Antes de ser este que
escribe,
yo fui aquel chico
como antes de ser Muhammad
Ali
este era Cassius Clay contra
Joe Frazer.
Peleábamos en un cuadrado de
tierra
de nuestro parque triste
como otros en el ring
bajo los focos.
Sin guantes,
pequeñas cordilleras
arrasadas,
los nudillos eran un campo
visto desde el cielo,
parcelas cuarteadas de un
secano,
rojas lindes lo mismo que
una red,
un colador del que se
hubiera
escurrido la carne
dejando el vino tinto de la
pena.
Emborrachándonos,
la sangre bombeaba
adrenalina
bajo la piel;
para no perderse el combate,
asomaba desde el palco de la
ceja
al dintel y al alféizar
de esa ventana: nuestra
boca,
las butacas partidas de los
labios.
Con frialdad y sin énfasis
nos golpeábamos.
Queríamos ser hombres,
cuando ahora
solamente anhelamos
que termine el último
asalto;
sonando la campana
absolutoria,
reposar en la lona, y para
siempre.
(Este poema acaba de vez la luz en el número 42 de Sibila. Estaba destinado a ser como otros que junto a él salen un adelanto de La lluvia, pero por insólito que sea apareció antes el libro que la revista).

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