Tuve el primer contacto con Francisco Fuster hará tres años
cuando ofreció para una colección editorial que yo dirigía entonces una de sus
–estupendas– recopilaciones de artículos de Julio Camba. No recuerdo ahora si
adjuntaba nota biográfica sobre sí mismo, pero desde luego, aunque sabiéndolo
joven, no podía imaginar que lo fuera tanto. Ahora, en una de las solapas de su
ensayo Baroja y España: un amor imposible
veo que Fuster nació en 1984. Es decir, que es extremadamente joven para la
madurez que viene demostrando y los merecidos parabienes que cosecha libro tras
libro, de los que ya ha ofrecido varios en esta editorial Fórcola que tanto y
tan bueno está haciendo también desde su fundación, poco antes de la entrada en
escena de Fuster.
A partir de una lectura atenta de
El árbol de la ciencia, sobre el que
realizó su tesis doctoral, Fuster nos muestra las ideas de Baroja, que en lo
sustancial aún se pueden suscribir hoy por alguien con espíritu libre, poco más
de un siglo después de la publicación del libro. A los que en el Curso de
Orientación Universitaria nos tuvimos que enfrentar a esta obra de Baroja en el
libro de bolsillo de Alianza y conocer los pasos y pesares de su protagonista,
Andrés Hurtado, nos permite además ver desde la madurez problemas que de
jóvenes se nos escapaban. Y eso es mucho, pues la evolución de Baroja fue
notable, y un ensayo como este lo subraya, atendiendo a ese proceso.
Curioso
es que la figura “de un anarquista sentimental y racional, de un individualista
pertinaz” (como califican a don Pío los prologuistas del libro de Fuster) sea
la que haga escrutinio de toda una sociedad. Y añaden estos, Justo Serna y
Anaclet Pons: “Baroja deplora los nacionalismos, la política de escaso vuelo,
la sociedad inerme y paralizada, la España sucia.”
Interesantísimas
son las ideas de Baroja sobre democracia, anarquismo y socialismo ya expuestas
en artículos y otros escritos desde doce años antes de la publicación de El árbol de la ciencia. En el prólogo a César o nada (1910), reflexiona: “Una
democracia refinada sería la que, prescindiendo de los azares del nacimiento,
igualara en lo posible los medios de ganar, de aprender y hasta de vivir, y
dejara en libertad las inteligencias, las voluntades y las conciencias, para
que destacaran unas sobre otras. La democracia moderna, por el contrario,
tiende a aplanar los espíritus e impedir el predominio de las capacidades,
esfumándolo todo en un ambiente de vulgaridad. En cambio, ayuda a destacarse
unos intereses sobre otros.”
Se
ocupa Francico Fuster del regeneracionismo en Baroja, estableciendo una primera
etapa que abarcaría de 1895 a 1904 en la que aún sentía como otros ese afán, y
otra posterior ya de desengaño, mucho más prolongada. Una virtud de Baroja y España es que Fuster deja hablar
al autor estudiado, y también a otros cuyas opiniones son relevantes. saca
conclusiones pero porque sabe escuchar, leer. Es lo que sucede con los párrafos
dedicados al patriotismo crítico en Juventud,
egolatría.
En
las conclusiones a su excelente trabajo, Fuster señala que el de Baroja es “un
discurso que, precisamente por su escepticismo, conserva intacta su actualidad,
su plena vigencia.” Y no se equivoca. Dejándole hablar a él nos traza un gran
retrato de Baroja, quien a sí mismo se definió muy atinadamente en su memorias:
“Yo soy un tipo a quien podría llamársele no conformista apacible.”

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