Cuando a alguien fanatizado no le guste una obra tuya por razones
ideológicas, tampoco te alegres mirándolo por encima del hombro como en un
triunfo de creencias contrarias. Tan falso es su disgusto como el elogio de
quienes la alaben por razones igualmente ideológicas. Lo que te debería
importar es si la obra es buena o mala, alta o baja. Y en eso, el tuerto, por
no decir el ciego, poco podrán orientarte.
Comentarios