Tras Without
(Vitruvio Ediciones), Juan José Vélez Otero ha vuelto a traducir al
estadounidense Donald Hall. Ahora es La
cama pintada, libro que siguió al citado tras la muerte de la mujer de
Hall, la también poeta Jane Kenyon.
Aquí ya no asistimos a la enfermedad y muerte de la amada, sino a su
ausencia, a veces insoportable, que se manifiesta en detalles domésticos: “(…)
cuando su albornoz amarillo / dejó de estar en la puerta del baño”. En la casa
familiar construida al término de la Guerra Civil norteamericana, Hall recuerda
el tiempo compartido y, paradójicamente, la fijación que consigue la muerte: “sin
cumpleaños, conservaba la misma edad con la que murió.”
El libro rebosa emoción y rabia, y
sentimientos encontrados como cuando el poeta evoca encuentros con otras
mujeres tras haber quedado solo. Pero también indaga en la naturaleza de la unión entre dos personas que se quieren.
En uno de los poemas la describe así: “el amor es el intercambio de un doble
narcisismo, / el beneplácito de claudicaciones idénticas, las armas depuestas,
/ el convenio impuesto por el acostumbrado pacto diario.”
Hay
instantes en los que el lector se sobrecoge ante esa presentación que Hall hace
de esa suerte de mutilación, alguna vez con el pudor la distancia que
proporciona la tercera persona:
Antes de dormir condujo
hasta la tumba para decirle nuevas noches,
y a las seis de la mañana la visitó de nuevo
como si fuese a llevarle el café.
O en esta especie de naturaleza muerta que en la alcoba
recuerda a quién estuvo allí, compartiéndola, y sin cuya presencia todo carece
ya de sentido:
Más de medio año
llevan sobre la mesita de noche
las gruesas gafas de cerca
de Jane y el reloj de pulsera
que compraron en una joyería
de Roma en su decimosexto
aniversario; las dos cosas puestas ahí
cuando ella podía ver, cuando
sí importaba la hora que era.
“La vida perfecta” es un poema
que no habla de la experiencia del viudo, y aporta una de las mejores páginas
al libro con su expresión del deseo de ser siempre algo distinto, tener
diferente suerte. Su terceto final lo deja claro: “El hombre con la horca al
cuello / envidia al otro que acaricia / una pistola en la habitación de un
hotel de carretera.”
De continuo tiene expresiones que
sacuden por lo acerado de su exactitud y por su presentación a menudo muy gráfica, pes no esta una poesía etérea, sino bien pegada al terreno: “(…) El deseo es el dolor / que se ha
dado la vuelta en la cama / para mirar hacia otro lado.”
En “Escondite”, el perro Gus busca a la ama muerta,
olisquea. El amo le dice que no volverá, pero él no entiende, tal vez no quiera
entender. “Sube por las escaleras del ático // y, con el hocico, intenta /
levantar la tapa de la canasta / como si creyera / que ella se hubiese
escondido ahí.”
Donald Hall, por medio de Vélez Otero (y de Víctor Jiménez, que ha
vertido con rima la “Villanella”) ofrece en La
cama pintada no solo el testimonio de su dolor sino un hermoso libro de
“amor más poderoso que la muerte”.

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