Dos figuras señeras de la poesía estadounidense lo han
llevado a sus propias obras. John Ashbery le dedicó su poema en prosa “Para
John Clare”, y Theodore Roethke lo menciona en unos versos acerca de locos.
Auden, que fue norteamericano de adopción, empleó palabras suyas en “Carta a
Lord Byron”. De entre los irlandeses, Michael Longley ha escrito sobre el viaje
desde el manicomio, en Essex, al nativo Helpston; y Patrick Kavanagh lo evoca
en un poema dedicado a cierta Mary (“pienso en la amada del pobre John Clare”).
Por no hablar de la prosa crítica y clarividente de Seamus Heaney, que lo
comprendió especialmente gracias a la extracción rural compartida.
Yo
he llenado con versiones de sus poemas una carpeta y lo he hecho protagonista de
una novela que, si todo va bien, se publicará el año que viene. En un manicomio
distinto al que se refiere Longley, en el de Northampton en que pasó las
últimas décadas de su vida, Clare escribió a su esposa en 1848, con su peculiar
ortografía:
Mi querida esposa.
Hace mucho que no te escribo pero
aquí estoy en el País de sodoma donde los cerebros de todo el mundo están
vueltos del revés – me dio alegría ver a John ayer y me hubiera gustado volver
con él pues estoy muy cansado de estar aquí – puedes venir y recogerme pues creo
que ya llevo aquí bastante tiempo.
Aún había de estar dieciséis años, hasta su muerte.

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