Víctor Manuel Domínguez Calvo es de los poetas más humildes que uno pueda conocer. Tiene aprendida desde hace tiempo esa lección, tan difícil de alcanzar, de que es mejor leer y escribir sin hacer ruido que engalanarse con fanfarrias que reclamen la atención. "Poeta ocasional", dice de él la nota de la contracubierta. Quizá sí, si nos atenemos a lo escaso de su producción, pero no si lo que se mide es la calidad de esta, que ya era alta y aquí lo es aún más.
Domínguez Calvo obtuvo el Premio de Poesía de la Universidad de Sevilla en 2001, y dos años después fue finalista del Adonáis. No extraña, si se lee como al principiar este libro, El vértigo del águila: "La palabra es el vuelo de la idea, / su trazo de sonido, / la forma encarnada de su canto." Con dicción armónica, el poeta habla de todo lo que es desequilibrio, zozobra, percepción del abismo, vértigo:
Una sola palabra,
ese soplo de aire,
esa virtud primera de decisión volátil
que arrasa y gime y canta y desordena
todo orden constante en el vacío.
La segunda sección se titula, muy oportunamente, "Los palacios de Ícaro", donde el vuelo y su fragilidad se elevan sobre lugares de la memoria, en una vida a la que siempre amenaza la caída. El libro, muy recomendable, está publicado por la editorial sevillana Grupo Palimpsesto 2.0.

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