne y Robartes (a ambos volverá a dar la voz más tarde, y al segundo en el
ciclo de poemas Michael Robartes y la
bailarina (1921). También, la figura de Hanrahan el Rojo. También Jane la
Loca. Esto hizo que el gran estudioso del irlandés, Richard Ellmann, titulara
su trabajo sobre él Yeats, The Man and the
Masks. Los apócrifos de Machado, aunque descuellen entre ellos Abel Martín
y Juan de Mairena, alcanzan (cierto que con poca elaboración) la veintena.
Fue, sí, breve ese lapso de tres
semanas en el que murieron Yeats y Machado. Pero en realidad, ahí acaba el
paralelismo: el primero lo hizo en una buena vivienda de Roquebrune, en la
Costa Azul; el segundo, también muy enfermo, en el cuarto de un muy modesto
hotel de Colliure. El primero, con una muy saneada economía que se vio
notablemente favorecida por las buenas regalías de sus obras y por la
concesión, en 1923, del Premio Nobel de Literatura. El segundo, prácticamente
en la indigencia, huido de un país en guerra del que escapaban miles y miles de
compatriotas en condiciones aún más penosas que él mismo. Los restos de Yeats
fueron trasladados tras la Guerra Mundial a Irlanda, al condado de Sligo del
que era una rama de su familia. Los de Machado siguen en la tumba francesa.
Es tarde cuando redacto estas
líneas y no deseo agotar (bastante lo estoy yo ya) el tema. Seguro que estas
cosas y otras, sobre algunas de las cuales hablé en el curso de mi intervención
en una mesa redonda celebrada este viernes pasado en la Feria del Libro de
Tomares junto a Enrique Baltanás y Andrés Trapiello, formarán parte del ensayo
que sé que prepara el profesor David Gareth Walters, de la Universidad de
Swansea, en Gales. He leído que trabaja sobre el asunto. Aguardo con interés la
publicación de su estudio.


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