Se publicaba el jueves en El Mundo un artículo sobre el origen de las lenguas europeas en el que se refería cómo estas llegaron a los diferentes confines de Europa con pueblos que conocían la rueda y los carros. Las epopeyas irlandesas antiguas dan fe de aquel batallar en carro de guerra, como en la Grecia antigua. Hoy que se cumplen 150 años del nacimiento del más grande poeta irlandés, traigo aquí unos versos en los que aparece uno de esos carros de los que habla el reportaje. Proceden de mi traducción de la Poesía reunida de Yeats que publiqué en Pre-Textos:
FERGUS Y EL DRUIDA
Fergus. Te he seguido entre rocas todo
el día
y
tú has ido cambiando de apariencia:
primero
un cuervo viejo en cuyas alas
apenas
si quedaba ya una pluma,
luego
una comadreja entre las piedras,
y
ahora te recubre forma humana,
un
hombre cano en medio de la noche.
Druida. Rey de la Rama Roja, ¿qué deseas?
Fergus. Esto te digo, sabio entre los
sabios:
joven
y sutil, Conchobar un día
vino
a mi lado cuando yo juzgaba,
y
cuanto dijo era muy sabio, y fácil
fue
para él lo que para mí una carga:
le
puse en la cabeza la corona
para
así desterrar mis aflicciones.
Fergus. ¡Un orgulloso rey! Ésa es mi angustia.
Festejo
con los míos en el monte,
y
recorro los bosques, y conduzco
las
ruedas de mi carro en la frontera
blanca
del océano susurrante;
y
aún siento la corona en mi cabeza.
Druida. Mas, ¿qué deseas, Fergus?
Fergus. No ser rey,
y
tener tu sapiencia ensoñadora.
Druida. Contempla mi cabello encanecido
y
mis hundidos pómulos, las manos
que
sostener no pueden ya la espada,
el
cuerpo tembloroso como un junco...
Jamás
mujer ninguna me ha querido,
ningún
hombre ha buscado mi socorro.
Fergus. Un rey no es más que un necio que se afana
estérilmente
en ser lo que otro sueña.
Druida. Ten la bolsa de sueños, si te empeñas;
desata
el cordón, y te envolverán.
Fergus. Veo que mi vida huye como un río
de
un cambio a otro; he sido muchas cosas:
una
gota verde en la ola, un fulgor
sobre
una espada, un pino en la colina,
un
esclavo que muele en un molino,
un
rey sentado en cátedra de oro,
y
todo fue maravilloso y grande;
mas
hoy que no soy nada, lo sé todo.
Ah,
Druida, grandes redes de tristeza
esconde
esta cosita cenicienta.

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