De Jaime Gil de Biedma conviene destacar hoy más que nunca,
cuando su figura aparece desdibujada por fenómenos extraliterarios, algunos
aspectos que atañen a su singularidad poética y que no se limitan, con la
avaricia que podría deducirse de su voz, a su escasa obra en verso. Más allá de
cuestiones sociológicas sobre determinada discoteca barcelonesa, o sobre los
aspectos más sórdidos de su forma de relacionarse sexualmente, zaherida por
Andrés Trapiello en diferentes páginas aun sin nombrarlo o explotada en la
biografía (luego hecha película) de Miguel Dalmau, Gil de Biedma fue un poeta
que se preocupó por la crítica, en el sentido de un conocimiento profundo de la
tradición, incluida como no podía ser menos la extranjera, para situarla en su
contexto como influencia, sombra o pretexto de lo contemporáneo y próximo.
En El pie de la letra, el poeta reunió sus ensayos. Muy esclarecedora
es la cita en inglés de W. H. Auden que lo abre. Traducida, dice: “Las
opiniones críticas de un editor siempre deberían ser tomadas con cautela. En su
mayor parte, son manifestaciones del debate que mantiene consigo mismo acerca
de qué debería hacer a continuación o qué es lo que debería evitar.” Y eso es
precisamente lo que hace Gil de Biedma. Sus escritos sobre otros hablan sobre
todo de sí mismo. Y hay mucho en él de T. S. Eliot, Aleixandre, Baudelaire,
Cernuda, Guillén (mérito suyo es conciliar poetas que en el mundo sintieron
recíproco aborrecimiento). Sobre el penúltimo, con quien tuvo complicidad que
salta a la vista en la correspondencia cruzada, publicada por Fernando Ortiz
primero y luego por James Valender, escribió uno de los mejores ensayos que
acumula ya su bien nutrida bibliografía: aquel “Como en sí mismo, al fin” de
1977, más el trabajo incluido en el número-homenaje de La caña gris aparecido un año antes de la muerte del sevillano.
También se ocupó de poetas de su
generación, como Carlos Barral o el prematuramente muerto (suicidado) Alfonso
Costafreda. Con el igualmente suicidado Gabriel Ferrater tuvo también una intensa
amistad, y le dedicó un ensayo en el que brilla, como era normal en él, la
erudición arropada con galas y desenfado de dandi, más dos poemas (el primero
de ellos, una extravagante octava con estrambote compuesta en inglés a
imitación de Byron). Mérito de esos escritos es su gratuidad, es decir, no
partir de profesor o académico que tenga que darse de codazos con colegas que
compiten por una cátedra, sino de paladeador experto de la literatura,
espectador desde la barrera a menudo, por apatía que no desinterés, pero
también diestro capaz de abrir el tarro de las esencias, brindando grandes
faenas.
Una vez, Guillermo Carnero me dio
un merecido coscorrón a cuenta de un desahogado juicio mío sobre métrica. “El
Modernismo nos enseñó a romper la regularidad para despertar la percepción del
ritmo, adormecida por la inercia métrica”, aleccionaba el autor de Dibujo de la
muerte. Y aducía, verbigracia, tres composiciones de Gil de Biedma, de
irregular métrica: “En el nombre de hoy”, “Mañana de ayer y hoy” o “La novela
de un joven pobre”. Esta prosodia libre contrasta, no obstante, con el
virtuosismo, como sucede con uno de los poemas más conocidos de Moralidades, la
sextina “Apología y petición”.
Otro aspecto destacable es el de
su humor e ironía, susceptibles de alcanzar lo vitriólico, también contra sí
mismo. De lo burlesco y por llamarlo así, “erótico-festivo” dan testimonio unos
“divertimentos antiguos” que publicó la revista Fin de Siglo en su número 4 (año de 1983). De que fue no poco lo
que eliminó de su poesía reunida, Las
personas del verbo, la ausencia en ella de una serie de sonetos que
escribió a comienzos de su carrera poética.
Pero hemos estado mareando la
perdiz. Nada de lo anterior tendría importancia si no fuera contiguo del núcleo,
el meollo: Gil de Biedma fue un gran poeta que dejó una docena de poemas
inolvidables en que se fustiga a sí mismo, a su país, y solo tiene palabras
amables para el amor y para otros poetas. En su haber está la parquedad, el
horror ante la repetición, cuando ya sentía habitar “las ruinas de mi
inteligencia”. Por eso, en la obra que quiso transmitir hay concentración,
novedad, intensidad poética.
(Publicado en Rick's Magazine)

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