Comíamos ayer, con el balcón cerrado al fresco de noviembre, y como un comensal imprevisto llamó con dos toques muy leves una sombra, de figura distinta a la del gorrión, aunque de similar tamaño, y verde y hasta azul, no sé si reflejo del esplendor del cielo. Se posó luego en la persiana enrollada de la casa de enfrente, pista de despegue, curva y también verde, de su suelo. Y se marchó con su secreto aéreo.
Late el cristal.
¿Qué recado nos trae
el verderón?
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Abrazos, siempre