Es hermoso ver cómo las familias carnales de los escritores
que se trataron y quisieron en vida se relacionan entre sí, muertos sus
antepasados, con un lazo renovado que procede de aquella amistad antigua: es lo
que sucede, por ejemplo, con los parientes más cercanos del matrimonio compuesto
por Manuel Altolaguirre y Concha Méndez, de un lado, y de Luis Cernuda. En otro
orden, pero a partir de similar simpatía, a veces los estudiosos de autores que
compartieron mucho también ven entre ellos esas afinidades. Pido disculpas de
antemano por la intromisión personal, pero es lo que he percibido con la
persona y el trabajo de Ana Rodríguez Fischer, que se ha ocupado de Rosa
Chacel, buena amiga de Luis Cernuda. La profesora, crítica y novelista asturiana
afincada en Barcelona publicó hace no mucho en la revista Clarín una breve correspondencia inédita entre Chacel y Cernuda.
También dio a la imprenta (aunque yo adquirí su versión digital) un conjunto de
conferencias y artículos igualmente inéditos de la valisoletana, Astillas, donde había –de ahí mi interés
primordial en ese libro– una charla sobre el sevillano. Además, me cuenta, en
sus veranos en Castropol tiene ante la vista la playa en la que Cernuda se hizo
retratar, siempre amante del mar y de la arena, en agosto de 1935.
Ahora,
Rodríguez Fischer ha publicado una novela, El
poeta y el pintor, sobre un hipotético encuentro entre Góngora y el Greco,
en la primavera de 1610. Todo transcurre en una única jornada, en la que el
poeta visita al pintor en Toledo y se intercambian juicios estéticos. Sobre
ambos escribió sendos poemas Cernuda (en el caso del segundo, en realidad se
trata de una obra suya, el retrato de fray Hortensio Félix Paravicino
conservado en el Museo de Bellas Artes de Chicago y glosado en la novela, que le inspira “Retrato de
poeta”).
El andaluz envejecido que tiene razón para su orgullo,
El poeta cuya palabra lúcida es como diamante,
Harto de fatigar sus esperanzas por la corte,
Harto de su pobreza noble que le obliga
A no salir de casa cuando el día, sino al atardecer, ya que
las sombras,
Más generosas que los hombres, disimulan
En la común tiniebla parda de las calles
La bayeta caduca de su coche y el tafetán delgado de su
traje
Son estos los primeros versos de “Góngora”. La segunda
estrofa de “Retrato de poeta” describe a Paravicino, pintado por el Greco:
Y pienso. Estás mirando allá. Asistes
Al tiempo aquel parado, a lo que era
En el momento aquel, cuando el pintor termina
Y te deja mirando quietamente tu mundo
A la ventana: aquel paisaje bronco
De rocas y de encinas, verde todo y moreno,
En azul contrastado a la distancia,
De un contorno tan neto que parece triste.

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